EL FORDISMO DE LA DESINFORMACIÓN

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Decía Julio Camba, hace ya casi un siglo, que el principio rector de la industria americana era estandarizar a los hombres para poder estandarizar las mercancías. Lo malo de la lógica industrial es que puede aplicársele a cualquier cosa. Hasta al asesinato de masas y la limpieza étnica, como hicieron los nazis, o al secuestro, como hicieron algunos chechenos a finales de los años noventa. Hoy no queda casi nada que no pueda considerarse mercancía y ser objeto en consecuencia de una explotación industrial. El proceso de estandarización se ha ido extendiendo como un cáncer, con voluntad totalitaria, hasta el último rincón de nuestras casas y de nuestras vidas. Se han estandarizado los cuerpos, los sentimientos, las ideas, las relaciones, el arte y hasta el humor. Exhibimos trozitos de vida hechos a molde en las redes sociales, adoramos a personas prefabricadas por las industrias audiovisuales y, lo que es acaso más peligroso –o simplemente más de lo mismo-, reproducimos los esquemas de pensamiento simplistas que nos trasladan la mayor parte de los medios de comunicación.

Y así andamos, metidos en una suerte de fordismo de la estupidez. La receta universal, el patrón que articula la producción en serie de noticias, es lo políticamente correcto. Atenerse a lo políticamente correcto implica moverse dentro de un terreno de juego de límites prefijados y plagado de lugares comunes, apelando siempre a sentimientos universales y a un buenismo más o menos acrítico. Es limitante pero tiene sus ventajas: para empezar uno se asegura de no molestar a nadie, o cuando menos de no molestar a nadie con poder, lo cual puede traducirse sin ir más lejos en el mantenimiento de tu puesto de trabajo. La información de consumo rápido no invita a pensar y, en no pocos casos, ni siquiera informa, pero tiene sin embargo la virtud de entretener, aunque más en su acepción de “distraer” que en la de “divertir”.

El mercado de la información ha conseguido que equivoquemos abundancia y diversidad. Sucede un poco como con el mercado –o el mercadillo- de la política: la existencia de muchos partidos no implica la existencia de muchos modelos políticos, pero tendemos a maximizar las diferencias reales entre los partidos precisamente porque no se deja hueco para auténticas alternativas que se sitúen fuera del sistema socioeconómico imperante. Me arriesgaré a plantearlo con una metáfora. Imaginemos que estamos frente a una fila de diez personas ordenadas en función de su altura; de más baja a más alta. Es noche cerrada y disponemos de un foco fijo que solo ilumina a las dos personas que se encuentran en el centro de la fila, por lo que inmediatamente consideraremos a uno de ellos el “alto” y al otro el “bajo”. Tendremos, necesariamente, una percepción agigantada de la diferencias entre ambos. Una percepción sesgada. Sin embargo, si nos prestasen varios focos más que nos permitieran ver la fila en su conjunto, dejaríamos de percibir a los dos individuos anteriores con base en su diferencia de altura y subrayaríamos más bien su similitud, dada su posición correlativa y central dentro en la fila.

Algo así pasa en nuestra política y algo así pasa, también, con la información que recibimos diariamente y en cantidades ingentes –hay quien habla de infoxicación– a través de medios de comunicación que consideramos muy diferentes pero que, en muchos casos, están iluminados por el mismo foco y nos presentan noticias moldeadas con la misma horma.

Mantener el foco inamovible exige, claro está, ciudadanos complacidos y complacientes con esa horma. Así que, retomando la cita de Camba, para poder estandarizar las mercancías informativas es necesario estandarizar a los receptores de la información, a nosotros, lo que mutatis mutandis viene a ser lo mismo que idiotizarnos. Para explicar cómo se produce este fenómeno, la politóloga Elisabeth Noelle-Neumann formuló la “teoría de la espiral del silencio”: los medios de comunicación de masas producen opinión pública y las personas, percibiendo que una determinada opinión está más extendida en el espacio público, tienden a reproducirla y a silenciar (y condenar) aquellas opiniones que no coinciden con las que creen dominantes. Los medios más ligados al sistema tienen, como es obvio, muchas más facilidades para crear estados de opinión que se perciban como dominantes, haciendo que los discursos que provienen de los márgenes del sistema sean invisibilizados y denostados.

Y en esas estamos. En la producción en serie de mentiras de sabores, simplificadas y fáciles de digerir. De información light, cortada a la medida de consumidores que construyen y reafirman su individualidad hacia afuera y apenas le prestan atención a sanearse por dentro, que buscan la diferencia a través de imágenes de marca y productos personalizados pero no tienen mayor problema en portar ideas sobadas y baratas, que en enero no se apuntarán a ninguna biblioteca para quitarse esos prejuicios de más, porque los prejuicios no salen en las fotos. Que lo cuestionan todo menos a sí mismos.

Pero en fin, qué importa ahora todo eso. Sonriamos. Seamos felices. Porque es época de disfrutar de lo bonito de la vida y de aparcar los problemas. Porque ya es Posverdad en El Corte Inglés.

*La viñeta que abre el artículo es obra del caricaturista colombiano Alfredo Garzón.

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