EL FORDISMO DE LA DESINFORMACIÓN

alfredo-garzon-cartoon-movement

Decía Julio Camba, hace ya casi un siglo, que el principio rector de la industria americana era estandarizar a los hombres para poder estandarizar las mercancías. Lo malo de la lógica industrial es que puede aplicársele a cualquier cosa. Hasta al asesinato de masas y la limpieza étnica, como hicieron los nazis, o al secuestro, como hicieron algunos chechenos a finales de los años noventa. Hoy no queda casi nada que no pueda considerarse mercancía y ser objeto en consecuencia de una explotación industrial. El proceso de estandarización se ha ido extendiendo como un cáncer, con voluntad totalitaria, hasta el último rincón de nuestras casas y de nuestras vidas. Se han estandarizado los cuerpos, los sentimientos, las ideas, las relaciones, el arte y hasta el humor. Exhibimos trozitos de vida hechos a molde en las redes sociales, adoramos a personas prefabricadas por las industrias audiovisuales y, lo que es acaso más peligroso –o simplemente más de lo mismo-, reproducimos los esquemas de pensamiento simplistas que nos trasladan la mayor parte de los medios de comunicación.

Y así andamos, metidos en una suerte de fordismo de la estupidez. La receta universal, el patrón que articula la producción en serie de noticias, es lo políticamente correcto. Atenerse a lo políticamente correcto implica moverse dentro de un terreno de juego de límites prefijados y plagado de lugares comunes, apelando siempre a sentimientos universales y a un buenismo más o menos acrítico. Es limitante pero tiene sus ventajas: para empezar uno se asegura de no molestar a nadie, o cuando menos de no molestar a nadie con poder, lo cual puede traducirse sin ir más lejos en el mantenimiento de tu puesto de trabajo. La información de consumo rápido no invita a pensar y, en no pocos casos, ni siquiera informa, pero tiene sin embargo la virtud de entretener, aunque más en su acepción de “distraer” que en la de “divertir”.

El mercado de la información ha conseguido que equivoquemos abundancia y diversidad. Sucede un poco como con el mercado –o el mercadillo- de la política: la existencia de muchos partidos no implica la existencia de muchos modelos políticos, pero tendemos a maximizar las diferencias reales entre los partidos precisamente porque no se deja hueco para auténticas alternativas que se sitúen fuera del sistema socioeconómico imperante. Me arriesgaré a plantearlo con una metáfora. Imaginemos que estamos frente a una fila de diez personas ordenadas en función de su altura; de más baja a más alta. Es noche cerrada y disponemos de un foco fijo que solo ilumina a las dos personas que se encuentran en el centro de la fila, por lo que inmediatamente consideraremos a uno de ellos el “alto” y al otro el “bajo”. Tendremos, necesariamente, una percepción agigantada de la diferencias entre ambos. Una percepción sesgada. Sin embargo, si nos prestasen varios focos más que nos permitieran ver la fila en su conjunto, dejaríamos de percibir a los dos individuos anteriores con base en su diferencia de altura y subrayaríamos más bien su similitud, dada su posición correlativa y central dentro en la fila.

Algo así pasa en nuestra política y algo así pasa, también, con la información que recibimos diariamente y en cantidades ingentes –hay quien habla de infoxicación– a través de medios de comunicación que consideramos muy diferentes pero que, en muchos casos, están iluminados por el mismo foco y nos presentan noticias moldeadas con la misma horma.

Mantener el foco inamovible exige, claro está, ciudadanos complacidos y complacientes con esa horma. Así que, retomando la cita de Camba, para poder estandarizar las mercancías informativas es necesario estandarizar a los receptores de la información, a nosotros, lo que mutatis mutandis viene a ser lo mismo que idiotizarnos. Para explicar cómo se produce este fenómeno, la politóloga Elisabeth Noelle-Neumann formuló la “teoría de la espiral del silencio”: los medios de comunicación de masas producen opinión pública y las personas, percibiendo que una determinada opinión está más extendida en el espacio público, tienden a reproducirla y a silenciar (y condenar) aquellas opiniones que no coinciden con las que creen dominantes. Los medios más ligados al sistema tienen, como es obvio, muchas más facilidades para crear estados de opinión que se perciban como dominantes, haciendo que los discursos que provienen de los márgenes del sistema sean invisibilizados y denostados.

Y en esas estamos. En la producción en serie de mentiras de sabores, simplificadas y fáciles de digerir. De información light, cortada a la medida de consumidores que construyen y reafirman su individualidad hacia afuera y apenas le prestan atención a sanearse por dentro, que buscan la diferencia a través de imágenes de marca y productos personalizados pero no tienen mayor problema en portar ideas sobadas y baratas, que en enero no se apuntarán a ninguna biblioteca para quitarse esos prejuicios de más, porque los prejuicios no salen en las fotos. Que lo cuestionan todo menos a sí mismos.

Pero en fin, qué importa ahora todo eso. Sonriamos. Seamos felices. Porque es época de disfrutar de lo bonito de la vida y de aparcar los problemas. Porque ya es Posverdad en El Corte Inglés.

*La viñeta que abre el artículo es obra del caricaturista colombiano Alfredo Garzón.

FERNANDO TRUEBA Y LO DE SENTIRSE ESPAÑOL

Coronel Dax: No soy un toro, mi general. No me ponga delante la bandera de Francia para que embista

General Mireau: No me gusta que compare la bandera de Francia con un capote de torero (…) Quizá esté anticuada la idea de patriotismo, pero donde hay un patriota hay un hombre honrado

Coronel Dax: No todos opinan así. El doctor Johnson decía algo muy distinto sobre el patriotismo (…) Dijo que era el último refugio de los canallas

    Senderos de gloria (Stanley Kubrick, 1957)

 

Esto es solo una opinión personal. No podría ser de otra forma, porque si algo tienen las identidades es precisamente eso, que son construcciones personales, por más que algunos se empeñen en reducirlas a cuatro consignas y un par de símbolos. La identidad es el resultado de una intersección compleja, de una suerte de reacción química entre nuestra experiencia, nuestras lecturas, nuestras relaciones, nuestra forma de entroncar con el pasado y de mirar al futuro, etc. Factores todos que se entremezclan, se retroalimentan y definen un Yo que está –o debería estar, si mantenemos una mínima permeabilidad- en constante evolución.

Estos días ha tenido mucha presencia mediática el boicot a la última película de Fernando Trueba. A mí, vaya por delante, la película de Trueba me interesa poco o nada, pero que se emprendan cacerías contra alguien por manifestar que no se siente español me parece bochornoso. La “españolidad” que defienden algunos proviene, como cualquier sentimiento patriótico, de la invención de tradiciones y de una mirada selectiva de la historia. No creo que esto sea criticable per se, porque en la práctica toda construcción identitaria tiene mucho de ambas cuestiones, pero lo que sí es muy criticable es la pretensión constante de imponernos una visión unívoca del espíritu nacional. El discurso público del Estado intenta meterse con calzador en el ámbito privado. Y miren, por ahí no.

“En el momento en que considera su pasado, el grupo siente claramente que ha seguido siendo el mismo y toma conciencia de su identidad a través del tiempo”, decía Maurice Halbwachs. Pero cada cual es muy suyo, como mínimo, de elegir cuál es su grupo. Los himnos, las banderas, las fiestas de guardar, los monarcas y las victorias militares pretéritas que algunos pretenden hacernos tragar como pruebas irrefutables de una identidad natural e incuestionable, no son más que referentes construidos. Es al menos tan lícito que Aznar se mire orgulloso en el espejo del Cid Campeador como que otros opten por reivindicar el ejemplo de un jornalero andaluz cenetista de principios de siglo, que luchaba por una sociedad más justa desde presupuestos con toda evidencia muy alejados de patrias y estados nacionales.

Es sorprendente la escasa tolerancia que hay en una sociedad que se dice democrática al cuestionamiento del frasco de las esencias de la Nación o del propio Estado. Desde algunos sectores se pretende extender una suerte de monopolio identitario que solo sabe gestionar los debates remitiendo a cuestiones de ámbito legal –“la Constitución dice”, “en tu DNI pone”- o recurriendo directamente a la descalificación.  Porque, se habrán fijado quienes utilicen con alguna frecuencia las redes sociales, la sustitución del argumento por el insulto es uno de los patrimonios de cierto tipo de patrioterismo. Las banderas surgieron, entre otras cosas, para orientar a la soldadesca en la batalla, y como apuntaba Dax en Senderos de Gloria hoy se emplean frecuentemente como capotes que algunos embisten movidos por un odio ciego.

A Trueba lo acusan de cobrar subvenciones del Estado y decir luego que no se siente español. Como si las arcas del Estado no se nutrieran del trabajo de gentes que se sienten de veinte millones de formas distintas, que se sienten exactamente como les da la gana. ¿Hasta qué grado de paroxismo llegaremos? Quizá un día de estos veamos a un torero afearle a un anciano anarquista que cobre su pensión: “Mucho criticar a España, pero bien que arrampla usted mensualmente con los frutos de pasarse media vida pagando impuestos”. Cualquier cosa es posible cuando no se saben –o no se quieren- diferenciar los componentes emocionales y personales de la identidad, de la realidad jurídica y legislativa en la que uno desarrolla su existencia. Una realidad, por cierto, que no pocos de los que aparecen permanentemente envueltos en una bandera rojigualda se pasan luego por el forro. “Hay que aprender no para saber más que el otro, sino para saber más del otro”, decía hace unos meses Eduardo Aute en una entrevista. Sea.