VOSOTROS QUE ME LLAMÁIS POR MI NOMBRE

Vosotros,

que me llamáis por mi nombre,

decidme quién soy.

 

Alguien he de ser

si ocupo,

peso,

duelo.

Alguien he de ser si vosotros,

que me llamáis también amigo

-algunas veces,

me hacéis hueco entre vuestros brazos

y en la mesa.

 

Ahora que resuena mi onomástica

más ajena a cada grito:

por no elegida,

por común,

o por esta alergia mía

a las festividades y a las costumbres,

 

ahora que me enfrento

al rostro tercamente repetido del espejo,

con la actitud de un animal

que confunde su reflejo con el enemigo

ante las risas del dueño

-Y sin embargo: ¿no estará en lo cierto?-,

 

decidme vosotros,

que tomáis por familiar mi cuerpo

y fingís no reparar en los estigmas

                de tanto aborto de futuro,

decidme siempre,

hasta cuando ya no yazca

en vuestra holgura mi misterio,

decidme…

Y sed

para este desconocido infectado de ayeres

apóstoles de sí mismo.

LOS MUERTOS QUE NO IMPORTAN: 23 DE FEBRERO, DÍA MUNDIAL DE CHECHENIA

Captura de pantalla (141)

Quizás yo, tras el Cáucaso erguido,

Ocultarme podré de los tiranos,

De su ojo que todo lo registra

De su oído que nada escucha en vano.

Mijaíl Lérmontov

 

Seguramente no les suene, pero el 23 de febrero es el Día Mundial de Chechenia. Hoy se cumplen 72 años de la deportación de los pueblos checheno e ingush a Asia Central y a Siberia, ordenada por Stalin. Medio millón de personas fueron obligadas a dejar sus casas y alrededor de 170.000 perdieron la vida a causa de las inhumanas condiciones a que fueron sometidas. Fue, sin lugar a dudas, un genocidio.

En una sociedad que ha convertido en Trending Topic los días mundiales de la cerveza, la toalla, la tostada o los amigos con derecho a roce, quizá no vendría mal dedicar unos minutos del día de hoy a revisar el interminable conflicto ruso-checheno. Aunque solo aparezca en sus televisores a cada muerte de obispo, normalmente a propósito de algún brutal atentado terrorista, puede que les afecte más de lo que piensan. Si el post les resulta excesivamente largo, siempre pueden circular por la negrita.

Chechenia es actualmente una República de la Federación Rusa. Se encuentra situada en el centro del Cáucaso Norte, entre el mar Negro y el Caspio, haciendo frontera con Georgia. Tiene un millón largo de habitantes y una extensión similar a la de la provincia de Zaragoza. Más del 90% de sus habitantes son étnica y culturalmente chechenos, lo que supone que comparten una identidad de una extraordinaria solidez. La primera lengua de la práctica totalidad de los chechenos es el checheno, no el ruso, y son mayoritariamente musulmanes sufíes. El sufismo es una interpretación espiritual y mística del Islam suficientemente flexible como para permitir conjugar las estructuras y los valores tradicionales chechenos con los preceptos islámicos. Internamente la sociedad se estructura en clanes que funcionan de forma semiautónoma y existe un código moral específico articulado en torno a las adat o leyes de la montaña, que contemplan cuestiones como el honor, la hospitalidad, el coraje o la austeridad, y que en la práctica se entremezclan con la sharía. En Chechenia, escribió Sebastian Smith, “la familia patriarcal importa más que el Estado” y “la mezquita más que la policía”. O al menos, así era antes de que las últimas guerras trastocaran radicalmente la sociedad chechena.

Las diversas divisiones clánicas y religiosas, sus enfrentamientos, lealtades y posiciones con respecto al poder ruso, han jugado un papel fundamental en la historia chechena de los tres últimos siglos, marcados por un enfrentamiento sin cuartel contra Rusia que ha acabado asumiéndose como un elemento más de la identidad chechena. Un enfrentamiento marcado por la alternancia entre la gazáwat -término que suele identificarse con la yihad aunque tiene una connotación de guerra defensiva o de liberación- y el Ketmán, la sumisión aparente en espera de que las condiciones mejoren para volver a levantarse contra los rusos.

Desde que en la segunda mitad del siglo XVIII el Imperio de los zares se decidiese de forma firme a anexionar el Cáucaso, iniciándose las Guerras del Cáucaso que aparecen en la literatura de Tolstói o de Lérmontov, hasta hoy, los chechenos -solos o aliados con otros grupos étnicos del norte del Cáucaso- no han parado de causarle problemas a Moscú. La rebelión liderada por Shaykh-Mansour entre 1785 y 1791 o la guerra encabezada por el Imam Shamil entre 1829 y 1859, que acabó con la deportación forzosa de varios cientos de miles de musulmanes caucasianos a Jordania y a Turquía, son los ejemplos más conocidos. Pero entre 1860 y 1917 los chechenos se levantaron 17 veces contra el poder ruso.

En 1917 la dificilísima situación rusa, con las revoluciones de febrero y octubre, la Primera Guerra Mundial y el inicio de la guerra civil, se reveló como un marco propicio para que los norcaucasianos buscasen de nuevo su independencia. En 1918 llegaron a crear una efímera república independiente que fue abolida en 1919 cuando los ejércitos blancos de Denikin conquistaron Grozni –capital de Chechenia-. La sustituyó entonces el llamado Emirato del Norte del Cáucaso, que canalizó la lucha de los montañeses contra Denikin en alianza con los bolcheviques. Cuando ganaron la guerra civil, los soviéticos no tardaron en olvidar las promesas de autonomía que habían hecho a los caucasianos. En 1936 crearon la República Soviética Autónoma de Chechenia-Ingushetia (los ingushes son un pueblo vecino de los chechenos, étnica y culturalmente muy próximos a ellos). Los chechenos siguieron rebelándose contra los bolcheviques durante todo este período, incluso durante la Segunda Guerra Mundial, y en 1944 Stalin decidió acabar de forma tajante con el problema aboliendo la República de Chechenia-Ingushetia y deportándolos bajo la espuria acusación de haber colaborado con los nazis.

En 1957 Kruschev, en un contexto de revisión y condena de los crímenes estalinistas, restableció la República y dejó volver a los deportados, si bien durante toda la época soviética los chechenos vivirían en condiciones mucho peores que los rusos que habitaban en su propio territorio (cerca del 23% hacia 1989) y sometidos a una fuerte discriminación en toda la URSS. Con Gorbachov al frente de la URSS, la glásnost y la perestroika posibilitaron, en Chechenia como en otros lugares, el florecimiento de movimientos políticos y sociales de liberación nacional, alentados además por el cruce de guiños e invitaciones a las repúblicas étnicas lanzados por Yeltsin y Gorbachov en su particular lucha por el poder.

En 1990 se reunió en Grozni un Congreso Nacional Checheno cuyas diversas facciones coincidían en reclamar la completa soberanía de Chechenia-Ingushetia. Al frente del mismo se colocó Dzhojar Dudáyev, el único checheno que había logrado ser general del Ejército Rojo. Habiendo presenciado en primera persona las independencias bálticas, Dudáyev pensó que Chechenia, de un tamaño parecido a Estonia y menos rusificada, podría seguir el mismo camino. El fracaso del golpe de estado comunista de agosto de 1991 debilitó al Partido Comunista Checheno y fortaleció a este Congreso Nacional Checheno, cuyo brazo armado tomó por asalto el Soviet Supremo en septiembre. Acto seguido se celebraron unas elecciones fraudulentas que ganó por Dudáyev y se proclamó la independencia de Chechenia el 1 de noviembre de 1991. Ingushetia no siguió la misma senda y decidió integrarse en Rusia.

Durante los tres años siguientes Chechenia funcionó como un Estado independiente de facto. Tras un intento fallido de retomar la república, Yeltsin acabó retirando las tropas rusas de Chechenia a principios de 1992, entendiendo que Rusia tenía problemas más acuciantes que aquel. Yeltsin dejó hacer a Dudáyev, que conformó una República independiente, bautizada en 1993 como República de Ichkeria, de carácter militarista, autoritario y personalista, que tuvo que lidiar desde el inicio con una galopante crisis económica. El autoritarismo de Dudáyev y la propia división clánica de Chechenia acabó derivando en una guerra civil de baja intensidad, con una oposición sostenida por clanes prorrusos que controlaban pequeñas zonas de la república y eran apoyados por una Rusia cada vez más centralista. En noviembre de 1994 esta oposición, armada y apoyada por Rusia, intentó tomar Grozni pero fracasó estrepitosamente.

Poco después de ese fracaso, en diciembre del 94, Rusia se decidió a tomar cartas en el asunto de manera directa e invadió Chechenia con el objetivo de acabar con la tentativa independentista. La explicación a este cambio de política por parte de Rusia hay que buscarla en el rápido renacimiento de un discurso imperialista; en la voluntad de desviar la atención de los graves problemas económicos y sociales internos buscando enemigos externos; en la importancia geoestratégica y geoeconómica de Chechenia -sobre todo como zona de paso del principal oleoducto que transportaba el petróleo del Caspio y por la industria de refinado de petróleo, ya que su producción de petróleo estaba ya en horas bajas- y en la necesidad de un castigo ejemplarizante que quitase las ganas de independizarse a las demás repúblicas étnicas rusas (se trataba, en palabras de un importante dirigente ruso, de cerrar la puerta con suficiente fuerza como para que temblaran los cristales de los vecinos).

Los rusos iniciaron así una guerra para la que no se habían preparado suficientemente, confiados en que sería un paseo militar. En lugar de ello se encontraron con una resistencia feroz que causó 7000 bajas al ejército ruso en año y medio: la mitad de las que tuvo en Afganistán en diez años. Finalmente la resistencia chechena logró obligar a Rusia a firmar un acuerdo de paz en agosto de 1996 que ya no podría firmar Dudáyev, asesinado poco antes. Ese acuerdo de paz suponía la retirada de los contingentes rusos y aplazaba por un período de cinco años el debate definitivo sobre el estatus de Chechenia. La guerra había dejado entre 50.000 y 100.000 civiles muertos, 200.000 heridos y medio millón de refugiados, amén de causar enormes daños materiales, ecológicos y psicológicos. Las fotos del acuerdo de 1996 venían a corroborar que las guerras, como decía Eric Flakoll, las hacen jóvenes que no se conocen ni se odian pero que se matan, y las dirigen viejos que sí se conocen y se odian pero no se matan.

Chechenia iniciaba así, en fin, una nueva etapa de independencia de facto. En enero del 97 se celebraron unas elecciones libres, supervisadas por organismos internacionales, que se saldaron con la victoria de Aslán Masjádov, un independentista moderado que había sido el principal artífice del éxito militar checheno en la guerra. Pero este nuevo período de independencia iba a ser aún más convulso que el período de Dudáyev: el país estaba arrasado y las compensaciones económicas que Moscú había acordado pagar no llegaban correctamente. La corrupción, el robo y la venta ilegal de petróleo, así como la puesta en marcha de una auténtica industria del secuestro caracterizarían a la Chechenia de Masjádov. Internamente las tensiones políticas eran cada vez mayores, especialmente entre el sector independentista moderado del presidente Masjádov y los grupos próximos a un islamismo radical que había entrado en Chechenia precisamente a raíz de la contienda, impulsado por la generosa financiación procedente de algunos países árabes. Todo ello, sumado a la existencia de numerosos señores de la guerra con ejércitos personales (también como consecuencia del conflicto con Rusia) convirtieron la vida de la república en un caos que Masjádov no pudo revertir a pesar de su innegable capacidad política.

En agosto de 1999 unos 1500 hombres armados dirigidos por Shamil Basáyev, principal referente del sector radical checheno opuesto a Masjádov, invadió la república vecina de Daguestán supuestamente con el propósito de establecer una república islámica en el Cáucaso norte. Los rusos lo obligaron a replegarse y a volver a Chechenia en una operación con numerosos ángulos muertos. En septiembre de ese año explotaron varias bombas en edificios de viviendas de Moscú y de otras dos ciudades rusas, causando 300 muertos. El Kremlin culpó a los chechenos de los atentados -aunque existen dudas razonable sobre la participación en los mismos de los propios servicios secretos rusos- y utilizó estos episodios como casus belli para justificar una nueva invasión de Chechenia, que se inició en octubre.

Esta vez el ejército ruso, mejor preparado, logró tomar Grozni en enero del año 2000, de nuevo con numerosas bajas, iniciándose después una guerra de guerrillas esencialmente en la montañosa zona sur de la República y que en cierta medida se ha mantenido hasta hoy. Esta segunda guerra ha estado caracterizada no solo por la existencia de enfrentamientos directos, sino también por el uso recurrente del terrorismo por parte de un sector de la guerrilla chechena -en ocasiones contra objetivos civiles rusos- y por la transformación de lo que era un conflicto de liberación nacional en un metaconflicto, esto es, en un conflicto sobre la propia naturaleza del conflicto. Entre la resistencia chechena se hizo cada vez más obvia la fractura entre un sector moderado, proclive a negociar, nacionalista y que condenaba el terrorismo (liderado por Masjádov, asesinado en 2005); y un sector radical que defendía la vía terrorista y subrayaba el factor religioso por encima del nacional, liderado por Basáyev (apodado “el Bin Laden del Cáucaso”, asesinado en 2006).

Después de los acontecimientos del 11-S el sector moderado dejó de contar con la simpatía occidental y la postura de EEUU sobre Chechenia cambió radicalmente. El sector radical, único capaz de sostener la lucha gracias a los fondos de determinadas redes islamistas, fue ganando peso mientras la lucha se extendía también a otras repúblicas musulmanas rusas del Cáucaso Norte. Finalmente en 2007 el entonces presidente de Ichkeria (la Chechenia Independiente, que ya no tenía base territorial real), Dokku Umárov, abolió la República y proclamó el Emirato del Cáucaso Norte, que englobaba también a las repúblicas vecinas. Algunos sectores de la insurgencia chechena no aceptaron esa medida y siguieron luchando bajo la bandera nacionalista, cada vez más mermados y con el escaso apoyo simbólico de un gobierno de Ichkeria en el exilio en la práctica totalmente inoperante.

Por otra parte, tras hacerse con el control de la mayor parte de la República, Rusia colocó en Grozni una administración prorrusa, organizó unas elecciones fraudulentas en 2003 y dotó al territorio de una constitución. Al frente del gobierno checheno prorruso se puso a Ajmed Kadírov, antiguo independentista que decidió cambiar de bando. Cuando Ajmed fue asesinato por la guerrilla en 2004 se colocó al frente de Chechenia a su hijo Ramzán Kadírov, aunque el cargo de presidente no lo asumiría formalmente hasta 2007. Desde entonces hasta hoy, Ramzán se ha caracterizado por instaurar en Chechenia una dictadora brutal y extravagante marcada por la corrupción, la fidelidad a Putin, la violación sistemática de los DD.HH., el culto a la personalidad, la chechenización del conflicto (es decir, la retirada progresiva de las tropas rusas y su sustitución por milicias chechenas prorrusas) y una reconstrucción a primera vista espectacular pero que esconde innumerables abusos.

Esta segunda guerra de Chechenia se ha cobrado la vida de cerca de 50.000 civiles, 5.000 soldados rusos y 15.000 combatientes chechenos, y actualmente sigue dejando entre 700 y 1000 muertos cada año en el Cáucaso Norte (fundamentalmente en Daguestán, Chechenia, Ingushetia y Kabardino-Balkaria) entre civiles y combatientes de ambos bandos.

Está por ver hasta dónde y hasta cuándo se prolongará la alianza entre Putin y Kadírov, qué va a suceder si la insurgencia consuma el objetivo de atentar contra el líder prorruso o si los todavía débiles movimientos sociales prodemocráticos en Rusia conseguirán promover cambios serios en la situación de la zona. Del mismo modo es difícil aventurar cómo pueden repercutir en esta zona la situación de Abjasia, Osetia o Nagorno-Karabaj, los problemas entre Rusia y Turquía, las guerras de Afganistán y Siria o la compleja situación ucraniana. Lo que sí es seguro es que la guerra ha dislocado la sociedad chechena. La edad media es ahora de poco más de 20 años, casi no hay ancianos, que tenían un papel rector clave en los clanes, y los jóvenes llamados a buscar soluciones a la situación han crecido mamando guerra, destrucción, miseria y odio. No pocos se han visto seducidos por el islam rigorista, sus propuestas de reforma, su ideología fuerte y unitaria o sus promesas de justicia social, produciéndose una ruptura generacional que parece insalvable. Los efectos de la guerra a otros niveles tardarán también, todavía, mucho tiempo en desaparecer.

El conflicto ruso-checheno ha dejado al descubierto la verdadera naturaleza de la Federación Rusa y tiene mucho que enseñarnos. El problema checheno es también el nuestro, y no me refiero sólo a la influencia de Occidente en el desarrollo del conflicto, transigiendo de manera evidente con los crímenes de la Rusia proveedora de materias primas, especialmente desde que en 2001 todo quedó subsumido bajo ese manto igualador y un tanto idiotizante del terrorismo internacional. Me refiero también, de forma más general, a que este conflicto nos acerca a las tripas de realidades que nos afectan a todas: la doble moral y el doble lenguaje del poder; la corrupción, la manipulación informativa, ideológica y política por parte de las élites; el uso del miedo y de la guerra sucia; los peligros de la exclusión y de la xenofobia; la supeditación de cualquier consideración de carácter moral a la realidad económica; la utilización interesada de la religión con fines políticos o económicos; el desastre ecológico; las tensiones entre progreso y tradición -y los peligros del progreso- y, en fin, la barbarie. La barbarie repetida de manera cíclica también en Europa, desde los judíos de Auschwitz a los bosnios de Srebreniça y a los chechenos del punto de filtración de Chernokozovo. Como señalara el humorista estadounidense Will Rogers, no puede decirse que la civilización no avance: en cada nueva guerra podemos matarnos de una manera diferente.

 ***Fotografía: Familia chechena, 1977. Por Igor Palmin. https://www.flickr.com/photos/igorpalmin/

ALLÍ

Allí donde no llegan las palabras,

donde besas mi frente cuando enfermo

y me echas una manta por encima

si me quedo dormido en el sofá.

 

Allí donde lamemos las heridas con silencios,

curamos las derrotas con miradas

y nos leemos el cuerpo con las yemas de los dedos.

 

Allí donde estiramos los recuerdos

para descolgarnos por el mundo,

y conjuramos el miedo con abrazos

e infusiones de manzanilla.

 

Allí quiero dormir a diario

a pierna suelta,

a oreja planchada,

a pedir de boca

y de manos.


 

PEQUEÑA ZONA DE EXCLUSIÓN AÉREA

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¿Cómo es posible en pleno siglo veintiuno

-como dicen,

que sueñe cada noche con tus besos,

que sueñes cada noche con mis besos,

y carestía de labios me despierte

sin un triste lóbulo de tu oreja

que llevarme a la boca?

 

Epidemia de centímetros de aire

condena a la escisión a una epidermis,

y entre los tabiques nos increpan a gritos

las sombras que habrían de vestir

nuestro cuerpo compartido,

las falanges sometidas a metódica vigilancia,

unos ojos esperando el tercer grado penitenciario,

el primer segundo de omisión de ropa,

la profundidad justa de un ombligo.

 

Y al final tanta vacuna para nada,

tanto chaleco salvavidas para nada,

tanta letra torpemente concentrada

para taponar este ruido huérfano de gemidos…

Y tanta casa.

Tanta, tanta casa

para nadie.

 

**Fotografía: Sin título, de ODiN:  https://www.flickr.com/photos/dskciado/

EL MINISTERIO DEL TIEMPO. IDEOLOGÍA Y PROPAGANDA.

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Anoche Televisión Española estrenó la esperada segunda temporada de El Ministerio del Tiempo, una serie que el año pasado logró fidelizar a más de dos millones y medio de espectadores y que ha recibido tantos premios como elogios por parte de la crítica. La intención de este post no es hacer de menos los evidentes logros de la serie, y dios me libre de enfadar a la legión de fans que se ha granjeado –los llamados ministéricos. No pretendo buscarle las vueltas a la originalidad de la propuesta (en ocasiones se le ha achacado cierta proximidad argumental con la británica Doctor Who) ni a la calidad de las reconstrucciones históricas que ofrece, y tampoco me duelen prendas si se trata de reconocerle que ha logrado acercar la historia a públicos tradicionalmente poco o nada interesados por ella. Yo mismo sigo la serie y tengo pensado seguir haciéndolo porque, qué demonios: me entretiene.

Sin embargo El Ministerio del Tiempo no es un producto televisivo inocente. Antes bien, se trata de una producción claramente ideologizada que encaja a la perfección con el resto de la programación que viene ofreciéndonos RTVE y, en consecuencia, con los intereses de quienes dirigen nuestro ente público de televisión. El planteamiento de la serie pretende apuntalar dos ideas: la primera está relacionada de manera específica con la historia de España; en tanto que la segunda se vincula a una forma concreta de entender el pasado, el progreso y el funcionamiento de las sociedades. La promoción de ambas no es ajena a una institución como el Estado, que a tal fin utiliza desde los cauces más académicos -fijando, o tratando de fijar, una historia oficial- hasta aquellos ámbitos más divulgativos o los vinculados al mundo del entretenimiento.

En lo que hace a la primera de las cuestiones mencionadas, la serie presenta un discurso que tiende de manera clara a reforzar la imagen de unidad de España. Se emplean lugares comunes y mitos fundacionales para insistir en la idea de una historia de España lineal. Hay de hecho cierta ambigüedad sobre los puntos espacio-temporales a los que se puede viajar desde el Ministerio: si supuestamente hay puertas que comunican el presente con cualquier punto que haya sido dominado por España en una época determinada –se puede viajar, por ejemplo, al Portugal de la Unión Ibérica (1580-1640)-, cabría preguntarse qué España dominaba Atapuerca o por qué hay una puerta que lleva a la Segovia romana… Así, España es presentada, poco más o menos, como una unidad de destino en lo universal. Si fuésemos muy mal pensados quizá habríamos de reflexionar sobre la coincidencia cronológica entre la puesta de largo de El Ministerio del Tiempo y el Procès Constituent a Catalunya (o desafío independentista catalán, como prefieren llamarlo la mayoría de los medios nacionales). Al cabo el objetivo último del Ministerio del Tiempo es evitar que alguna clase de accidente o de interés espurio altere nuestra historia. Así las cosas, este Ministerio se erige en auténtico  “guardián de la historia”, acaso continuando la labor de aquellos historiadores del siglo XIX que se encargaron de apuntalar la historia oficial de la nación y a los que Ignacio Peiró dedicó su magnífico libro Los guardianes de la Historia.

En cuanto a la segunda cuestión, El Ministerio del Tiempo nos sigue mostrando esa “Historia de tambor y trompeta” a la que se refiriera en su día Julián Casanova para denunciar el tipo de Historia que premian, año sí y año también, los Premios Nacionales de Historia. Es, en definitiva, el tipo de Historia que defienden también, con desigual eficacia, otros productos televisivos de la misma cadena como Isabel o Carlos, Rey Emperador. Una historia desde arriba, de reyes y grandes hombres que forjaron el destino de una nación, que hicieron de España “un gran país”. Aunque en este caso hay que agradecerle a la serie que introduzca en la ecuación el factor cultural y la historia de los grandes talentos del Arte, la Ciencia y la Literatura patrias, la idea central no varía: lo que nos ofrece la pequeña pantalla es la Marca España. Apenas queda rastro de quienes –parafraseando las Preguntas de un Obrero que lee, de Bertold Brecht-, arrastraron los bloques de piedra que hoy admiramos en nuestros palacios, castillos y catedrales. No queda sitio para los que corrieron con los gastos.

ES LO QUE HAY… PERO NO NOS GUSTA: CASTILLOS EN EL AIRE Y DEMOCRACIA INCLUSIVA

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Se trata de una relación causa-efecto ampliamente comprobada. Al menor atisbo de disenso con el actual sistema político, social y económico, le será dispensada una de las siguientes sentencias: 1. las cosas son como son; 2. es lo que hay; 3. no queda otra que tragar; 4. no existe una alternativa que funcione; y 5. el mundo es así –acompañada esta última de: a) no lo he inventado yo, o b) ya me gustaría a mí que…-.

Con envidiable rapidez mental, su interlocutor hará también el preceptivo viaje desde el conformismo y la autojustificación hasta la desacreditación de la diferencia: hay que tener los pies en la tierra, le dirán. Lo que propones es un brindis al sol, le dirán. Son utopías, castillos en el aire. Bonito término por cierto este último: en su genial “Diccionario de los lugares comunes” Flaubert lo define como “ideas superiores que no se comprenden”.

¿Qué es lo que propones tú? –le preguntarán a menudo. En realidad su contestación no importa mucho, porque es bastante probable que su interlocutor ya tenga cargada alguna variante del “no funcionaría” en su DVD de respuestas. Siempre es el mismo DVD de respuestas, por cierto. Creo que se titula “Respuestas para gente que no duda”. Ante un “no funcionaría”, yo suelo invitar a mi interlocutor a la reflexión: ¿ah, que esto SÍ FUNCIONA?… ¿de verdad?… ¿para cuántos funciona?… ¿para quiénes?… ¿por cuánto tiempo va a seguir funcionando? A menudo no consigo que reflexione mucho, pero me quedo la mar de ancho.

En realidad, criticar el funcionamiento actual de las cosas, el sistema, resulta bastante sencillo. Desde la desigualdad flagrante que produce hasta sus gravísimos efectos sobre el planeta, sobran evidencias de que el capitalismo no es precisamente la panacea. La cosa se complica un poco, eso sí, cuando se trata de plantear alternativas. En este sentido, hoy me apetecía dar cuenta en el blog de una propuesta, la de la democracia inclusiva, que pone sobre la mesa una alternativa integral a la miseria que padecemos. Y lo hace, además, apoyándose en una crítica sistemática de las claves de esa miseria y ofreciendo estrategias concretas a corto y a medio plazo para alcanzar el modelo de sociedad que defiende.

La propuesta, presentada por el filósofo y activista griego Takis Fotopoulos, reivindica la construcción de una sociedad verdaderamente democrática y concreta la articulación de esa democracia en cuatro ámbitos básicos:

  • En el ámbito político propone una democracia asamblearia que garantice un reparto equitativo de poder entre todos los miembros de la sociedad, sin que existan jerarquías permanentes.
  • En el ámbito económico aspira a que las políticas macroeconómicas sean decididas por el conjunto de la ciudadanía, y a que se ponga en marcha un modelo de consumo individual no monetario que permitiría evitar cuestiones como la acumulación de capital o la especulación.
  • En el ámbito social se propone democratizar todos los espacios en que el individuo desarrolla su vida diaria (trabajo, escuela, etc.), haciéndolos funcionar de forma autogestionada y asamblearia. También plantea medidas para democratizar los hogares y su funcionamiento interno.
  • Por último, persigue democratizar las relaciones entre el hombre y el medio natural instaurando una democracia ecológica. La idea es que el cambio del modelo productivo y la puesta en marcha de una sociedad que mantenga un ritmo de vida cabal, sin perseguir la ostentación ni la acumulación obscena de riqueza, nos permitirán vivir dignamente sin necesidad de cargarnos el planeta por el camino. Sobre esta base la propuesta podría encajar perfectamente con los planteamientos del decrecimiento.

Por supuesto el modelo es marcadamente municipalista. Implica un funcionamiento desde abajo hacia arriba y una organización política territorial basada en pequeños núcleos que se confederarían libremente con otros para hacer frente a los retos y necesidades que precisen de respuestas supralocales.

En estos tiempos que corren cada vez está más claro que no se puede esperar mucho de las instituciones de las democracias representativas capitalistas. Las ocupe quien las ocupe. El diseño institucional no es inocente: tiene una carga ideológica enorme vinculada al proceso de construcción de los Estados burocráticos. Y es también conocido que las posiciones modifican a los sujetos o, si lo prefieren, que las instituciones se acaban comiendo hasta las mejores intenciones.

Así las cosas no parece justo tachar de utópica una propuesta como la de la democracia inclusiva, que yo he explicado aquí de manera escuetísima y por tanto necesariamente mal (podéis encontrar más información en castellano en este link). Como señala Fotopoulos, se basa en una crisis multidimensional existente y recoge descontentos relativamente extendidos entre la población. Aun así, es fácil suponer que muchos de quienes nos rodean seguirán pensando que no tenemos los pies en el suelo. Esperemos que sus nietos no tengan que reprochárselo. Si se ponen muy pesados, les recomiendo que recurran a una respuesta que le escuché en una ocasión al politólogo Carlos Taibo: “Puestos a defender algo, yo prefiero defender algo bonito”.

 

***Fotografía: “Luego feroz”, de Ana Rey. https://www.flickr.com/photos/anarey/

BREVE SOCIOLOGÍA DE LA EDUCACIÓN

 

Pierde cuidado: afuera no hay ningún incendio.

Vuelve a la silla.

No hay nada que ver tras la ventana,

mira al frente,

no te compliques la vida,

tiempo-al-tiempo,

no quieras ir demasiado lejos.

 

Es mejor que estés callado:

ni se te ocurra hacer preguntas tontas.

 

Lo importante es lo importante,

porque lo digo yo

… y punto.

 

Atente al libro y atiende,

cíñete a las explicaciones del profesor,

no hagas planes para esta tarde,

no te distraigas de tu destino

con amores o literatura.

 

Ponte en tu sitio,

siéntate bien,

pide permiso…

Sé agradecido.

 

Métete la camiseta por dentro

y súbete los pantalones.

 

No te pintes en la mano

ni en la cara.

Piensa antes de hablar,

pero  P-I-E-N-S-A   B-I-E-N.

 

Escribe recto,

no subrayes todo,

no uses tantos colores:

 

“Su cuaderno parece una fiesta de disfraces”.

 

Jamás olvides poner tu nombre en la primera página,

cuida esa letra…

Sé ordenado.

 

La vida es así,

repite conmigo:

en mi casa hago lo que quiero

pero aquí …

ca-lla-di-to-y-en-si-len-cio.

 

Acostúmbrate a mirarme

cuando te hablo:

desentiéndete de-los-de-al-lado.

 

Deja una página en blanco antes de empezar un tema nuevo.

Nunca escribas nada sin poner antes el título y la fecha.

CONCEPCIÓN DANCAUSA Y LA DIVISIÓN DE LOS ESPAÑOLES

Escribo esto a vuelapluma y sin mucha reflexión de por medio, así que me vais a perdonar los gazapos si los hubiere. Acabo de escuchar a la señora Concepción Dancausa, delegada del Gobierno en Madrid, hablar en la SER al calor de la polémica por la metedura de pata de Ahora Madrid con el tema de la retirada de símbolos franquistas. Siguiendo el conocido argumentario del PP en esta materia, la señora Dancausa ha apuntado que lo mejor es dejar las cosas como están, que “la historia es la que es” y que ya se hizo una transición y hubo una ley de amnistía. No es razonable ni pertinente hacer nada –concluía- que vaya a dividir a los españoles.

Como este es un blog muy modesto, estoy seguro de que la señora Dancausa nunca llegará a leer estas líneas. Pero con todo y con eso me gustaría decirle algunas cosas. Para empezar, señora Dancausa, me gustaría decirle que la historia no es la que es. La historia es una construcción, una reinterpretación del pasado que se hace desde el presente y es por lo tanto cambiante y necesariamente subjetiva. En el mejor de los casos –que no es siempre el de algunos de los historiadores de cabecera de su partido, dicho sea de paso-, la historia es honesta y polifónica, dando cabida a todas las voces del pasado y no solo a la voz de unos pocos. Pero nunca, nunca, “es la que es”.

La forma en que encaramos nuestro pasado guarda también, señora Dancausa, una relación estrecha con el proyecto de futuro que queremos. La guerra y los crímenes de la dictadura franquista están en el centro de nuestra memoria colectiva, marcan claramente la identidad de muchos españoles de hoy y afectan de manera directa a la sensibilidad de otros tantos. Se entiende, eso sí, que entre estos últimos no haya, señora Dancausa, muchos hijos de políticos falangistas (por ubicar un poco el tema: el padre de la señora Dancausa fue procurador en Cortes durante la dictadura y promovió luego esa filantrópica institución que es la Fundación Francisco Franco).

Al final siempre están ustedes con la transición en la boca, señora Dancausa. Y con la ley de amnistía del 77, esa que el Comité de Derechos Humanos de la ONU nos reclama con insistencia que retiremos para poder investigar los crímenes del franquismo. La transición, señora Dancausa, se hizo en buena medida desde el miedo. No se hizo cerrando heridas: las heridas siguen abiertas. Lo que se pretende es, precisamente, cerrarlas. No sé si le suenan, señora Dancausa, las comisiones para la verdad y la reconciliación, que se han puesto en marcha en varios países como vía para una verdadera superación de pasados traumáticos desde la base de la justicia restaurativa. El lema de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica (para la reparación de las violaciones de DD. HH. cometidas por el régimen del apartheid) lo estableció Desmond Tutu y decía: “Sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no puede haber perdón”. Se trata de conocer el pasado, señora Dancausa, y de reconocer los errores para poder repararlos en la medida de lo posible. Se trata de ser permeables y sensibles con las personas afectadas por esos errores, señora Dancausa. No es tan difícil.