CUARTANGO, INDA Y LA ENFERMEDAD DE SUÁREZ. UNA OPINIÓN A VUELAPLUMA.

Adolfo Suárez hizo su última aparición pública en 2003, con ocasión de la candidatura de su hijo a la presidencia de Castilla-La Mancha por el Partido Popular. En aquel momento su enfermedad –posiblemente un mal de alzhéimer- ya era evidente, aunque su familia no la hiciera pública hasta 2005. Es difícil precisar cuándo empezó la degeneración neuronal del ex presidente del Gobierno, si bien en ocasiones se ha apuntado que sus más allegados habían empezado a notar algunos síntomas en la segunda mitad de la década de 1990.

En esa fecha poco clara de inicio de la enfermedad es en la que se excusan el actual director de El Mundo, Pedro García Cuartango, y el periodista Eduardo Inda para tratar de desacreditar unas declaraciones de Suárez en 1995 que parecen cualquier cosa menos producto de una demencia. Cabe recordar que después de esa fecha Suárez todavía daría un buen número de conferencias, entrevistas y discursos bastante lúcidos, sin ir más lejos al recoger el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia en 1996. Que sepamos, ni a Cuartango ni a Inda, ni al resto de españolitos de a pie, les resultaban evidentes sus síntomas por aquel entonces.

Lo que apunta Adolfo Suárez en el famoso fragmento de la entrevista con Victoria Prego es perfectamente factible, y encaja bien con los análisis historiográficos sobre el proceso de construcción de una nueva legitimidad para la Monarquía durante la transición –no se olvide que al iniciarse la transición, el Rey contaba únicamente con la legitimidad que le conferían la designación por parte de Franco y la LOE de 1967-. Pero en cualquier caso, y más allá de esto, lo que es evidente es que ni Cuartango ni Inda tienen autoridad ninguna para desmentir a Suárez. Precisamente por eso recurren de forma tan miserable al argumento de su enfermedad. Su opinión, y la memoria personal de la transición a la que apelaba Cuartango en su artículo de ayer  –un Cuartango que tenía 20 años y era redactor en Cáceres cuando se aprobó la Ley para la Reforma Política-, no pintan nada en este asunto. El testimonio oral de Suárez sobre los condicionantes que rodearon a la  elaboración y aprobación de la LRP en 1976 es de la mayor validez, tanto por el papel protagonista que tuvo el entrevistado en aquel proceso como por su carácter de confesión privada. Si quieren desmentirlo tendrán que hacerlo con base en documentación de época suficientemente sólida, y sospecho que lo van a tener difícil.

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LA AGENCIA DE COLOCACIÓN DE MIEDOS

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Ya no se respeta ni el orden de los factores. La abuela dice que antes, por lo menos, te llegaba primero la mierda y luego ya te preocupabas tú de buscar dónde meterla. Eran otros tiempos. Ahora nada más salir del hospital, hale: le plantan a uno un orinal debajo de la axila. Así, como si fuera un termómetro. Un enorme orinal vacío. “Aprieta bien fuerte hijo, no se te vaya a caer”, te dicen. “¿Y esto para qué servirá?”, piensas tú.  Pero luego te acostumbras, porque a todo se acostumbra uno: a la corrupción, a la muerte, a las canciones de Camela, a los orinales vacíos que te plantan debajo del brazo en los hospitales nada más nacer como si fueran termómetros.

Al principio no te das cuenta de lo del miedo. Es una de esas cosas que andan por ahí, pero a ti no te interesan ni lo más mínimo. Como cuando mirabas por la ventanilla del coche en los viajes largos y tu padre trataba de explicarte por qué aquellas hierbas amarillentas eran trigo y no cebada ni centeno. Y tú solo pensabas: “Cuando lleguemos a la playa voy a coger un cangrejo y lo voy a llamar Skeletor”. Qué sé yo. El miedo también es un cultivo amarillento, aunque eso nadie te lo explica. Lo siembran por todas partes pero no se sabe muy bien cómo. Algunos dicen que ponen semillas dentro de las personas, y que luego el miedo crece y crece hasta que al final en vez de una persona con una semilla de miedo tienes un miedo con una cara de persona. Te los cruzas todo el rato. En los ascensores, en las escaleras mecánicas, en la calle, en los bares. A veces te miran y te sonríen, para disimular. Por eso es tan difícil distinguirlos, por culpa de esa manía democrática de la biología de meter treinta y dos dientes en cada boca. Menudos bodrios te cuelan con una buena sonrisa. Ni siquiera yo, que llevo analizando miedos desde los trece años, soy capaz de diferenciarlos si sonríen. Solo se les reconoce bien cuando les da por decir algo. Entonces sí. Empiezan a escupir canguelo y te lo ponen todo de un perdido que luego no se va el sucio ni aunque lo friegues con lejía. Se lo dije a mi prima Desi la otra tarde, que salió un miedo con cara de muñeco de los chinos en una tertulia de la tele: “Mira ese. Un miedo clásico. A ver quién es el guapo que limpia eso luego”, le dije. Ella asintió: “Seguro que lo limpia una guapa. Los guapos nunca limpian nada”. Está muy feminista, mi prima Desi.

Hay quien dice que es al revés, que no le echan el miedo a la gente, sino la gente al miedo. Así como suena. Que le echan una persona dentro al miedo y la persona va y se disuelve como una pastillita efervescente o un azucarillo. Esos miedos ya no tienen cara de gente ni sonrisa ni voz de gente ni nada, y los pueden embotellar, o envolverlos para regalo, o ponértelos en un tupper para llevar. Un día lo mismo te despistas, pegas un sorbo en vaso ajeno, y en un periquete es agarrársete un miedo al pecho como un catarro de los malos. Como llevan gente disuelta dentro, empatizas que no veas. Porque los miedos no existen hasta que te los coges tú, pero luego parece que hayan sido tuyos de toda la vida. Qué complicidad, qué sincronía, qué forma de complementarse con uno. No es como cuando heredas el jersey de tu hermano mayor y te sobran tres tallas, qué va. Es cogerte un miedo y oye, que te queda como guante. Tener un miedo hecho a medida es cómodo porque ya no tienes que preocuparte por nada. Un miedo es como tu madre cuando tenías 12 años: ya se encarga él de hablar por ti, de tomar las decisiones importantes, de decirte cómo tienes que vestir y con qué gente puedes salir, y de castigarte si te desmadras. Es un vínculo muy bonito.

Entonces, hay miedos disueltos en la gente y gente disuelta en los miedos, y miedos que hablan a través de la gente y gente que habla a través de sus miedos. O algo así. Tampoco me hagáis mucho caso. Si es que es un lío, y a mí lo que de verdad me ha preocupado de siempre es quién se encarga de diseñar los miedos, de cultivarlos, de embotellarlos o de echártelos en la sopa. A ver, que ya sé que no todos los miedos son iguales. Algunos están ahí desde que el mundo es mundo y simplemente te tropiezas con ellos, te caes de morros y te partes la jeta contra la acera. Son miedos de serie. Esos no los fabrica nadie, aunque siempre ha habido listos ganándose la vida a base de cambiarlos de sitio. Tener el monopolio para colocar los miedos de serie donde le dé a uno la gana es un negocio bastante apañado. De repente una mañana lo mismo estás dando un paseo por el Retiro, o haciendo la compra en la frutería de la esquina, y te plantan un miedo ahí en medio que no hay quien pase. Y tú claro, entre la indignación y la sorpresa: “¿cómo esto ahora? si no tocaba”. Pero al final te toca pasar por el aro y hale, a negociar. Que si “¿piensan ustedes mover el miedo un poco o nos vamos a pasar aquí la mañana discutiendo?”, que si “a mí no me amenace”, que si “no sabe usted con quién está hablando”… El caso es que como uno no es muy de discutir, y por lo de que no llegue la sangre al río, y porque tienes mil cosas que hacer esa mañana que vaya cómo está la vida de estreses, acabas firmando una hipoteca para pagar el miedo a plazos. No falla.

Luego están los miedos de diseño. Esos te los cuelan a cosa hecha, con premeditación, nocturnidad, alevosía y todas esas cosas que salen en las series policiacas americanas. Te los dibujan, te los siembran y de repente ¡zas!, te los encasquetan. Todos los países tienen su agencia de diseño, cultivo, recolección y venta al por mayor de miedos, encabezada por gente muy seria, muy bien peinada y mejor vestida, con másteres en universidades extranjeras que solo puedes pronunciar bien si tienes la boca llena. Los colocadores profesionales de miedos dicen cosas que parecen de tu idioma pero que en realidad no lo son, como “activos ocultos”, “ajuste de gastos”, “devaluación competitiva de los salarios”, “uso proporcionado de la fuerza” o “liberalización del mercado laboral”. Son los encargados de cultivar el miedo y, cuando menos te lo esperas, te lo bautizan, te lo visten, te lo maquillan para salir de fiesta y te lo esconden en el cestillo del pan o te lo plantan en la puerta de tu casa. Llaman al timbre y salen corriendo, los muy cabrones. Tú abres por educación y entonces ya estás perdido.

Eso fue lo que me pasó a mí. Abrí la puerta y ahí, patas arriba, me encontré con un miedo monísimo que me miraba como si no hubiera roto nunca un plato. Sujetaba un cartelito en Times New Roman que ponía: “Tener miedo es sensato. El miedo te ayuda a estar alerta.  Abraza a tu miedo”. ¡Ay, mira, con lo que soy yo para los abrazos! El caso es que te abandonan ahí al miedo y, sin comerlo ni beberlo, de repente es responsabilidad tuya. Porque claro, en la calle no lo vas a dejar, con el frío que hace. Que no somos animales. La parte buena es que los miedos te los suelen mandar con un librito de familia muy bien editado, de tapa dura y todo, repletito de estadísticas. Así por lo menos se siente uno más seguro, sabiendo que le ha tocado un miedo con estudios. Hoy en día casi todos los miedos tienen su estadística. Un miedo sin porcentajes es un miedo pobre, anticuado. Un miedo asustaviejas. Las abuelas se peinan con laca Nelly y los miedos se peinan con números, eso es así. La tasa de paro, el índice de temporalidad en el empleo, la esperanza de vida media,  las probabilidades de éxito, el capital riesgo… Hasta los miedos más tradicionales se están adaptando a los nuevos tiempos. A mi vecina Puri, por ejemplo, le llegó el otro día un miedo rubito que venía con un análisis multivariable muy sesudo de un señor de los States, de una universidad de esas pomposas, en el que decía que un ser humano cualquiera tiene un 0,0001% de posibilidades de encontrar una pareja sentimental perfecta a lo largo de su vida. Menudo drama tienen montado en la familia desde que le llego a la Puri el miedo rubito. El marido, Ernesto, anda obsesionado con que la Puri le mira raro, y está en que algo tendrá que ver con que el 35% de los hombres y el 26% de las mujeres le hayan sido infieles a su pareja alguna vez. Y la Puri que no, que no se haga líos. Y los dos con la mosca detrás de la oreja porque el amor dura tres años y ellos llevan juntos lo menos nueve. Un drama lo de la Puri y el Ernesto, de verdad. Un dramón.

En fin. El caso es que a mí el miedo que me dejaron a la puerta de casa se me tiro al cuello a la que vio un poco de hueco. Y oye, al principio bien, porque yo soy muy de abrazos, pero últimamente ando con una tortícolis horrorosa. Desde que ha llegado a casa ya no puedo hacer casi nada. No he vuelto a tocar la guitarra, ni a acostarme a las tantas, ni a beberme una copa de vino de más, ni a comer hidratos de carbono los días de diario, ni a ponerme a bailar en el parque en el camino de vuelta del trabajo. Me tiene controladísimo, y teniéndolo ahí colgado del cuello como un koala todo el día como que no me suelto. Menuda presión. Una vez que me fui cuatro días a Peñíscola intenté quitármelo de encima, sobre todo porque no quería que se me quedasen las marcas del miedo en el moreno. Me puse serio como un árbol, pero nada, que no hubo manera. Y oye, al final me he acabado acostumbrando. Le he cogido cariño, qué queréis que os diga. Lo mismo si me empeño mucho en quitármelo luego se me queda ahí un vacío y es peor. Que más vale miedo conocido… Además, la verdad es que a mí me ha tocado un miedo muy autosuficiente. No me tengo que preocupar de darle de comer ni nada, ya venía enseñadito de fábrica. Y por fin he descubierto para qué sirve el orinal vacío que nos plantan debajo del brazo en el hospital nada más nacer como si fuera un termómetro. ¡Que no es para nosotros, que es para los miedos! Los de la agencia de diseño y venta de miedos otra cosa no, pero la verdad es que previsores son un rato. El caso es que mi miedo hace sus necesidades en el orinal y luego, cuando le parece bien, se las come. Y vuelta a empezar. Eso es lo único que puedo deciros con seguridad: que algunos miedos se alimentan de su propia mierda.

*Imagen: “Golconda”, René Magritte.