JAVIER CÁRDENAS, UN CUÑADO EN HORA PUNTA

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Son las diez de la noche de otro lunes interminable. Faltan cinco minutos para que se estrene Hora Punta, el espacio con el que la televisión pública ha decidido premiar a Javier Cárdenas vaya usted a saber por qué. Haciendo caso omiso de las recomendaciones de mi psicoanalista y dando rienda suelta a mis delirios autolesivos, me siento frente al televisor con todos los juicios sobre el personaje a la espalda:  Cárdenas, ese señor que se dio a conocer esparciendo su capacitismo por el plató de Crónicas Marcianas (ha sido condenado por burlarse de un discapacitado), el que nos ha contado hasta dónde es decente que lleven el escote las universitarias y ha sido capaz de afirmar en directo y sin empacho alguno que Hitler no era un dictador…  No sé si el cuerpo me pide unas palomitas o una camisa de fuerza. Miro de reojo el mando de la tele –botón de apagado, mute, números que ofrecen prestos otros canales… Todo en orden-. Abro Twitter por si fuera necesario desdramatizar. Allá vamos.

Javier Cárdenas saluda, haciendo gala de sus habituales problemas de dicción. Las palabras parecen pisarse unas a otras por ver cuál sale primero de la garganta del presentador. Me parece entender que Hora Punta pretende ser un lugar especial y relajante. Sin embargo, después de unos minutos de programa parece que el lado Cárdenas de las cosas es poco más que un pastiche de vídeos yuxtapuestos comentados por la voz en off del propio Cárdenas de forma –seré bueno- cuando menos mejorable. Ahora un vídeo sobre una mujer que nada con tiburones -las imágenes eran chulas-, luego una broma con cámara oculta de la televisión francesa -¿era de la televisión francesa, no?-, después unos cuantos famosos a los que se les ha ido de las manos lo de la cirugía estética –parece que Cárdenas mantiene un cierto apego por lo freak-. De vez en cuando algún consejo rápido del presentador -“no comáis nunca aleta de tiburón”-, emitido por supuesto con la debida superficialidad -¿alguien ha oído alguna referencia a la problemática de la sobrepesca y a su alcance real?-. Por desgracia la superficialidad es más norma que excepción en el tratamiento televisivo de cualquier tema, así que en este particular no parece justo poner el foco sobre Cárdenas. Al fin y al cabo su espacio va de otra cosa. Al menos esta primera parte del programa nos ha regalado un momento maravilloso cuando Cárdenas, comentando las imágenes de una submarinista que nadaba al lado de un tiburón blanco, ha apuntado: “Aquí vemos al mayor depredador del planeta y al lado un tiburón blanco”. Lo ha dicho por error, claro, pero siempre es una grata sorpresa escuchar una verdad como un templo en TVE.

A estas alturas del show ya tengo claro que Hora Punta no va a cambiar la imagen que tengo de Javier Cárdenas. En realidad, creo que nadie pone carne al concepto “cuñado” como él. Es el cuñado fetén, cumple todas las condiciones para ser el demagogo de cabecera de cualquier opinador de barra de bar. No responde a ese perfil, tantas veces ridiculizado en redes sociales, de tipo culto que ha caído en el cuñadismo por la vía del endiosamiento. No es una de esas vacas sagradas que, impermeables al otro, se han metido a sentar cátedra sobre cualquier tema imaginable hasta dejar al aire sus vergüenzas morales e intelectuales. No; Cárdenas no es un Pérez-Reverte. Ni siquiera un Carlos Herrera. Cárdenas recuerda más bien al cura párroco que sermonea sobre el sexo o el matrimonio desde su púlpito. Es un indocumentado al que le han dejado un micrófono.

El último tercio del programa se lo quedan Vero y Álex, ex concursantes de Operación Triunfo que vienen a promocionar el reencuentro de los triunfitos que emitirá TVE en unos días (Operación Triunfo y Hora Punta son programas de la misma productora, Gestmusic, así que todo queda en casa). Los entrevistados apenas hablan, aunque nos dejan algún momento gracioso entre las alabanzas facilonas y sensibleras del presentador. Si pienso en lo que acabo de ver, me viene a la mente -¡oh, caprichosas conexiones neuronales!- aquella barbacoa que intentaba montar sin demasiado éxito Homer Simpson. Parece que en la producción fordista del show business alguien le haya traspapelado a Cárdenas el orden de las piezas.

Tras media hora larga de programa, la pregunta que más me ronda por la cabeza es quién ha sido el genio que ha puesto ahí a este señor. Quizá alguien ha estimado que Cárdenas compendiaba en su persona las virtudes que RTVE ha dejado escapar últimamente: el machismo de Bertín Osborne, o la ignorancia de Mariló Montero. Pero al menos a Bertín, con sus offshore panameñas y su facha de macho alfa iletrado, se le puede reconocer cierta capacidad para crear un clima de complicidad en las entrevistas. Cárdenas, en cambio, ni siquiera sabe hablar bien. No transmite, no es gracioso, no destaca por su brillantez y mucho menos por su cultura. La impostura con la que trata de hacer significativo lo superfluo resulta demasiado obvia. ¿Qué demonios hace en nuestra televisión pública? ¿Es su contratación una suerte de respuesta a quienes pedimos su cese en Europa FM después de que se dedicara a acosar a una tuitera abusando de su posición mediática? Quién sabe. Quizá solo sea el modelo televisivo del PP reafirmándose en su partidismo indisimulado, sus valores discriminatorios y su soberbia. O puede que se trate sin más de algún tipo de casualidad.

En fin. Parece que la parrilla televisiva patria ya tiene otro programa acrítico e insustancial. Otro show para consumo irreflexivo. Otros cuarenta minutos de vacío con lucecitas y risas enlatadas. ¿Es lo que necesitaba nuestra pequeña pantalla? Qué sé yo. Júzguenlo ustedes mismos.

Yo mientras voy a ir cambiando de canal.

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