MERITOCRACIA, IGUALDAD DE OPORTUNIDADES Y OTROS MITOS FUNDADORES

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La construcción ideológica que sostiene nuestros estados capitalistas descansa en buena medida sobre dos presupuestos clave: la igualdad de oportunidades y la meritocracia. Ambos permiten justificar las desigualdades socioeconómicas y hacérselas tragar a quienes se encuentran en las posiciones más bajas de la escala social. Los medios de comunicación apuntalan la idea del american way of life y nos presentan invariablemente la determinación, el talento y el trabajo duro como las llaves del éxito social. La figura del hombre hecho a sí mismo  –menos frecuentemente de la mujer, presentada todavía en demasiadas ocasiones como la muleta que necesita todo egregio varón para el triunfo- ejerce de perfecto reclamo mediático y publicitario. Una mezcla de admiración, inspiración, esperanza y envidia nos invade cada vez que la televisión nos acerca la historia de otro gran visionario que cambió el mundo desde un garaje. La de grandes multinacionales que han nacido en un garaje, oye.

La clase media a la que tanto nos gusta adscribirnos en el mal llamado primer mundola clase media somos todos, ya se sabe– ha tragado con orgullo la píldora meritocrática. La asume como una conquista propia, cuando no como la razón última de su existencia. Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa, más que la meritocracia y la igualdad de oportunidades, nos ha permitido llegar a ser lo que somos? Contamos a nuestras hijas e hijos que pueden ser lo que quieran en la vida, convencidos de que es cierto. Nos gusta pensar que ha sido nuestra aptitud personal y profesional la que nos ha hecho valedores de ese trabajito de clase media cuya importancia social tendemos tan frecuentemente a sobrevalorar.

Como no podía ser de otra forma, esta concepción del mérito y del éxito social es promocionada intensamente por quienes se encuentran en la cúspide del sistema. Es uno de esos círculos virtuosos que están tan de moda: quienes están arriba, controlando la mayor parte de los altavoces que padecemos, se encargan de asentar el discurso que justifica sus propios privilegios como frutos del trabajo duro y del talento. Tanto tienes, tanto vales. Y sin embargo…

Las numerosas investigaciones empíricas sobre el logro social que conocemos echan por tierra la idea de una sociedad meritocrática. Desde que en los años 70 Christopher Jencks probara que la posición de estatus y el logro ocupacional de un estadounidense venían marcados por sus orígenes familiares, muchos trabajos de investigación en todo el mundo han corroborado la fuerte correlación entre estas dos variables. En román paladino: su posición en la pirámide social con 40 años está más relacionada con la de sus padres que con ninguna otra cuestión. Pesa el logro personal, claro, pero lo hace en igual o mayor medida la adscripción, la herencia.

Ni siquiera el logro educativo introduce diferencias significativas en el sistema en lo que a garantizar una auténtica igualdad de oportunidades se refiere. La propia asistencia a la universidad, por ejemplo, resulta estar estrechamente vinculada a la clase social. No solo por una cuestión meramente económica, sino también por factores ligados a las distintas aspiraciones educativas que se proyectan desde el seno familiar según la clase a la que se pertenezca. Son clarificadores estudios como el de Sewell y Shah, que también en el marco de la sociedad estadounidense demostraron que entre los alumnos de altas capacidades intelectuales iban a la universidad el 90% de los que eran de clase alta y solo el 40% de los que eran de clase baja. Entre el alumnado de bajas capacidades la diferencia era también esclarecedora: el 60% de los alumnos de clase alta con un C. I. bajo iba a la universidad, pero solo el 10% de los de clase baja hacía lo propio. Son datos que conviene tener en la cabeza por si alguna vez el cuerpo nos pide espetarle a alguien un castizo “¡pues haber estudiado!”.

A menudo el sistema no selecciona a los mejores ni a los más capaces. Pero selecciona. Aunque el acceso a los distintos niveles educativos se ha ido abriendo notablemente en nuestras sociedades, han seguido existiendo sesgos que garantizan la reproducción del orden social. El origen de clase de un niño marca su destino desde la más tierna infancia, empezando por los diferentes modelos de crianza de las familias ricas y las pobres (si tienen oportunidad, échenle un vistazo al libro Unequal Childhoods, de Annette Laureau).  En el sistema educativo se valora la cultura de las clases altas y se desprecian los saberes populares, al tiempo que se exige un lenguaje muy alejado del de las clases más humildes. El niño pobre llega a una escuela donde se habla de cosas nuevas en un lenguaje extraño. El niño rico llega a una escuela hecha a su medida. Si surge algún problema, el niño rico tiene los medios para adaptarse (clases particulares, cambio de centro escolar…). El niño pobre, no. Segunda recomendación: si hay tiempo, denle una ojeada a las ideas sobre el tema de Bourdieu, Passeron, Bowles, Gintis, Baudelot y Establet. Si hay menos tiempo, déjenlo en las de Bourdieu.  Si no hay nada de tiempo, pueden quedarse con la idea de que el éxito y el prestigio llegan por encaje en la cultura dominante, que es capaz de imponerse como única en el sistema educativo y que controla la estructura económica y la social.

Si está usted pensando que esto, en su España, no pasa, me permito remitirle a lo que hace unos días nos recordaba la OCDE a propósito del escaso éxito del sistema educativo español en la corrección de los sesgos por clase social. En cualquier caso, aceptemos la mayor y asumamos la discutible máxima que apunta que en España el hijo del obrero ya puede estudiar: es fácil que no le sirva de mucho, al menos en lo que hace a su futuro socioprofesional. Los movimientos tendentes a facilitar el acceso a la educación a todas las clases sociales han venido acompañados de reacciones por parte de las clases dominantes para mantener sus privilegios en el mercado laboral. Si el hijo del obrero ya puede obtener el título de Derecho, pongámosle otros requisitos que le sea más complicado cumplir: que aprenda idiomas (difícilmente sus padres lo podrán mandar un añito a estudiar a EEUU), que estudie más años antes de poder acceder a determinado puesto, que tenga un máster, o mejor dospreferiblemente avalados por centros elitistas con tarifas prohibitivas-, etc. Muchos títulos académicos se justifican más por su función de cierre social que por habilitar profesionalmente: son una estrategia de poder de los de arriba. Así se entiende que las investigaciones empíricas no logren establecer una relación sólida entre la universalización del acceso a la educación en una sociedad y la reducción de los niveles de desigualdad en dicha sociedad.

Si son de familia bien pero sus niños no son capaces de aprovechar las ventajas que ello reporta a nivel educativo, no sufran. Aunque el éxito académico y los currículums bonitos guardan una relación importante con el origen social, sus vínculos con la futura posición laboral y socioeconómica son algo inciertos. Parece que al final ni las matrículas de honor ni la acumulación de títulos más o menos aparentes influyen tanto en la posición sociolaboral de llegada. La motivación y el logro educativo tienen un peso importante, claro, pero curiosamente influye aún más el punto de partida puro y duro: el entorno social, las redes interpersonales…  En España, familia y amistades resultan claves a todos los niveles, tal y como vimos en el Salvados dedicado al Colegio de El Pilar, leímos en el Españopoly de Eva Belmote y nos ha recordado El País hace un par de semanasTú sácate algún título, que luego ya te buscaremos algo.

Obviamente la clase no es el único factor que influye en los logros educativo y ocupacional. Lo hacen también, en enorme medida, cuestiones como la raza –por lo demás muy vinculada a la desigualdad de clase- o el sexo. Por último, claro, influye la suerte. El azar siempre tiene algo que decir, lo que sucede es que tendemos a darle más importancia de la que tiene. Buena parte de lo que atribuimos a la suerte es perfectamente explicable estudiando los rasgos de nuestro sistema socioeconómico. Como declaraban magistralmente los alumnos de la Escuela de Barbiana en Carta a una maestra:   “Llegados aquí hay quien la toma con el destino. Es tan consolador leer la historia en clave de fatalidad… Leerla en clave política es más inquietante.

***Fotografía“Solo exam”, de Xavi. https://www.flickr.com/photos/18614695@N00/

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3 comentarios en “MERITOCRACIA, IGUALDAD DE OPORTUNIDADES Y OTROS MITOS FUNDADORES

  1. Genial artículo, muy lúcido. Y la bibliografía recomendada bastante completa. Como bien criticas , las leyes de educación si están convirtiendo en un arma de selección cada vez mas atroz y selectivo. Es algo que si se ve en su transcurso histórico aparece de forma descarada y ominosa. Los procesos de selección, de exclusión con refuerzos, adapataciones, diversificación…funcionan inversamente proporcional a los avances en materia de educación.

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