FERNANDO TRUEBA Y LO DE SENTIRSE ESPAÑOL

Coronel Dax: No soy un toro, mi general. No me ponga delante la bandera de Francia para que embista

General Mireau: No me gusta que compare la bandera de Francia con un capote de torero (…) Quizá esté anticuada la idea de patriotismo, pero donde hay un patriota hay un hombre honrado

Coronel Dax: No todos opinan así. El doctor Johnson decía algo muy distinto sobre el patriotismo (…) Dijo que era el último refugio de los canallas

    Senderos de gloria (Stanley Kubrick, 1957)

 

Esto es solo una opinión personal. No podría ser de otra forma, porque si algo tienen las identidades es precisamente eso, que son construcciones personales, por más que algunos se empeñen en reducirlas a cuatro consignas y un par de símbolos. La identidad es el resultado de una intersección compleja, de una suerte de reacción química entre nuestra experiencia, nuestras lecturas, nuestras relaciones, nuestra forma de entroncar con el pasado y de mirar al futuro, etc. Factores todos que se entremezclan, se retroalimentan y definen un Yo que está –o debería estar, si mantenemos una mínima permeabilidad- en constante evolución.

Estos días ha tenido mucha presencia mediática el boicot a la última película de Fernando Trueba. A mí, vaya por delante, la película de Trueba me interesa poco o nada, pero que se emprendan cacerías contra alguien por manifestar que no se siente español me parece bochornoso. La “españolidad” que defienden algunos proviene, como cualquier sentimiento patriótico, de la invención de tradiciones y de una mirada selectiva de la historia. No creo que esto sea criticable per se, porque en la práctica toda construcción identitaria tiene mucho de ambas cuestiones, pero lo que sí es muy criticable es la pretensión constante de imponernos una visión unívoca del espíritu nacional. El discurso público del Estado intenta meterse con calzador en el ámbito privado. Y miren, por ahí no.

“En el momento en que considera su pasado, el grupo siente claramente que ha seguido siendo el mismo y toma conciencia de su identidad a través del tiempo”, decía Maurice Halbwachs. Pero cada cual es muy suyo, como mínimo, de elegir cuál es su grupo. Los himnos, las banderas, las fiestas de guardar, los monarcas y las victorias militares pretéritas que algunos pretenden hacernos tragar como pruebas irrefutables de una identidad natural e incuestionable, no son más que referentes construidos. Es al menos tan lícito que Aznar se mire orgulloso en el espejo del Cid Campeador como que otros opten por reivindicar el ejemplo de un jornalero andaluz cenetista de principios de siglo, que luchaba por una sociedad más justa desde presupuestos con toda evidencia muy alejados de patrias y estados nacionales.

Es sorprendente la escasa tolerancia que hay en una sociedad que se dice democrática al cuestionamiento del frasco de las esencias de la Nación o del propio Estado. Desde algunos sectores se pretende extender una suerte de monopolio identitario que solo sabe gestionar los debates remitiendo a cuestiones de ámbito legal –“la Constitución dice”, “en tu DNI pone”- o recurriendo directamente a la descalificación.  Porque, se habrán fijado quienes utilicen con alguna frecuencia las redes sociales, la sustitución del argumento por el insulto es uno de los patrimonios de cierto tipo de patrioterismo. Las banderas surgieron, entre otras cosas, para orientar a la soldadesca en la batalla, y como apuntaba Dax en Senderos de Gloria hoy se emplean frecuentemente como capotes que algunos embisten movidos por un odio ciego.

A Trueba lo acusan de cobrar subvenciones del Estado y decir luego que no se siente español. Como si las arcas del Estado no se nutrieran del trabajo de gentes que se sienten de veinte millones de formas distintas, que se sienten exactamente como les da la gana. ¿Hasta qué grado de paroxismo llegaremos? Quizá un día de estos veamos a un torero afearle a un anciano anarquista que cobre su pensión: “Mucho criticar a España, pero bien que arrampla usted mensualmente con los frutos de pasarse media vida pagando impuestos”. Cualquier cosa es posible cuando no se saben –o no se quieren- diferenciar los componentes emocionales y personales de la identidad, de la realidad jurídica y legislativa en la que uno desarrolla su existencia. Una realidad, por cierto, que no pocos de los que aparecen permanentemente envueltos en una bandera rojigualda se pasan luego por el forro. “Hay que aprender no para saber más que el otro, sino para saber más del otro”, decía hace unos meses Eduardo Aute en una entrevista. Sea.

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