URBICIDIO

Se quedarán mis cosas sin mí desconcertadas

José María Valverde

 

Hace meses que cayeron las bombas. Ya solo silencio, escombros. Las calles son restos de paredes y una niña camina sobre ellos con los brazos extendidos como si fuera una funambulista. Pisa la fotografía de la primera comunión del hijo mediano de alguien, el mástil de una guitarra, los restos de la vajilla de los domingos, las sábanas de un ajuar de boda que ahora parecen un saco de patatas vacío. A los edificios se les salen las tripas y en lo que queda de sus fachadas permanecen momificadas y tétricas algunas máquinas de aire acondicionado.

Se aprecia un sofá que ha quedado semienterrado entre el segundo piso y el tercero, enfrente de una enorme estantería sin libros, debajo de un cuadro sin enmarcar que cuelga perfectamente horizontal de media pared. Bañeras, retretes y frigoríficos blanquísimos destacan entre las ruinas, como si las bombas hubieran pillado al edificio echándose una siesta en calzoncillos. Hay una lámpara rota a los pies de un cabecero de cama sin cama, y también un bote de gel que se ha quedado justo al borde de la nada, a punto de caerse a la no-calle, suspendido entre dos mundos muertos. Pasillos huérfanos de puertas y ventanas inútiles se alternan en un viacrucis mudo de huecos simétricos. El sol se refleja en un millar de espejos rotos. Un parque de atracciones para ratas. Y luego cajas. Hay cajas por todas partes, una inmensa cantidad de cajas. Cajas para guardar cosas, para proteger cosas, para conservar cosas. Ridículas cajas. Y también una escalera central desnuda, uniendo pisos que ya no existen, que termina abruptamente en ninguna parte. A la vista de nadie.

Todo lo privado ha quedado roto, exhibido sin pudor, infinitamente absurdo y triste. La memoria de las casas sudando y pudriéndose. Barrios enteros muertos como de un infarto, o de un repentino golpe en la nuca, sin tiempo para poner en orden lo suyo. Vidas que se ofrecen congeladas al transitar silencioso y esporádico de viejos renqueantes cargados de bolsas de plástico. Un inmenso cementerio de cosas desconcertadas.

 

Anuncios

ABUELA Y EL MAQUIS

Pasé buena parte de los veranos de mi infancia en el pueblo, a las faldas de abuela, una señora muy resuelta que vestía siempre de negro y se movía muy rápido por una casa de pasillo larguísimo y suelo de mármol en la que jamás se pasaba calor. Por las mañanas nos íbamos de paseo por la calle Mayor, a hacer la compra y a tomar un helado. Por las tardes, al campo. El nieto a correr, a cazar mariposas y meterlas en una caja de zapatos agujereada. Y a coger renacuajos, y a hacer presas en el regato que atravesaba la dehesa, y a levantar torres con los cartuchos de colores que dejaban abandonados los del tiro al plato. Una vez, rescaté una golondrina que se había caído en el regato al bajar a beber. Se me escapó a los diez minutos. El mejor día de mi vida. Y mientras, abuela a aguantar, a sentarse en una piedra con una paciencia infinita, en un silencio que solo interrumpía de vez en cuando para llamarme la atención -¡deja en paz a las vacas!-. A sonreír cada vez que llegaba con algún hallazgo. Setenta años en el mismo paisaje y tres horas diarias sobre la misma piedra. Y tan callada. Tan callada. Conversando -supongo ahora- con sus recuerdos.

Por las noches nos sentábamos en la terraza. A la fresca. A veces, abuela contaba historias. Historias de bombardeos y de gente corriendo a refugiarse en el pasadizo subterráneo que unía el castillo con el convento. Historias de una posguerra de hambre, de una familia rural humilde, conservadora, en la que nunca se hablaba de política. De una casa que se vaciaba para ir a misa los domingos, a la que regresó un día un represaliado republicano que había pasado tanto tiempo encarcelado que hubo que enseñarlo a caminar por la calle. Un señor que siempre llevaba los zapatos limpísimos y que se iba a acostar todas las noches a la misma hora, justo antes del cierre de emisión de televisión española, para no tener que ver aquellas imágenes de la bandera y el escudo con el himno nacional de fondo. Un rojo con estudios. Una anomalía en aquella casa. Con el tiempo, la boca del viejo iría abriendo discretamente los ojos de los sobrinos que lo acompañaban en sus paseos los fines de semana.

Por la noche nos sentábamos en la terraza y, a veces, abuela contaba historias. Y entremedias se paraba, admiraba las plantas -¡sus plantas!-, se asomaba a saludar a un vecino, le traía un flash de lima al nieto. A veces abuela contaba historias, historias de abuelos que venían a casa de madrugada con las vacas, con la espalda doblada y el susto metido en el cuerpo porque se habían cruzado con una manada de lobos. Historias de cómo masacraron a esos lobos sin medida, de una sensación rara, mezcla de alivio y de exceso y de pena al verlos colgados en la plaza. Historias del maquis. De bandoleros que vivían en el monte y provocaban pesadillas a los niños. Abuela los había sentido cerca una vez, de adolescente. Había escuchado los tiros una tarde, cuando bajaba del molino. Y el nieto imaginaba. Imaginaba un paisaje en blanco y negro, un pueblo lleno de lobos y de emboscadas y de sospechas, de gente muy callada y muy delgada que andaba apagando fuegos cada dos por tres. De jóvenes con cara de viejos que se echaban al bolsillo hasta los trozos de cuerda que encontraban por la calle como si fueran tesoros.

El nieto crece. Los paisajes imaginados reposan, se limpian. Las piedras se convierten en búnkeres, en trincheras, en nidos de ametralladora. Decantan las historias de abuela en fotografías, libros, periódicos. El nieto desempolva la historia del rojo con estudios. De la anomalía. Lo admira. Encuentra las fotografías de los lobos colgados en la plaza, y un día, encuentra también la noticia del tiroteo en el molino. Varios muertos, un héroe de la resistencia francesa que logra huir, que lidera la guerrilla urbana madrileña contra la dictadura y que finalmente es apresado y condenado a muerte. Fotografías y libros y periódicos, y luego también viejos nuevos contando historias antiguas. Viejos que no han acabado la primaria y que llevan una biblioteca en las costillas. Y así los bandoleros se convierten en héroes que se mueven de noche por las montañas, en silencio, con una multicopista a cuestas. Que fuman debajo de una manta y se comunican imitando el sonido de los búhos. Y de los lobos. Héroes que se enfrentan a un enemigo inmenso en nombre de la libertad. Primero convenciéndose de que pueden ganarlo. Después, seguros ya de haber perdido, aferrados a su propia decencia. Siempre valientes. Ejemplos de dignidad que dieron la cara contra el fascismo en las peores circunstancias posibles, olvidados hoy por una democracia que se ha construido su propio evangelio laico a base de dar lustre a advenedizos y conversos.

Resbala espesa la memoria

Resbala espesa la memoria por las paredes de la vida;

derretida gotea sobre el presente.

Se solidifica luego. Cruje.

Se parte la memoria por los sitios de siempre:

años-de-vidrio-que-se-hacen-añicos

contra el suelo.

El olvido se anuncia como un carnaval de sombras.

 

Los nombres desaparecen antes que las caras.

Las fechas, los paisajes, las escenas…

Todo desaparece antes que las caras.

El olvido corroe verdades y pieles. Pulsaciones y aire.

Quedan huérfanas las caras,

huesecillos en medio de un bodegón de estereotipos.

Clausurada la sala eluden mirarse a los ojos:

ninguna reconoce haber participado en la fiesta.

 

Gotea la memoria, espesa, sobre la vida.

Dibujando contornos, haciendo burbujas, dejando huecos.

Se solidifica luego, pero no parte:

molde sobre el que copiarnos los vacíos.

El olvido se anuncia como una sinfonía de agujeros.

 

Vendrá el optimista con el último recuerdo,

a decirnos que el horizonte más negro era solo un puntito

en el que habíamos dejado empeñada la vista.

Vendrá el optimista  cuando ya no queden

aire ni pulsaciones ni pieles ni verdades…  Ni caras.

Vendrá a pedirnos que retiremos los ojos

cuando ya estemos ciegos y solo busquemos

un misterio sencillo como un cuerpo desnudo.

CONTINGENCIA

Cuando después de no ser me hice

presente de ojos y de manos,

en ese preciso lugar,

en aquel instante precioso para algunos,

invisibles cargas a mi infantil espalda

y un suelo estricto sobre el que aprender a desplazarme.

 

Esperaba el mundo entero en una habitación cuadrada,

entechada de futuros y luces artificiales,

un puñado de caras sonriendo

por emoción o por protocolo laboral,

omnipresente el llanto

y la desnudez arropada por un juego de pupilas.

 

La primera casualidad: haber nacido.

 

Piel recién estrenada y ya siempre baja de defensas,

una cama,

una madre,

y una puerta…

Y una boca.

 

Las cosas claras desde el principio.

Arqueólogos de lo invisible

Me acabo de estrellar contra unos cuantos poemas viejos, sabe dios de cuándo. Voy a poner uno que no me ha producido excesiva vergüenza. En realidad no tenía título. Ahí va:

 

Arqueólogos de lo invisible,

excavábamos en aquel vacío

con la tranquilidad de que nada

habría de romperse

y el consuelo de una limpieza totalitaria,

de un olor repetido a tradición familiar

y a desinfectante.

Nos quedaba, apenas, el lenguaje.

Hacíamos funambulismo por sus equinas sucias,

nos agarrábamos a él

como se agarran al aire los defenestrados,

con manos nerviosas y urgentes,

con manos que buscan y acaban rotas sobre la acera.

­

Gritaban de pánico los viandantes.

SOBRE LOS LÍMITES DEL HUMOR, DAVID BRONCANO Y LA DRAG QUEEN QUE SE DISFRAZÓ DE LA VIRGEN

David-Broncano-2016.jpg

En efecto, le he dado pocas vueltas al título. He pensado: si a los de Antena 3 les funciona con las películas de los domingos por la tarde, ¿por qué a mí no? Además es un título nítido, honesto, porque ¿de qué voy a hablar? Exactamente: de los límites del humor, de David Broncano y de la drag que se disfrazó de la Virgen hace unos días en el carnaval de Las Palmas.

David Broncano es un humorista que lo está petando fuerte últimamente con su sección en “Late Motiv” -el programa de Buenafuente-, con el espacio de radio “La Vida Moderna” y con un show televisivo propio en #O, la cadena de Movistar, titulado “Loco Mundo”. Igual estáis pensando que esta aclaración no hacía falta, porque en fin, si conocéis este blog cómo no vais a conocer a David Broncano. Pero oye, puede que nuestros públicos no se solapen. O dicho de otra forma: “¡Mamá!, ¡papá! ¡Hola, besis! Ahora ya sabéis quién es David Broncano”. El asunto es que en la última entrega de “Loco Mundo” Broncano decidió hablar sobre los límites del humor. La idea que defendió a lo largo de todo el programa se puede resumir mal que bien en cuatro puntos: 1. En el humor no hay límites; 2. Nadie debería ofenderse por un chiste; 3. Sin embargo, siempre va a haber quien se ofenda con un chiste, y eso pasa con cualquier tipo de chiste; 4. Si alguien se ofende con un chiste, que se joda. En este contexto, el cómico bromeó apuntando que incluso un chiste inocuo como “Esto van dos y se cae el del medio” puede acabar molestando a alguien -“a los que van siempre en medio”-. También defendió, por ejemplo, que si a alguien le ofenden los chistes de Arévalo el problema es suyo por ir a ver espectáculos de Arévalo.

En general, los argumentos que utilizó Broncano son, como poco, superficiales e injustos. ¿Por qué? Pues a ello vamos. En primer término, en el debate sobre los límites del humor cabría dejar claro, entiendo, a qué nivel pretendemos colocar esos límites. Si hablamos de colocar límites legales al humor, estoy radicalmente en desacuerdo. Considero que judicializar un chiste, por muy lamentable u ofensivo que sea, es un error que abre las puertas a interpretaciones arbitrarias de la libertad de expresión en función del colectivo que ejerza el Poder en un momento o contexto concretos. Ahora bien, ¿debemos poner límites al humor desde el plano social? ¿debemos proscribir como sociedad cierto tipo de chistes y señalar a quienes trabajan determinada clase de humor? Rotundamente, sí.  ¿Y cuál es la clave para saber cuándo un chiste debe ser señalado, afeado y proscrito? Bien, diría que hay varias, pero acaso la fundamental sea la horizontalidad. Hacer chistes sobre colectivos que sufren discriminación y exclusión social desde una posición de privilegio no puede ser socialmente admisible. Y no solo porque las personas pertenecientes a esos colectivos puedan ofenderse sino, sobre todo, porque los chistes de esa naturaleza contribuyen a perpetuar la discriminación social que sufren esos colectivos.

Un chiste de Arévalo sobre “mariquitas”, además de ser ofensivo, contribuye al mantenimiento de actitudes homófobas. Actitudes homófobas que están en la base misma de que alguien haga chistes de esa índole y de que a otro alguien le hagan gracia. Y que se perpetúen actitudes homófobas es una mala noticia para todos, no afecta únicamente a los que han ido a ver un espectáculo de Arévalo. Cuando hacemos un chiste sobre “feminazis” no es inocuo, estamos ridiculizando el feminismo y poniendo palos en las ruedas a la lucha por la igualdad. Los efectos de los chistes de esta clase van más allá de la ofensa a una persona concreta, del mal gusto o de la falta de sensibilidad. Contribuyen a la normalización de opresiones. En este orden de cosas, el juicio sobre un chiste no puede desligarse de la posición de la persona que hace ese chiste ni de la posición de las personas llamadas a escucharlo. Una cosa es que yo haga un chiste sobre personas sin techo mientras me endoso una cena opípara con los amigotes, y otra bien distinta es que ese mismo chiste se lo cuenten entre sí dos sintecho. En un caso se está ridiculizando y naturalizando una injusticia social flagrante, en tanto que en el otro acaso se esté utilizando el humor para sobrellevar una situación de vida.

¿Cómo encaja aquí la “polémica” que se ha montado en torno a la drag queen que se disfrazó de la Virgen María en la gala de drags de Las Palmas de Gran Canaria? Bueno, encaja porque esta mañana me han preguntado mi opinión sobre este tema y no iba a escribir dos posts diferentes. Pero al margen de esto, algo tiene que ver. En primer lugar, hay que señalar que por supuesto cabe la posibilidad de que un show de ese tipo ofenda sentimientos religiosos particulares, y desde luego eso no es algo que deba celebrarse. Puede incluso que una vez explicitada esa ofensa (“Ha ofendido usted mis creencias”) proceda la consiguiente disculpa (“No era mi intención”). Pero analizando la situación desde una óptica más general, lo que nos encontramos es una broma sobre un colectivo no oprimido y en una situación de poder (difícilmente puede defenderse que el catolicismo esté discriminado en España). Y aún más: sobre un colectivo en una situación de poder del que emanan agresiones continuas y durísimas contra cualquier interpretación de la identidad y los roles de género contraria a la que ellos defienden. Desconozco si la voluntad de la drag queen en cuestión era hacer chanza con el catolicismo o si el disfraz tenía un propósito meramente iconográfico, folklórico si se quiere. Pero, en cualquier caso, a la hora de enjuiciar esta situación no podemos olvidar que no son precisamente las drag queens quienes pretenden erigirse en censores y guardianes de la moral.

Por lo demás, hay pocas esperanzas de que los ultracatólicos de Hazte Oír o los obispos españoles se replanteen sus posturas, a qué engañarnos. Pero qué importante sería que sí lo hicieran cómicos jóvenes con el tirón y el talento de David Broncano. Cualquiera puede entender que el humor no es algo aislado de la sociedad. Se alimenta de la realidad social y, al mismo tiempo, influye en ella. En una sociedad atravesada por desigualdades y opresiones estructurales acaban por hacernos gracia cuestiones que no la tendrían en un contexto igualitario. ¿Por qué se hacen chistes sobre la homosexualidad y no sobre la heterosexualidad, por ejemplo? Si perseguimos un cambio social tenemos que apostar, también, por el humor horizontal y por aquel que se construye de abajo arriba, cuestionando privilegios y estructuras de poder.

LAS IDEAS LIBERTARIAS ANTE LA FRAGMENTACIÓN POSMODERNA. UNA REFLEXIÓN.

El capitalismo tardío nos ha traído la mercantilización de todos los órdenes de la vida, una victoria total de la lógica del mercado. Hemos dejado de ser lo que amamos, o aquello en lo que creemos. Hemos dejado de ser, incluso, aquello que poseemos, como sucedía en la fase precedente del desarrollo capitalista, para convertirnos en aquello que exhibimos tener. Somos lo que compramos y lo que subimos al Facebook.

El fracaso de los proyectos comunistas de corte soviético, la globalización, la intoxicación mediática, la acumulación de golpes de procedencia difusa y la rapidez de los cambios sociales, económicos y tecnológicos, han configurado una cierta lógica cultural que habitualmente denominamos Posmodernismo. Tras la quiebra de las grandes narrativas, de los grandes modelos de pensamiento anclados en una creencia casi mesiánica en el progreso moral y material del ser humano, prevalece la desorientación. Se ha producido la llamada “fragmentación del sujeto”, la entronización de identidades lábiles, inseguras y desdibujadas. Especialmente en la izquierda –entendámosla ahora de un modo amplio y generoso- se ha producido un proceso de sustitución de la ideología por una cierta actitud sarcástica ante la vida, a veces próxima al nihilismo y generalmente muy individualista. Allí donde el individualismo es norma fundacional, en el ámbito de la derecha, los anclajes ideológicos andan más firmes, unidos por una uniformización del pensamiento revestida de sensatez y voceada por la mayor parte de los medios de comunicación. Ciertamente, cada vez aparecen más impugnaciones a las supuestas bondades de un mercado desregulado defendidas por visionarios neoliberales del fin de las ideologías como von Hayek. Pero aun así, el núcleo duro del imaginario conservador se mantiene incólume. Planteado de otra forma: mientras se quiebran las esperanzas en el cambio social y en que otro mundo es posible, los mitos de la estabilidad, la tradición, el libre mercado y la reforma tranquila del conservadurismo liberal se mantienen intactos.

En la izquierda, la fragmentación identitaria y la proliferación de estímulos que dejan cada vez más al descubierto los numerosos ejes de la desigualdad, han afianzado formas de participación política más directas, más cercanas a lo local y a la intervención sobre problemas e injusticias concretas (encajan aquí los llamados nuevos movimientos sociales: feminismo, ecologismo, etc.). Este contexto ha traído, desde posiciones muchas veces ajenas al anarquismo, una revitalización de prácticas típicamente libertarias como la democracia asamblearia o la autogestión. Sin embargo, ello no ha supuesto una revitalización paralela de la implantación social del pensamiento anarquista, tan proscrito hoy como lo ha estado siempre. Y eso que difícilmente puede sostenerse que la narrativa anarquista se haya derrumbado, pues apenas se le ha dado oportunidad de confrontar sus teorías con la realidad. Todos los experimentos de envergadura en este sentido se han puesto en marcha en contextos de inestabilidad, generalmente bélicos, y/o han sido aplastados sin piedad por las maquinarias estatales. Así desde la Comuna de París hasta Rojava, pasando por la Provincia Libre de Shinmin, el Territorio Libre Ucraniano o la Revolución Social Española de 1936. Otro tanto se podría decir de la infinidad de experiencias a menor escala que se han puesto y se siguen poniendo en marcha, casi siempre sometidas a presiones más o menos explícitas por parte de los poderes establecidos.

De hecho, buena parte de las intuiciones del anarquismo se han demostrado acertadas, particularmente aquellas relacionadas con el funcionamiento de los Estados. El marxismo-leninismo, en su convicción de utilizar el Estado como instrumento de transformación de cara a la implantación futura de un comunismo sin Estado, acabó por dejar claro que donde hay Estado no puede haber comunismo. La existencia misma del Estado se fundamenta en la coerción, en el ejercicio de la autoridad y en la canonización de burocracias y jerarquías permanentes. Por todas partes el Estado ha afianzado una lógica de funcionamiento arriba-abajo y centro-periferia. Y ya fuera su objetivo garantizar libertades, ya fuera hacer lo propio con la igualdad, asegurar la seguridad de sus ciudadanos o servir sin más al dominio del hombre por el hombre, esa lógica ha acabado siempre traduciéndose en un volumen más o menos grande de abusos de poder. Parece por tanto razonable plantear la lucha contra esos abusos invirtiendo dicha lógica, esto es, desde abajo. Y parece igualmente apropiado combatir la distancia insalvable que se establece entre la Verdad y cualquier Poder estable e institucionalizado, renunciando a los poderes estables e institucionalizados. Resulta, al menos, más razonable que renunciar a la Verdad, por más que andemos metidos de lleno en esta otra dinámica.

Si la fragmentación identitaria y la focalización en luchas concretas refuerzan las prácticas libertarias, no es menos cierto que a la vez ahondan en la propia fragmentación del movimiento libertario, o cuando menos ayudan a naturalizar esa fragmentación. En este sentido, la lógica del capitalismo tardío supone al mismo tiempo una oportunidad y una amenaza, actuando como una suerte de Caballo de Troya para cualquier proyecto que busque un cambio social sostenido y generalizable. De alguna forma, las ideas libertarias podrían acabar por hacerle el juego al sistema. Este conseguiría no solo fragmentar las luchas frente a la desigualdad, sino además integrarlas en un corpus ideológico que, renunciando a las grandes narrativas y a proyectos unificadores y centrándose únicamente en lo inmediato, acabaría por auto-justificar dicha fragmentación.

Con vistas a revertir esta situación, creo que sería interesante atender a dos necesidades urgentes. De una parte, convendría que la apuesta por el problema concreto y la actuación local fuera acompañada de un intento sólido de recuperar, sin complejos, un relato coherente e integrador basado en la impugnación de la lógica de funcionamiento arriba-abajo en la toma de decisiones. Por otro lado, cabría anudar sensibilidades similares en torno a una organización de carácter federal pero con visibilidad unitaria, inspirada en unas mínimas ideas compartidas (asamblea, autogestión, anticapitalismo, lucha contra las desigualdades y la opresión) y no sectaria. Entiendo que ambas cuestiones debieran correr paralelas.

Las ventajas que se derivarían de la existencia de una organización de esa índole parecen evidentes: permitiría una defensa más eficaz frente a las agresiones a las prácticas libertarias, funcionaría como referente y anclaje identitario, ayudaría a resignificar luchas, tejería solidaridades y facilitaría la propaganda de unas ideas tan presentes hoy en la práctica como condenadas a la marginalidad en el espacio público. Sería clave que un proyecto de este tipo se abordase sin exclusivismos ni pretensiones totalizadoras a la hora de explicar la realidad social. Que consolidase espacios, también, donde se promovieran el pensamiento teórico y el debate ideológico, pero que persiguiera ante todo el estímulo y la extensión de entornos donde se funcione al margen de la lógica del beneficio y desde presupuestos genuinamente democráticos, sin jerarquías permanentes. Una organización que no se encerrase en un ámbito concreto, como el laboral, y que situándose en la sociedad civil no pusiera trabas a la participación a título individual de sus miembros en la política institucional. Se trata de privilegiar las prácticas sin renunciar al discurso, de construir desde el hecho concreto pero evitando que experiencias libertarias bien significativas pasen desapercibidas para la mayor parte de la sociedad. ¿Es esto posible?

NOT JUST TRUMP: LOS NEOCONS Y LA DEFENSA DE LA UTILIDAD DE LA TORTURA

Voy a escribir esto muy rápido y tirando de memoria, así que me disculpo de antemano por si me baila algún dato. Simplemente quería poner sobre la mesa algunas consideraciones sobre las declaraciones de Donald Trump a favor de la tortura, tan comentadas estos días. Aunque muchos medios tratan de vendernos la postura del ahora presidente de los EEUU como el enésimo exabrupto de un visionario peligroso, lo cierto es que el asunto tiene un calado y unas raíces que exceden en mucho las ocurrencias particulares del señor Trump.

Desde hace años, ciertos sectores del pensamiento neoconservador norteamericano han venido defendiendo la necesidad de repensar, siempre a la baja, algunos de los fundamentos de la democracia. En esta línea, después de los atentados del 11-S, intelectuales y analistas neocons, como el jurista Alan Dershowitz, comenzaron a defender sin el más mínimo recato que era necesario replantearse los Derechos Humanos para incorporar la legitimidad de la tortura bajo ciertas circunstancias. Los padres de esta postura pudieron incluso sacar pecho a raíz del ajusticiamiento extrajudicial de Osama Bin Laden a manos de un comando de Navy SEALS en mayo de 2011, en un complejo residencial de la ciudad paquistaní de Abbottabad. Como se recordará, la CIA aseguró entonces que los datos que hicieron posible liquidar al terrorista habían sido obtenidos mediante tortura durante la presidencia de G. W. Bush. Al margen de la veracidad de esta aseveración, que ha sido muy discutida (1), lo cierto es que pocos tuvieron en cuenta aquel detalle a la hora de valorar la operación. Las palabras más repetidas por los líderes occidentales durante los días subsiguientes a la misma fueron “triunfo”, “alivio”, “seguridad” y “justicia”. Curioso concepto de justicia, cuando menos, toda vez que aquel asesinato –cometido de espaldas a la comunidad internacional- hurtaba a las víctimas de al-Qaeda una posibilidad de acercarse a la Verdad sobre las motivaciones y los vínculos de la organización yihadista.

El planteamiento de base era entonces, y es ahora, el de siempre: aprovechar la exacerbación de determinadas emociones para colar recortes democráticos a cambio de una falsa y difusa seguridad. Como si seguridad y democracia fuesen realidades excluyentes. Por desgracia, no se trata de una infeliz ocurrencia de un megalómano inculto. Las líneas de la política de Trump representan el proyecto de un poderoso sector neoconservador estadounidense.

(1) El Comité de Inteligencia del Senado estadounidense concluyó hace un par de años que las brutales torturas perpetradas por la CIA no habían sido efectivas a la hora de obtener información clave para la seguridad nacional.

No es otra estúpida broma sobre Carrero Blanco

No es ningún secreto que buena parte de la oposición democrática recibió con júbilo el asesinato de Carrero Blanco, acaecido el 20 de diciembre de 1973. Se ha llegado a afirmar que en algunas ciudades el champán se agotó en todas las tiendas. Quizá sea algo exagerado, pero desde luego mucha gente se alegró de aquello. No era para menos, toda vez que Carrero, por entonces presidente del gobierno, había sido el brazo derecho de Franco desde los años cuarenta. Iñaki Anasagasti recuerda el acontecimiento en sus memorias de esta guisa:

ETA, con un eficaz y rocambolesco atentado (…) se cargó de un bombazo al heredero de Franco y lo mandó al techo de la residencia de los jesuitas en la calle Claudio Coello de Madrid. Hizo bueno aquello de <<De Madrid al cielo>>, o en el caso de aquel ogro, al infierno. (…) En las fiestas de los pueblos cantaban aquello de <<Carrero, Carrero, ¿qué haces tú en el alero?>>, mientras echaban al aire sus pañuelos blancos” (1)

En aquella época circularon bastantes bromas sobre el tema: que si España había logrado el récord de salto de altura de coches, que si “Arriba España, Arriba Franco, tan alto como Carrero Blanco”… Proliferaron también las cancioncillas populares. Una de ellas, tomando la melodía de “La bamba”, decía algo así: “Yo no soy marinero… Yo no soy marinero, soy almirante y sé volar y sé volar… Arriba y arriba, arriba y arriba y arriba iré (…) Yo no soy marinero, soy almirante y me llamo Carrero y arriba iré (…)”. Supongo que se capta la idea. Tras el último verso, se acostumbraba a tirar al aire el objeto que se tuviera más a mano acompañando la performance con alguna onomatopeya (¡Eeeeeep!) (2). El humor siempre ha sido una forma de resistencia micro a los regímenes autoritarios. O de supervivencia a los regímenes autoritarios. Quizá ambas cosas. Algo así como el “y sin embargo, se mueve” del ciudadano de a pie.

Luego llegó la transición a la democracia, ya saben. Aquel proceso llamado a elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle era simplemente normal, parafraseando a Suárez. Resultó ser una transición incompleta hacia una democracia devaluada y amnésica, sin depuración de los aparatos represivos del Estado franquista ni del poder judicial, etc. Rápidamente le metimos una mayúscula y empezamos a hablar de la “Transición”, como si fuera algo aislado, desvinculado de sus orígenes y, en cierta medida, también de sus efectos. Objeto de mitificación y de simplificación a partes iguales en el discurso público. Quizá hable de eso un día de estos.

Aquella transición nos llevó a una democracia de baja intensidad donde los valores democráticos sirven, según el caso, de decorado o de maquillaje. Aunque es justo reconocer que algo se avanzó. Los chistes sobre Carrero Blanco, por ejemplo, pasaron de las calles a las librerías y a los kioscos. Tip y Coll pudieron bromear sobre el tema en su librito Tipycollorgía, en 1983, y Paco Umbral no tuvo mayores problemas para comparar a Carrero con un cometa en A la sombra de las muchachas rojas (1981):

 “La televisión ponía todo el rato música arcangélica y daba partes periódicos sobre la trayectoria seguida por el cuerpo del presidente del Gobierno, observado en su periplo de todo un día por los telescopios gigantes de Robledo de Chavela, bases yanquis de Canarias, Observatorio Astronómico de Madrid (…). La gente andaba por la calle mirando para el cielo, como debió andar, efectivamente, cuando el cometa Halley, y ahora el cometa Carrero nos tenía a todos con la tortícolis puesta, en un descabezamiento colectivo como pintado por Magritte. (…) Empezó a reunirse personal en las azoteas, todo el mundo tenía un catalejo de su abuelo, de mirar a distancia el desembarco de Alhucemas, y acababan sacándolo”.

Qué humor tenía Paco. Umbral, claro, no Franco. En fin, ya ven… cuatro décadas después de aquello, mientras algunos hablan de la necesidad de hacer una segunda transición, vemos cómo se deterioran a pasos agigantados buena parte de los derechos adquiridos en la primera. Y resulta que lo que a nivel de calle es sencillamente normal, está perdiendo la categoría política y jurídica de normal. Y a una estudiante de 21 años le piden cárcel por hacer chistes sobre el asesinato de Carrero Blanco. Algo habrá que hacer. Humor, por ejemplo. Aunque el momento exige tener altura de miras. No vaya a ser que lo que subió hace cuarenta años baje ahora y nos aplaste.

(1)   Anasagasti, Iñaki, Jarrones chinos, La Esfera de los Libros, 2014.

(2) Eser, Patrick, “¿Imágenes dialécticas? Representaciones visuales del événement aleatoire “Operación Ogro”, en  Marco Kunz, Rachel Bornet, Salvador Girbés y Michel Schultheiss (eds.), Acontecimientos históricos y su productividad cultural en el mundo hispánico, LIT Ibéricas 7, 2016, pp. 293-320.