COHERENCIA

    Por aquí otra noche artificial, pegajosa. Larga. Otra noche delante de una pantalla tratando de explicar cosas que no entiendo. Otra noche a tiros con los pronombres. Explicarme. Explicarte. Siempre pasa lo mismo. Los nervios, el corazón bombeando cada vez más deprisa, la sangre que fluye y se hace río. Las palabras se espesan y no hay quien las cuele.

    Me pides que sea coherente. “Si me quieres, quédate”. “Si me escribes, ven a verme”. “Si me echas de menos, vuelve”. “Si deseas algo, ve a buscarlo”. “Si te vas, olvídate de mí”. Me pides que sea coherente. Me dices que soy viejo para andar pintando ojos en los márgenes de los cuadernos. Que soy joven para perder la esperanza. Que estoy en edad de sentar la cabeza. “Lo tomas o lo dejas”, me dices. “Lo hecho, hecho está”. Y luego “hay que mirar para adelante”.  Me pides que sea coherente. Pero yo solo soy un corazón muerto de sueño.

    Quieres preguntarme cosas. Vas a clavarme las pupilas esperando respuestas. Voy a encogerme de hombros. “Ya estaba así cuando llegué”. Los yogures ya estaban caducados. La cama ya estaba deshecha. El mundo ya estaba roto. “Ya estaba así cuando llegué”. Cuando entré por la puerta, lo nuestro ya era de otros.

    Tal vez si pudiera desandar el tiempo. Desdormirlo. Desllorarlo. Desquererte. Llegar hasta el primer Tampoco. Quizá un “tampoco se está tan mal”. O un “tampoco es para tanto”. O puede que un “tampoco pido demasiado”.  Descorrer el tiempo hasta el primer Todavía. “Todavía sé”. “Todavía tengo”. “Todavía podemos”. Desvivirme hasta la infancia. Tatuarme: “Mata las certezas tirándoles del pelo”; “No defenestres monstruos si no están bien embalados”; “Jamás eches de comer seguridades a una fantasía”; “Dale dos vueltas a la llave cuando salgas”.

 

 

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ERDOGAN YA ERA UN CABRÓN DE ANTES

Turquía antes del golpe de Estado o Notas para entender la Turquía del AKP

 

La Turquía moderna se ha construido sobre un conflicto permanente. Entre sociedad tradicional y modernización a la occidental, entre Islam y laicidad, entre la voluntad de romper con el pasado imperial otomano y el deseo de convertirse en potencia regional. Las últimas décadas de la historia del país han venido marcadas por el intervencionismo del Ejército en política, la pertenencia a la OTAN, la voluntad de ingresar en la UE y un crecimiento económico errático y desigual.

En 2002, la victoria electoral de los islamistas moderados del AKP de Tayyip Erdoğan parecía ofrecer una posible solución, un proyecto de síntesis entre las dos almas de Turquía, de superación de las contradicciones. Pero bajo la fachada programática de una democracia islámica, garantista, respetuosa con las minorías y no sujeta a la influencia del ejército, no tardó en perfilarse un régimen represor y autocrático. La presión sobre las minorías religiosas y étnicas -muy especialmente sobre la kurda-, las detenciones arbitrarias de periodistas, activistas e intelectuales no afines al AKP y la conculcación de derechos y libertades se convirtieron en moneda corriente desde bien pronto. Desde mucho antes de que el fallido golpe de Estado de julio de 2016 fuese utilizado por el presidente para poner en marcha las gigantescas purgas de las que se han hecho eco los medios en las últimas semanas.

 

EL CONTEXTO HISTÓRICO-POLÍTICO*

(*Téngase en cuenta, además de lo señalado en este texto, que en Turquía en verano hace mucho calor, tal y como nos hizo notar recientemente Alfonso Rojo en TVE)

Con 80 millones de habitantes y una superficie similar a la de España e Italia juntas, a Turquía le cabe bien esa palabra, ahora tan de moda, de “encrucijada”. Tanto por estar a caballo entre dos continentes -justo en medio de tres zonas tan conflictivas como Oriente Medio, el Cáucaso y los Balcanes-, como porque en ella se solapan la herencia histórica helénica, la bizantino-cristiana y la islámico-otomana.

La derrota de las potencias centrales en la Primera Guerra Mundial supuso el colapso del Imperio Otomano. Mientras los aliados se repartían los restos del Imperio, Mustafa Kemal, héroe militar de la Gran Guerra,  puso en marcha un nuevo estado-nación en la península de Anatolia. Desplazó del poder al último sultán otomano y consolidó las fronteras de la nueva Turquía librando una guerra contra un incipiente estado armenio y contra Grecia, apoyada por Francia, Italia y Reino Unido -la llamada “guerra de liberación” o “guerra de independencia turca”-. En octubre de 1923 se proclamaba oficialmente la República de Turquía, nacionalista y laica  –se construyó, puntualicemos, contra las pretensiones políticas del Islam, no contra el Islam en sí-, en lo que era un experimento político poco menos que inédito dentro del ámbito musulmán.

El éxito en esa guerra de independencia turca servirá de sustrato al nuevo Estado y legitimará el autoritarismo de Kemal –que ha pasado a la historia como “Atatürk”, “padre de los turcos”- y de su sucesor Inönü, entregados a desmontar el régimen otomano y a sentar las bases de una nación moderna, homogénea cultural y lingüísticamente -en contraposición con la plurinacionalidad del Imperio Otomano- y con la mirada puesta en el modelo de desarrollo occidental.  Aunque inicialmente se implantó un régimen de partido único, tras la Segunda Guerra Mundial, en la que Turquía se mantuvo neutral, hubo una tímida apertura y comenzaron a celebrarse elecciones multipartidistas –con muchas restricciones, eso sí-. En 1950, la derrota del Partido Popular de la República que encabezaba Inönü posibilitó por primera vez la alternancia en el poder, aunque no tardaría en hacerse evidente que las riendas de Turquía las llevaba en realidad el Ejército, auténtico guardián de las esencias del kemalismo. Este, descontento con las políticas del nuevo partido en el poder, el Partido Demócrata, dio un golpe de Estado en 1960 que terminó con el primer ministro Adnan Menderes ahorcado.

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Estatua de Atatürk en Çanakkale, Turquía.

Este multipartidismo vigilado por el Ejército seguiría haciéndose valer durante las décadas siguientes. Cada vez que los militares consideraban que se estaba poniendo en riesgo el laicismo republicano, cuando juzgaban excesiva la movilización de la izquierda o de los sindicatos, si preveían una fragmentación política mayor de lo deseable o sencillamente si creían desafortunadas las políticas económicas gubernamentales, intervenían con mayor o menor contundencia para corregir el rumbo del país. Así, volvería a haber golpes exitosos –tentativas hubo bastantes más- en 1971 y en 1980, colocando este último al frente del país al general de extrema derecha Kenan Evren, que se mantuvo en el poder hasta 1989.

En los 90, la vuelta al multipartidismo electoral trajo consigo cierta inestabilidad política, con alianzas y coaliciones gubernamentales muy cambiantes. En 1995, por vez primera en la historia de Turquía,  ganó las elecciones un partido islamista: el moderado Partido del Bienestar que encabezaba Necmettin Erbakan. La situación no se prolongó mucho, y de nuevo las presiones de los militares y de otros poderes republicanos laicistas forzaron la salida de Erbakan en 1997, ilegalizándose además su partido en una suerte de golpe de Estado suave. Precisamente a ese Partido del Bienestar pertenecía el joven y carismático alcalde de Estambul, Tayyip Erdoğan, que también se vio obligado a abandonar su cargo.

LA TURQUÍA DEL AKP: DE LA VOLUNTAD DEMOCRATIZADORA A LA REPRESIÓN COTIDIANA

La pretensión del ejército y de los sectores kemalistas de mantener al Islam político alejado del poder volvió a quebrarse en noviembre de 2002, cuando ganó las elecciones turcas el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) fundado un año antes por Tayyip Erdoğan. Para entender su holgada victoria es necesario hacer referencia al alto grado de corrupción de los partidos laicos tradicionales, tanto de izquierdas como de derechas, y a la nefasta política de redistribución que venía desarrollándose en Turquía desde los 70. De hecho, las elecciones de 2002 borraron del parlamento a los tres partidos que formaban la coalición de gobierno -el DSP, socialdemócrata, el conservador ANAP y el ultraderechista MHP-, y solo el AKP y el también socialdemócrata Partido Republicano del Pueblo (CHP) lograron superar el umbral del 10% del voto exigido para formar parte de la cámara.

Erdoğan no pudo concurrir personalmente a los comicios. Lo inhabilitaba el haber estado encarcelado a finales de los 90 por incitar al odio religioso –sencillamente, por leer en público unos versos de Gökalp supuestamente manipulados-. Aquel incidente, una caza de brujas en toda regla, no deja de ser curioso en tanto que Gökalp fue uno de los cerebros grises del kemalismo, y avanza una costumbre luego recurrente en Erdoğan: la de citar a kemalistas, frecuentemente de forma descontextualizada, para tratar de revestir su proyecto de legitimidad republicana. Fuera como fuese, lo relevante es que el AKP logró cambiar la ley y Erdoğan pudo asumir el cargo de primer ministro a principios de 2003.

Inicialmente la visión política del AKP parecía más abierta con las minorías (kurdos, libios, cristianos, etc.), más tolerante con la homosexualidad y más comprometida con los derechos de las mujeres que la defendida por el partido islamista de Erbakan a finales de los 90. De hecho, el apoyo de algunas de estas minorías, especialmente de la kurda, fue clave para la victoria del AKP en 2002, pues la ley turca no permitía que hubiera partidos kurdos con representación parlamentaria y muchos kurdos se acercaron a la formación de Erdoğan. Su proyecto de reislamización moderada, sustentada en una interpretación caritativa y moralizante del Islam, planteaba el mantenimiento de las instituciones republicanas en el marco de una democracia musulmana pro-occidental integrada en la UE. Se trataba así de un islamismo pragmático, que mantenía la idea de modernización propia de la revolución kemalista.

Durante la primera etapa de gobierno del AKP las declaraciones de intenciones programáticas parecieron cumplirse. No solo se produjeron avances en materia de libertad de expresión o de integración de las minorías, sino que además se pusieron en marcha políticas de redistribución de la riqueza que hicieron al partido muy popular entre las clases media y baja. También desde los primeros compases de su mandato, Erdoğan buscará reforzar el poder civil sobre el militar, restándole influencia y presencia en la vida pública al Ejército para tratar de evitar nuevas intentonas golpistas. Sin embargo, conforme vaya pasando el tiempo se hará cada vez más evidente que bajo esa pátina de democratización hay un instrumento político dirigido a quitarse de encima a la oposición. Así, por ejemplo, la acusación de pertenencia a una supuesta red golpista (la Red Ergenekon) empezará desde bien pronto a ser utilizada por el AKP para procesar y encarcelar no solo a militares, sino también a sindicalistas, periodistas y académicos laicos cuya vinculación con el golpismo resulta cuando menos dudosa.

A mediados de 2007 Erdoğan logra colocar en la presidencia de la República a otro hombre fuerte del AKP, el hasta entonces ministro de Asuntos Exteriores Abdullah Gül, a pesar de las amenazas de las Fuerzas Armadas (en vísperas de la elección de Gül el Ejército colgó en la red un texto amenazando con intervenir “decisivamente en defensa del laicismo”, una suerte de ciber-pronunciamiento). Se trataba de un paso clave para el proyecto del AKP, que hasta ese momento había tenido que convivir con un presidente kemalista, Necdet Sezer, elegido en el año 2000 –antes de que el AKP existiese siquiera- y contrario a las políticas de Erdoğan. Las elecciones parlamentarias de ese mismo año volvieron a dar una holgada victoria al AKP, con la novedad de que entraron en el Parlamento representantes de un partido kurdo, el DTP (Partido de la Sociedad Democrática), que había logrado constituirse un par de años antes y cosechó unos resultados notables.

Después de que en 2007 el AKP consolidase su poder, la deriva autocrática y bonapartista de Erdoğan y su apuesta por la represión y el recorte de libertades empezaron a hacerse más que evidentes. El Estado inició una dura ola represora sustentada sobre la utilización interesada de la lucha contra el golpismo de los militares, de una parte, y de la mal llamada lucha antiterrorista contra el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), de otra. En el punto de mira, el activismo político y sindical y las actividades intelectuales. Kemalistas, kurdos y pro-kurdos fueron los más perseguidos, pero también se actuó con dureza, por ejemplo, contra los sectores académicos que defienden la reinterpretación de la historia turca y el reconocimiento del genocidio armenio. Este último, acaecido hace 100 años en el Imperio Otomano, es un punto extremadamente conflictivo para Turquía y su negación se considera un asunto de Estado. La explicación radica, por una parte, en que muchas figuras clave del kemalismo participaron en el genocidio y la nueva Turquía de Kemal (el padre de la patria, no lo olvidemos) sacó buena tajada del reparto de las riquezas expropiadas a los armenios. Por otro lado, se trata de eludir un posible pago de reparaciones. Así las cosas, Turquía utiliza su diplomacia para evitar que el genocidio sea reconocido por otros países soberanos -cuando pasa, es fuente de graves conflictos- y trata al mismo tiempo de impedir que se investigue sobre el tema. Por citar solo un ejemplo, relativamente conocido, de los límites que puede alcanzar este asunto, recordaré que la lucha por la memoria histórica de los armenios le costó la vida en 2007 al periodista Hrant Dink. Cuatro años después, Nedim Şener sería encarcelado tras publicar un libro que revelaba la implicación de la policía en la muerte de Dink.

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La Turquía de Erdoğan, ¿un modelo para las primaveras árabes? Portada de la revista Time, 28.11.2015.

El uso de la ley antiterrorista para reprimir a los activistas e intelectuales kurdos y pro-kurdos merece mención aparte. Solo entre 2009 y 2011, 4000 personas fueron encarceladas bajo la acusación de ser responsables políticos y/o intelectuales de actividades terroristas ligados al PKK a través de una rama civil del mismo (el KCK). La mayoría de las detenciones se produjeron sin pruebas sólidas de por medio, utilizando los resquicios de una ley que permite acusar de terrorismo a alguien simplemente por participar en una manifestación no autorizada. En la práctica, muchos de los detenidos estaban vinculados al partido legal kurdo BDP -el antiguo DTP, que cambió de nombre-, cuyos éxitos electorales venían alejando al AKP de la mayoría absoluta. Al margen de esto, es necesario referirse a las barrabasadas que se cometen en la lucha contra el PKK y al recurso frecuente a prácticas que pueden calificarse sin matices como terrorismo de Estado -tema este que daría para otro artículo-.

Por otra parte, entre 2008 y 2010 las operaciones contra los supuestos golpistas de la llamada Red Ergenekon afectaron a militares, periodistas, intelectuales y líderes sindicales molestos para el AKP. Así las cosas, y por poner un ejemplo concreto e ilustrativo, al terminar 2011 más de cien periodistas, sobre todo de izquierdas y kurdos, estaban en la cárcel acusados de colaborar con el golpismo o con el terrorismo. Las corrientes académicas que defendían una Turquía plurinacional también fueron perseguidas y atenazadas, y ese mismo 2011 fueron encarcelados personajes tan relevantes como Bürsa Ersanli, que se atrevió a desenmascarar la construcción oficial de la historia en Turquía, o los editores Ragip y Deniz Zarakolu, con una larga trayectoria de activistas pro Derechos Humanos y cuyo mayor pecado había sido dar salida a obras donde se replanteaban el conflicto kurdo y el genocidio armenio. Añadamos aquí que el periplo que esperaba y espera a quienes entran en las cárceles turcas no es precisamente fácil, hasta el punto de que la situación de prisión preventiva llega a prolongarse, en muchos casos, hasta 2 años.

Al estallar las primaveras árabes a finales de 2010, Erdoğan, que antes había estado siempre del lado de los poderes fácticos (Gadafi, Al Assad, Mubarak, etc.), supo aprovechar la coyuntura para colocar el modelo turco como el faro que había de guiar a los nuevos movimientos en la conciliación de islamismo y democracia. Pese a la deriva cada vez más problemática de las Primaveras Árabes, Occidente compró el producto y se entregó de forma bastante unánime a la alabanza del modelo turco como vía de confluencia entre economía de mercado, sistema multipartidista e Islam.  La mayor parte de los analistas prefirieron pasar de puntillas sobre el hecho de que, de puertas adentro y coincidiendo también con el estancamiento de las negociaciones para la incorporación de Turquía en la UE, la represión se recrudecía. El pulso de Erdoğan con el generalato kemalista, con muchos medios de comunicación, con parte de la academia y con la judicatura era ya entonces tan evidente como el recorte de buena parte de las libertades asociadas a una república laica. Además, y pese a la nueva victoria electoral del AKP en las generales de 2011, se estaba produciendo una quiebra en el grupo de poder que había acompañado al Primer Ministro desde 2001: el presidente Abdullah Gül y el clérigo afincado en EEUU Fethullah Gülen empezaban a alejarse de forma evidente de Erdoğan.  La ruptura entre el Primer Ministro y Gülen, cuyo grupo de presión islámico moderado cuenta con millones de seguidores en Turquía, se consumaría en 2013,  disparándose las especulaciones sobre posibles contactos entre el mundo republicano-kemalista y el gülenismo.

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Manifestantes haciendo noche en la Plaza Taksim de Estambul, 2013.

A mediados de 2013 estalló el descontento social con el recorte de libertades (desde restricciones en la venta de alcohol hasta el control policial de los campus universitarios), la corrupción endémica, el autoritarismo y la megalomanía de Erdoğan. Las protestas se extendieron desde la plaza Taksim de Estambul a miles de ciudades turcas, y fueron reprimidas con dureza por las fuerzas de seguridad del Estado. Al final, miles de detenidos, miles de heridos y 11 muertos.  Al año siguiente, 2014, Erdoğan ganaba las primeras elecciones presidenciales por voto directo de la historia de Turquía después de una campaña en la que utilizó los medios y el aparato del Estado en su propio beneficio. Lograba así mantenerse en el poder sorteando el límite de mandatos que le afectaba como Primer Ministro. Desde entonces el cargo de presidente de la República, antes bastante ceremonial,  no ha parado de ganar peso político.

En junio de 2015 las elecciones parlamentarias se saldaron con una nueva victoria del AKP, pero bastante más estrecha  de lo esperado.  Volvió a haber múltiples acusaciones de fraude –ya había pasado en las locales del año anterior- y altas dosis de violencia –una bomba durante un mitin del partido kurdo HDP, que ha absorbido al BDP, causó varios muertos y centenares de heridos-. No pudo formarse gobierno  y hubo que repetir las elecciones en noviembre. Un ataque terrorista masivo en Ankara, en el mes de octubre, y el fracaso interesado de las conversaciones de paz con el PKK –con la consiguiente vuelta a las hostilidades – justo antes de los nuevos comicios, contribuyeron a cerrar filas en torno al AKP, que logró arañar votos tanto al partido nacionalista MHP como al kurdo HDP, ganando con holgura. Desde entonces la represión en el Kurdistán turco ha alcanzado cotas cada vez más desproporcionadas, multiplicándose las ejecuciones extrajudicales, la detención de representantes políticos y de activistas –en 2015, 6744 detenidos vinculados al HDP, a pesar de que es un partido legal con amplia representación parlamentaria- y los ataques indiscriminados contra la población civil. Todo ello, huelga –y duele- señalarlo, ante la pasividad de la comunidad internacional.

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Diyarbakir, 9.6.2015. Unos días antes, una bomba en medio de un mitin del partido kurdo HDP había dejado 4 muertos y 300 heridos.

ENTONCES, ¿QUÉ DEMOCRACIA?

Cuando el pasado 15 de julio se produjo en Turquía una intentona fallida de golpe de Estado, muchos periodistas occidentales echaron mano de forma recurrente del argumento de la “democracia amenazada”.  En muchos medios españoles se repitió hasta la saciedad que el fracaso del golpe era un espaldarazo para la democracia turca, Rajoy trasladó a Turquía su apoyo al orden constitucional y democrático del país,  la OSCE elogió los esfuerzos de Turquía por salvaguardar su democracia, etc. Mientras, otros muchos nos preguntábamos perplejos a qué democracia se refería aquella gente.

En Turquía, la legitimidad constitucional y democrática es solo el barniz que recubre un régimen autoritario, centralista y represor. La censura es moneda corriente, de suerte que en el informe anual sobre libertad de prensa en el mundo de Reporteros Sin Fronteras, Turquía aparece desde hace más de un lustro entre los 30 países peor parados de los 180 analizados –el empeoramiento de la situación desde 2008 es más que evidente-. Los derechos de los trabajadores son ampliamente vulnerados (la actividad sindical y el derecho de huelga, sin ir más lejos, están en la práctica muy limitados), la libertad de cátedra no existe, la corrupción sigue institucionalizada y el gobierno presiona a quienes no le son afines tanto en el sector público como en el privado –mediante impuestos especiales, inspecciones, regulaciones ad hoc, etc.-. La discriminación de las mujeres es flagrante –es uno de los países del mundo con mayor brecha de género en el ámbito económico y político- y las personas LGBT son invisibilizadas, acosadas y con frecuencia agredidas, en ocasiones por la propia policía de Erdoğan. Las minorías se encuentran sumamente desprotegidas. Es el caso de los alevíes (musulmanes chiíes vinculados históricamente a la izquierda turca) o de los diferentes grupos cristianos, que no tienen un estatus legal específico y sufren acoso frecuente, pero sobre todo de los kurdos. A pesar de que el AKP acometió algunas reformas para reconocer derechos a los kurdos, hoy el Estado obstaculiza y reprime la expresión política del pueblo kurdo al tiempo que dirige una guerra sucia contra el PKK en la que no duda en echar mano de ataques indiscriminados y brutales contra la población civil. Esta estrategia se complementa con una política militar cada vez más agresiva en relación con la guerra en Siria, destinada a evitar la formación de cualquier entidad kurda independiente. En este punto es evidente desde hace bastante, dicho sea de paso, el doble juego que Erdoğan mantiene con el Daesh.

En los últimos dos meses, tras el golpe de estado de julio, más de 100.000 personas (militares, profesores, jueces, funcionarios…) han sido arrestadas o despedidas de sus trabajos por supuestos vínculos con Fethullah Gülen, señalado por Erdoğan como cerebro gris del golpe. Más de un centenar de periodistas han sido encarcelados, otros tantos medios cerrados, y todo ello en medio de un estado de emergencia que permite detener a la gente durante 30 días sin necesidad siquiera de presentar cargos. Erdoğan ha utilizado el golpe para ir afianzando su proyecto de república autoritaria y presidencialista –lleva años, en realidad, buscando los apoyos necesarios para reformar la Constitución en esa dirección- y las dimensiones de la purga no dejan dudas sobre el carácter del Estado que preside. Quizá no se insista mucho en ello porque, con el Próximo Oriente sumido en un sangriento proceso de reconfiguración, a Occidente le interesa una Turquía estable y aliada, pero Erdoğan es un cabrón. Y no es de ahora. Es de antes.

FOTOGRAFÍAS:

*Fotografía 1: Ataturk in Çanakkale , Paul Quelch, https://www.flickr.com/photos/pabloqtoo/

**Fotografía 2: Silent Protest at Taksim Square, Jan Bölsche, https://www.flickr.com/photos/regular/

***Fotografía 3: Diyarbakir, 09.06.2015, Roberto Brancolini, https://www.flickr.com/photos/53756831@N02/