LAS IDEAS LIBERTARIAS ANTE LA FRAGMENTACIÓN POSMODERNA. UNA REFLEXIÓN.

El capitalismo tardío nos ha traído la mercantilización de todos los órdenes de la vida, una victoria total de la lógica del mercado. Hemos dejado de ser lo que amamos, o aquello en lo que creemos. Hemos dejado de ser, incluso, aquello que poseemos, como sucedía en la fase precedente del desarrollo capitalista, para convertirnos en aquello que exhibimos tener. Somos lo que compramos y lo que subimos al Facebook.

El fracaso de los proyectos comunistas de corte soviético, la globalización, la intoxicación mediática, la acumulación de golpes de procedencia difusa y la rapidez de los cambios sociales, económicos y tecnológicos, han configurado una cierta lógica cultural que habitualmente denominamos Posmodernismo. Tras la quiebra de las grandes narrativas, de los grandes modelos de pensamiento anclados en una creencia casi mesiánica en el progreso moral y material del ser humano, prevalece la desorientación. Se ha producido la llamada “fragmentación del sujeto”, la entronización de identidades lábiles, inseguras y desdibujadas. Especialmente en la izquierda –entendámosla ahora de un modo amplio y generoso- se ha producido un proceso de sustitución de la ideología por una cierta actitud sarcástica ante la vida, a veces próxima al nihilismo y generalmente muy individualista. Allí donde el individualismo es norma fundacional, en el ámbito de la derecha, los anclajes ideológicos andan más firmes, unidos por una uniformización del pensamiento revestida de sensatez y voceada por la mayor parte de los medios de comunicación. Ciertamente, cada vez aparecen más impugnaciones a las supuestas bondades de un mercado desregulado defendidas por visionarios neoliberales del fin de las ideologías como von Hayek. Pero aun así, el núcleo duro del imaginario conservador se mantiene incólume. Planteado de otra forma: mientras se quiebran las esperanzas en el cambio social y en que otro mundo es posible, los mitos de la estabilidad, la tradición, el libre mercado y la reforma tranquila del conservadurismo liberal se mantienen intactos.

En la izquierda, la fragmentación identitaria y la proliferación de estímulos que dejan cada vez más al descubierto los numerosos ejes de la desigualdad, han afianzado formas de participación política más directas, más cercanas a lo local y a la intervención sobre problemas e injusticias concretas (encajan aquí los llamados nuevos movimientos sociales: feminismo, ecologismo, etc.). Este contexto ha traído, desde posiciones muchas veces ajenas al anarquismo, una revitalización de prácticas típicamente libertarias como la democracia asamblearia o la autogestión. Sin embargo, ello no ha supuesto una revitalización paralela de la implantación social del pensamiento anarquista, tan proscrito hoy como lo ha estado siempre. Y eso que difícilmente puede sostenerse que la narrativa anarquista se haya derrumbado, pues apenas se le ha dado oportunidad de confrontar sus teorías con la realidad. Todos los experimentos de envergadura en este sentido se han puesto en marcha en contextos de inestabilidad, generalmente bélicos, y/o han sido aplastados sin piedad por las maquinarias estatales. Así desde la Comuna de París hasta Rojava, pasando por la Provincia Libre de Shinmin, el Territorio Libre Ucraniano o la Revolución Social Española de 1936. Otro tanto se podría decir de la infinidad de experiencias a menor escala que se han puesto y se siguen poniendo en marcha, casi siempre sometidas a presiones más o menos explícitas por parte de los poderes establecidos.

De hecho, buena parte de las intuiciones del anarquismo se han demostrado acertadas, particularmente aquellas relacionadas con el funcionamiento de los Estados. El marxismo-leninismo, en su convicción de utilizar el Estado como instrumento de transformación de cara a la implantación futura de un comunismo sin Estado, acabó por dejar claro que donde hay Estado no puede haber comunismo. La existencia misma del Estado se fundamenta en la coerción, en el ejercicio de la autoridad y en la canonización de burocracias y jerarquías permanentes. Por todas partes el Estado ha afianzado una lógica de funcionamiento arriba-abajo y centro-periferia. Y ya fuera su objetivo garantizar libertades, ya fuera hacer lo propio con la igualdad, asegurar la seguridad de sus ciudadanos o servir sin más al dominio del hombre por el hombre, esa lógica ha acabado siempre traduciéndose en un volumen más o menos grande de abusos de poder. Parece por tanto razonable plantear la lucha contra esos abusos invirtiendo dicha lógica, esto es, desde abajo. Y parece igualmente apropiado combatir la distancia insalvable que se establece entre la Verdad y cualquier Poder estable e institucionalizado, renunciando a los poderes estables e institucionalizados. Resulta, al menos, más razonable que renunciar a la Verdad, por más que andemos metidos de lleno en esta otra dinámica.

Si la fragmentación identitaria y la focalización en luchas concretas refuerzan las prácticas libertarias, no es menos cierto que a la vez ahondan en la propia fragmentación del movimiento libertario, o cuando menos ayudan a naturalizar esa fragmentación. En este sentido, la lógica del capitalismo tardío supone al mismo tiempo una oportunidad y una amenaza, actuando como una suerte de Caballo de Troya para cualquier proyecto que busque un cambio social sostenido y generalizable. De alguna forma, las ideas libertarias podrían acabar por hacerle el juego al sistema. Este conseguiría no solo fragmentar las luchas frente a la desigualdad, sino además integrarlas en un corpus ideológico que, renunciando a las grandes narrativas y a proyectos unificadores y centrándose únicamente en lo inmediato, acabaría por auto-justificar dicha fragmentación.

Con vistas a revertir esta situación, creo que sería interesante atender a dos necesidades urgentes. De una parte, convendría que la apuesta por el problema concreto y la actuación local fuera acompañada de un intento sólido de recuperar, sin complejos, un relato coherente e integrador basado en la impugnación de la lógica de funcionamiento arriba-abajo en la toma de decisiones. Por otro lado, cabría anudar sensibilidades similares en torno a una organización de carácter federal pero con visibilidad unitaria, inspirada en unas mínimas ideas compartidas (asamblea, autogestión, anticapitalismo, lucha contra las desigualdades y la opresión) y no sectaria. Entiendo que ambas cuestiones debieran correr paralelas.

Las ventajas que se derivarían de la existencia de una organización de esa índole parecen evidentes: permitiría una defensa más eficaz frente a las agresiones a las prácticas libertarias, funcionaría como referente y anclaje identitario, ayudaría a resignificar luchas, tejería solidaridades y facilitaría la propaganda de unas ideas tan presentes hoy en la práctica como condenadas a la marginalidad en el espacio público. Sería clave que un proyecto de este tipo se abordase sin exclusivismos ni pretensiones totalizadoras a la hora de explicar la realidad social. Que consolidase espacios, también, donde se promovieran el pensamiento teórico y el debate ideológico, pero que persiguiera ante todo el estímulo y la extensión de entornos donde se funcione al margen de la lógica del beneficio y desde presupuestos genuinamente democráticos, sin jerarquías permanentes. Una organización que no se encerrase en un ámbito concreto, como el laboral, y que situándose en la sociedad civil no pusiera trabas a la participación a título individual de sus miembros en la política institucional. Se trata de privilegiar las prácticas sin renunciar al discurso, de construir desde el hecho concreto pero evitando que experiencias libertarias bien significativas pasen desapercibidas para la mayor parte de la sociedad. ¿Es esto posible?

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