CONTINGENCIA

Cuando después de no ser me hice

presente de ojos y de manos,

en ese preciso lugar,

en aquel instante precioso para algunos,

invisibles cargas a mi infantil espalda

y un suelo estricto sobre el que aprender a desplazarme.

 

Esperaba el mundo entero en una habitación cuadrada,

entechada de futuros y luces artificiales,

un puñado de caras sonriendo

por emoción o por protocolo laboral,

omnipresente el llanto

y la desnudez arropada por un juego de pupilas.

 

La primera casualidad: haber nacido.

 

Piel recién estrenada y ya siempre baja de defensas,

una cama,

una madre,

y una puerta…

Y una boca.

 

Las cosas claras desde el principio.

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