NOT JUST TRUMP: LOS NEOCONS Y LA DEFENSA DE LA UTILIDAD DE LA TORTURA

Voy a escribir esto muy rápido y tirando de memoria, así que me disculpo de antemano por si me baila algún dato. Simplemente quería poner sobre la mesa algunas consideraciones sobre las declaraciones de Donald Trump a favor de la tortura, tan comentadas estos días. Aunque muchos medios tratan de vendernos la postura del ahora presidente de los EEUU como el enésimo exabrupto de un visionario peligroso, lo cierto es que el asunto tiene un calado y unas raíces que exceden en mucho las ocurrencias particulares del señor Trump.

Desde hace años, ciertos sectores del pensamiento neoconservador norteamericano han venido defendiendo la necesidad de repensar, siempre a la baja, algunos de los fundamentos de la democracia. En esta línea, después de los atentados del 11-S, intelectuales y analistas neocons, como el jurista Alan Dershowitz, comenzaron a defender sin el más mínimo recato que era necesario replantearse los Derechos Humanos para incorporar la legitimidad de la tortura bajo ciertas circunstancias. Los padres de esta postura pudieron incluso sacar pecho a raíz del ajusticiamiento extrajudicial de Osama Bin Laden a manos de un comando de Navy SEALS en mayo de 2011, en un complejo residencial de la ciudad paquistaní de Abbottabad. Como se recordará, la CIA aseguró entonces que los datos que hicieron posible liquidar al terrorista habían sido obtenidos mediante tortura durante la presidencia de G. W. Bush. Al margen de la veracidad de esta aseveración, que ha sido muy discutida (1), lo cierto es que pocos tuvieron en cuenta aquel detalle a la hora de valorar la operación. Las palabras más repetidas por los líderes occidentales durante los días subsiguientes a la misma fueron “triunfo”, “alivio”, “seguridad” y “justicia”. Curioso concepto de justicia, cuando menos, toda vez que aquel asesinato –cometido de espaldas a la comunidad internacional- hurtaba a las víctimas de al-Qaeda una posibilidad de acercarse a la Verdad sobre las motivaciones y los vínculos de la organización yihadista.

El planteamiento de base era entonces, y es ahora, el de siempre: aprovechar la exacerbación de determinadas emociones para colar recortes democráticos a cambio de una falsa y difusa seguridad. Como si seguridad y democracia fuesen realidades excluyentes. Por desgracia, no se trata de una infeliz ocurrencia de un megalómano inculto. Las líneas de la política de Trump representan el proyecto de un poderoso sector neoconservador estadounidense.

(1) El Comité de Inteligencia del Senado estadounidense concluyó hace un par de años que las brutales torturas perpetradas por la CIA no habían sido efectivas a la hora de obtener información clave para la seguridad nacional.

No es otra estúpida broma sobre Carrero Blanco

No es ningún secreto que buena parte de la oposición democrática recibió con júbilo el asesinato de Carrero Blanco, acaecido el 20 de diciembre de 1973. Se ha llegado a afirmar que en algunas ciudades el champán se agotó en todas las tiendas. Quizá sea algo exagerado, pero desde luego mucha gente se alegró de aquello. No era para menos, toda vez que Carrero, por entonces presidente del gobierno, había sido el brazo derecho de Franco desde los años cuarenta. Iñaki Anasagasti recuerda el acontecimiento en sus memorias de esta guisa:

ETA, con un eficaz y rocambolesco atentado (…) se cargó de un bombazo al heredero de Franco y lo mandó al techo de la residencia de los jesuitas en la calle Claudio Coello de Madrid. Hizo bueno aquello de <<De Madrid al cielo>>, o en el caso de aquel ogro, al infierno. (…) En las fiestas de los pueblos cantaban aquello de <<Carrero, Carrero, ¿qué haces tú en el alero?>>, mientras echaban al aire sus pañuelos blancos” (1)

En aquella época circularon bastantes bromas sobre el tema: que si España había logrado el récord de salto de altura de coches, que si “Arriba España, Arriba Franco, tan alto como Carrero Blanco”… Proliferaron también las cancioncillas populares. Una de ellas, tomando la melodía de “La bamba”, decía algo así: “Yo no soy marinero… Yo no soy marinero, soy almirante y sé volar y sé volar… Arriba y arriba, arriba y arriba y arriba iré (…) Yo no soy marinero, soy almirante y me llamo Carrero y arriba iré (…)”. Supongo que se capta la idea. Tras el último verso, se acostumbraba a tirar al aire el objeto que se tuviera más a mano acompañando la performance con alguna onomatopeya (¡Eeeeeep!) (2). El humor siempre ha sido una forma de resistencia micro a los regímenes autoritarios. O de supervivencia a los regímenes autoritarios. Quizá ambas cosas. Algo así como el “y sin embargo, se mueve” del ciudadano de a pie.

Luego llegó la transición a la democracia, ya saben. Aquel proceso llamado a elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle era simplemente normal, parafraseando a Suárez. Resultó ser una transición incompleta hacia una democracia devaluada y amnésica, sin depuración de los aparatos represivos del Estado franquista ni del poder judicial, etc. Rápidamente le metimos una mayúscula y empezamos a hablar de la “Transición”, como si fuera algo aislado, desvinculado de sus orígenes y, en cierta medida, también de sus efectos. Objeto de mitificación y de simplificación a partes iguales en el discurso público. Quizá hable de eso un día de estos.

Aquella transición nos llevó a una democracia de baja intensidad donde los valores democráticos sirven, según el caso, de decorado o de maquillaje. Aunque es justo reconocer que algo se avanzó. Los chistes sobre Carrero Blanco, por ejemplo, pasaron de las calles a las librerías y a los kioscos. Tip y Coll pudieron bromear sobre el tema en su librito Tipycollorgía, en 1983, y Paco Umbral no tuvo mayores problemas para comparar a Carrero con un cometa en A la sombra de las muchachas rojas (1981):

 “La televisión ponía todo el rato música arcangélica y daba partes periódicos sobre la trayectoria seguida por el cuerpo del presidente del Gobierno, observado en su periplo de todo un día por los telescopios gigantes de Robledo de Chavela, bases yanquis de Canarias, Observatorio Astronómico de Madrid (…). La gente andaba por la calle mirando para el cielo, como debió andar, efectivamente, cuando el cometa Halley, y ahora el cometa Carrero nos tenía a todos con la tortícolis puesta, en un descabezamiento colectivo como pintado por Magritte. (…) Empezó a reunirse personal en las azoteas, todo el mundo tenía un catalejo de su abuelo, de mirar a distancia el desembarco de Alhucemas, y acababan sacándolo”.

Qué humor tenía Paco. Umbral, claro, no Franco. En fin, ya ven… cuatro décadas después de aquello, mientras algunos hablan de la necesidad de hacer una segunda transición, vemos cómo se deterioran a pasos agigantados buena parte de los derechos adquiridos en la primera. Y resulta que lo que a nivel de calle es sencillamente normal, está perdiendo la categoría política y jurídica de normal. Y a una estudiante de 21 años le piden cárcel por hacer chistes sobre el asesinato de Carrero Blanco. Algo habrá que hacer. Humor, por ejemplo. Aunque el momento exige tener altura de miras. No vaya a ser que lo que subió hace cuarenta años baje ahora y nos aplaste.

(1)   Anasagasti, Iñaki, Jarrones chinos, La Esfera de los Libros, 2014.

(2) Eser, Patrick, “¿Imágenes dialécticas? Representaciones visuales del événement aleatoire “Operación Ogro”, en  Marco Kunz, Rachel Bornet, Salvador Girbés y Michel Schultheiss (eds.), Acontecimientos históricos y su productividad cultural en el mundo hispánico, LIT Ibéricas 7, 2016, pp. 293-320.