MIRADAS

A veces explotan al volante,

minas persona a la orilla de algún semáforo.

Otras pasan silbando cerca de la sien en un paseo marítimo,

impactan con precisión de francotirador en bibliotecas y librerías

o decretan altos el fuego aprovechando la esperanza urgente de un aeropuerto.

 

Los vagones de metro son ideales para romperse las pupilas,

las pestañas se disecan en ciertas paradas de autobús

-depende de la hora y del calor-,

los trenes son trincheras,

seguridad tensa de asientos numerados y finales de trayecto,

y tienen oficina de ojos perdidos todas las estaciones:

fosas comunes de globos oculares.

 

Los cristalinos miden labios en las colas de los supermercados,

las escaleras mecánicas hacen tiritar los lacrimales,

en los patios interiores asesinan poemas los párpados, las ojeras,

y es de dominio público que el iris se abrillanta en las cafeterías

a la hora del desayuno.

 

Los museos tensan el nervio óptico,

las miradas en los parques bajan el humor vítreo hasta las piernas,

la mayor tasa de trasplantes de córnea se produce en las aceras

y el mar es aficionado a clavar pieles en la retina.

 

Los puntos ciegos son inherentes a los bares,

la esclerótica predomina en baños y cuartos trasteros,

los ligamentos sufren en las peluquerías

-donde en consecuencia es fácil dejarse los ojos olvidados-

y la pequeña luna del iris brilla especialmente en los ascensores.

 

Por todas partes hay ejércitos de ojos,

barracones, búnkeres de ojos,

mercaderes de ojos traficando

con cuerpos huérfanos de tiempo y de paciencia.

ALGÚN DÍA

Algún día tendremos que dejar de sentirnos

culpables por todo,

de probarnos futuros en otros ojos,

de desvestirnos la vida en otros cuerpos

y olvidarnos el alma colgada en el vestíbulo.

Algún día tendremos que dejar de equivocarnos

-nosotros,

que pasamos por el tiempo inflando globos

para verlos volar anárquicos

en un éxtasis de segundo y medio-,

besaremos despacio,

follaremos el tercer sábado del mes,

prepararemos los domingos la comida

para toda la semana.

Algún día nos enamoraremos de unos zapatos,

andaremos por el mundo de puntillas

por miedo a que la vida nos salpique el bajo de los pantalones,

nos peinaremos a raya,

dejaremos de colarnos en los museos

y torceremos el gesto al amanecer

viendo a los jóvenes salir de las discotecas.

Nos daremos siempre la crema solar en la piscina,

empezaremos a afeitarnos a diario,

haremos un sitio a las camisas planchadas,

a los cereales integrales,

  a los best-sellers,

        a los cinturones.

Algún día caminaremos deprisa

por los sitios de siempre,

miraremos de frente al suelo y a los problemas,

nos preocuparemos por los precios,

por el euríbor,

por el tiempo de cocción

y las horas de sueño,

por las instrucciones de lavado,

la revisión oficial del automóvil,

las calorías.

Abriremos las cartas del banco, algún día.

Algún día diremos cosas como

“ya lo entenderás cuando seas mayor”

o “qué sabrás tú de la vida”

mientras hacemos aspavientos con los brazos

como estrellas de cine mudo.

      Viviremos en blanco y negro

y recordaremos en color y en secreto

camas,

pieles,

suelos

por donde andábamos descalzos.