SOBRE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y PABLO IGLESIAS SUBIÉNDOSE AL POYO

En un artículo publicado en 1896 en el periódico La Justicia, Miguel de Unamuno recogía la siguiente parábola:

“En un pueblecillo de 200 personas hay un ladrón y lo saben los 199 restantes. Se lo dicen al oído o en corrillos, los unos a los otros, y no por ello retiran al ladrón su trato, su respeto acaso. Pero sucede que un día, estando reunido el pueblo todo en la plaza, se sube uno a un poyo y anuncia que tal es un ladrón: se cuaja el hielo y ha recibido el acusado golpe de gracia.

Y es que la conciencia pública es algo más que una suma o mera mezcla de conciencias individuales, es una combinación química de ellas.”

A veces no basta con que todos sepamos o intuyamos algo. La acción, y la toma de conciencia que la precede, necesita que todos sepamos que todos lo sabemos. Ayer Pablo Iglesias apuntaba en el Parlamento: “Yo les recomiendo a sus señorías del Partido Popular que cuando se pronuncie en este hemiciclo la palabra delincuentes, ustedes se callen”. En la bancada azul Dolores de Cospedal murmuraba un “sinvergüenza”. Habrase visto. Venir a nuestra casa a decirnos las verdades a la cara. La derecha sigue sin acostumbrarse a la presencia de Podemos en el Congreso: le molestan las formas de calle, que hablen como si estuvieran en el salón de su casa, que suban al estrado en mangas de camisa y se atrevan a llamar a las cosas por su nombre en el templo más sagrado del culto a las apariencias.

No es que Podemos sea santo de mi devoción. Respeto mucho a quienes creen en su proyecto, especialmente a sus bases, pero no es lo mío. El modelo de partido jerárquico y con liderazgos estables, la temprana traición a unos planteamientos supuestamente asamblearios, el digodieguismo y los principios sacrificados en el altar del “realismo” y la “sensatez”… no contribuyen precisamente a que cambie de opinión. Tampoco soy de los que creen que se pueden promover cambios de fondo desde unas instituciones diseñadas por el liberalismo para perpetuarse. Pero sucede que en Podemos, a veces, tienen razón. A veces se atreven, todavía, a enfrentarse al discurso de lo políticamente correcto canonizado por el establishment mediático. A subirse al poyo, como aquel tipo de la fábula de Unamuno, y apuntar al ladrón.

Ayer Pablo Iglesias también se atrevió a señalar a los grandes medios de comunicación, aunque estuvo creo mucho menos acertado al afirmar que hacen el ridículo con sus manipulaciones. Desgraciadamente las manipulaciones mediáticas –y los silencios, a veces tanto o más significativos que aquellas- calan hondo en gran parte de la población y es necesario denunciarlas de la forma más seria y sistemática posible. A mi parecer, si ayer uno de los peligros de los medios estribaba en su finalidad económica, que les llevaba a darle al pueblo lo que quería leer -fomentando así sus prejuicios en lugar de cuestionarlos-, hoy se le ha dado una peligrosa vuelta de tuerca a esa situación. Ahora, manejados y dirigidos por grandes multinacionales con intereses mucho más complejos que la mera obtención de unos buenos datos de audiencia o de un gran número de lectores, la función de los grandes medios ya no es tanto darle al público lo que quiere como decirle lo que debe querer. Hoy muchos de esos medios parecen fabricados a molde y la dignidad informativa sobrevive como excepción en los márgenes del sistema. Aunque cabe saludar el lenguaje claro y el cuestionamiento de los relatos de lo políticamente correcto, sigue siendo urgente que se promuevan más espacios de diálogo libre, comprometidos con informar y no con dar forma, con el análisis profundo y serio de la realidad y no con la superficialidad, el curioseo, el sensacionalismo, la sobredosis de sucesos y los lugares comunes.

No sé cuánto tiempo le durará a Pablo Iglesias esta actitud, ni ignoro que una vez metidos en el juego de la partitocracia ésta tendrá mucho de mercadotecnia. Muy posiblemente el líder y su partido acabarán acomodándose cada vez más –todavía más- a las formas de la vieja política, y es probable que dentro de unos años, cuando entrevisten a Iglesias para algún documental, eche las maneras directas y retadoras de estos días en el saco de los pecadillos de juventud en el que ha ido metiendo ya algunas otras actitudes de su pasado. Pero mientras tanto, y aunque la cosa se quede en un pequeño instante de regocijo en el sofá y luego uno vuelva a caer en la cuenta de lo mucho que les separa a ellos de nosotros, me voy a alegrar por la introducción de este tono callejero en el Parlamento. Porque, como diría Krahe, no todo va a ser follar.

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