JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA Y LA DERECHIZACIÓN DE “EL PAÍS”

Publicaba ayer José Ignacio Torreblanca, jefe de opinión del diario EL PAÍS, un artículo lleno de sarcasmo en el que daba buena cuenta de los pobres idiotas que hemos cometido la osadía de señalar, en alguna ocasión, la derechización de su periódico. De los “vigilantes de la derechización” le chirrían al señor Torreblanca dos cosas. En primer lugar, nos dice, le sorprende que esta clase de indignación sea solo cosa de izquierdas. A los partidos conservadores, viene a comentar, nunca les acusan de “izquierdización”, a pesar de que han asumido y defienden la existencia de servicios públicos, el aborto o el divorcio, por ejemplo. A nosotros, “guardianes de las esencias de la izquierda verdadera”, nos chirrían también algunas cosas de este argumento de Torreblanca. De entrada, cabe señalar que es falso: históricamente las concesiones conservadoras en estos y otros ámbitos han venido acompañadas de airadas reacciones ultramontanas y de acusaciones de traición a menudo durísimas.  De salida, sucede que Torreblanca enfrenta falazmente dos realidades difícilmente oponibles: en el seno de regímenes democráticos esa supuesta “izquierdización” de los partidos conservadores ha buscado favorecer los intereses de la clase dirigente del capitalismo garantizando la sumisión al sistema de la mayoría de la población al precio de una serie de concesiones. Por su parte, la “derechización” de la izquierda se ha producido en provecho de los intereses empresariales y menoscabando los de la mayoría social que defiende su ideario. Los dos procesos benefician al mismo sector social y apuntalan el mismo sistema socioeconómico, pero es evidente que esto solo conlleva una contradicción de fondo para quienes se reclaman de izquierdas. Así, aunque sigue siendo pertinente que el señor Torreblanca eche un vistazo, por poner un ejemplo cercano, a las acusaciones de izquierdización que VoX o muchos sectores de la Iglesia católica vierten con frecuencia sobre el PP, no conviene que los equipare con las acusaciones de derechización que pesan sobre el PSOE… o sobre EL PAÍS.

En segundo término, a Torreblanca le chirría muchísimo que quienes hablamos de la derechización de EL PAÍS, o del PSOE, no sepamos ponernos de acuerdo sobre cuándo empezó dicha derechización. Se ve que cuando nos pregunta sobre el tema, los “comisarios del purismo ideológico” le contestamos demasiado a menudo a Torreblanca –de manera perezosa además, parece ser- algo como “Uf, ni me acuerdo de cuándo empezó esta deriva”. Cabría recordarle al reputado politólogo que Marc Bloch ya advertía, en El oficio de historiador,  de lo inadecuada que es esa obsesión por buscarle un punto de inicio a todos los procesos -el “ídolo de los orígenes”, decía Bloch-. Los procesos evolucionan gradualmente, con avances y retrocesos, y no siempre es posible fijar un punto de partida, pero eso no significa que el proceso no exista o que no sea fácilmente identificable.

En todo caso, lo que de verdad me ha enamorado de la reflexión de Torreblanca es ese fragmento en el que apunta entre jocoso e indignado:  “a poco que intentes indagar sobre la cuestión, resulta que EL PAÍS siempre fue de derechas”. Y es que, qué demonios, ¿y si resulta que EL PAÍS siempre fue de derechas? Recordemos que EL PAÍS y PRISA fueron fundados por reformistas del régimen franquista, que se puso al frente del proyecto a un Cebrián que había sido director de informativos de la TVE franquista y que se asumió inicialmente el firme propósito de apoyar a Fraga, primero, y a Areilza, después. Solo cuando esta apuesta fracasó y ascendió la estrella de Suárez en lugar de la de Areilza, se fraguó la alianza estratégica entre EL PAÍS y el PSOE que tan buenos frutos ha dado a ambas partes. Con el tiempo hemos sido testigos de muestras de amor gubernamentales tan bonitas como la concesión de Canal Plus al grupo PRISA, y de contrapartidas no menos románticas como el silencio o el perfil bajo de EL PAÍS con los excesos y corruptelas del felipismo. Al cabo igual resulta, señor Torreblanca, que como apuntaron muy certeramente Seoane y Sueiro, EL PAÍS siempre ha sido “conservador en lo económico, de centro en lo político y radical en lo sociocultural”. Lo que está claro, desde luego, es que en sus páginas no hay espacio para modelos de organización social, política y económica alternativos, y que el diario se ha atrincherado en una defensa nada crítica de la OTAN, la UE y el nacionalismo español. De un tiempo a esta parte, además, han ido desapareciendo las firmas más alejadas del establishment, como la de Carlos Taibo, se ha expulsado a los que se han atrevido a verbalizar la preocupante deriva del periódico –así a Miguel Ángel Aguilar- y hemos asistido a un silencio vergonzoso para con las cuitas fiscales de Cebrián. Recientemente, el despido de Ignacio Escolar de la SER y el mutismo con que lo recibieron los periodistas de PRISA –grandes nombres inclusive- han sido desde luego muy elocuentes. En fin, quizá el lector pueda darle un repaso al accionariado del Grupo PRISA y dejar volar la imaginación para valorar si en esa derechización del periódico habrán tenido algo que ver las enormes deudas que PRISA está teniendo que renegociar con los grandes bancos en los últimos tiempos.

A Torreblanca también le irrita mucho que mencionemos la derechización del PSOE y tampoco sepamos señalarle cuándo comenzó. Pero a lo mejor resulta que con el PSOE postransicional –o con los sectores dominantes del mismo- pasa un poco como con EL PAÍS. Guste o no, en estos 40 años de democracia se las ha venido arreglando para laminar el movimiento vecinal y el sindicalismo más combativos, gobernar en favor de los poderes económicos, privatizar por doquier o mantener los privilegios de la Iglesia católica. Que nadie olvide que la desigualdad, el descenso del gasto social, la escasa progresividad de los impuestos, la nula preocupación por el medio ambiente, los vínculos estrechísimos con el mundo empresarial o la corrupción no son patrimonio ni herencia exclusiva del PP, ni muchísimo menos.

En fin, por el momento -y parece que va para largo- tendremos que seguir sobreviviendo en medio de este estado de connivencia entre el poder político y el mediático, sufriendo la falta de autonomía del periodismo y un acoso cada vez más indisimulado a la libertad de expresión. Seguiremos eso sí disfrutando de la ilusión de pluralidad que nos proporciona desayunarnos con EL PAÍS, escuchar la SER de camino al trabajo, almorzar con el Huffington Post, intentar entender algo de economía hojeando el Cinco Días y tirarnos frente al televisor a ver Cuatro o Telecinco al llegar a casa. Poco importa que detrás de todos estos medios estén los mismos intereses financieros, las mismas manos. Al menos a partir de ahora, cada vez que la pereza y la incultura que nos caracterizan nos impidan responder a la pregunta de cuándo empezó la derechización de EL PAÍS, podremos aportar la fecha en que terminó de asentarse: “el 14 de julio de 2016 el jefe de opinión de EL PAÍS publicó un artículo en EL PAÍS defendiendo la no derechización de EL PAÍS”, diremos sarcásticos. Excusatio non petita