EXISTIR

Existir es un ruido de fondo

sobre el que me suspendo

atrapado

a la orilla del tiempo.

 

Desde la quietud me veo pasar,

como un árbol que contempla

la fotografía de un río desde la ribera.

 

Con el deshielo primaveral,

o con las peores nevadas del invierno,

el río se despierta nervioso

y me acaricia el agua

la base del tronco.

 

Me lame suave,

como la amenaza de saberse al menos

la mitad de algo,

y después escurre la verdad por las raíces

hasta la nada de la que chupo lo cotidiano.

 

Otras veces el agua trae a la orilla

desperdicios de otras vidas,

excedentes de producción,

jaulas oxidadas o palabras nuevas con las que entretenerse.

Las sequías veraniegas fabrican islas

y sobresalen del agua muebles y otros restos de mudanza.

 

Ni el agua me pudre

ni el tiempo me apaga:

sobrevivo brillante y seco,

razonablemente muerto

como todos los engaños.

 

Existo con la rigidez entrecortada

de un herido de muerte

o con la persistencia fláccida

de un cadáver aún caliente,

y entre el decorado de estarse yendo

se atreve a bailar mi conciencia algunas veces.

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