SIN TÍTULO

Si todas las cosas tuviesen nombre,

si pudiera pasearse entre las pasiones

como por un jardín botánico,

separarlas como quien aísla proteínas en una centrífuga

o quien hace una autopsia;

si todas las cosas tuvieran forma,

tamaño,

lugar,

tiempo…

 

Entonces, quizá, no dolerías tanto.

 

Yo podría recogerte en algún punto,

hacerte sólida,

secarme.

 

Cambiar las sábanas.

Tender la ropa.

 

Si todas las cosas tuviesen nombre y tiempo y forma y tamaño y lugar,

y el eco de ti fuese eco de ti,

y el ayer contigo fuera ayer,

y tu sombra fuese sombra sujeta

al ángulo de incidencia de la luz;

 

entonces quizá podría buscarte un sitio,

hacerte una estatua, incluso,

o ponerle tu nombre a alguna calle.

Prometería visitarte en las tardes lluviosas,

algunas primaveras,

los domingos.

 

Luego podría amueblar la casa,

comprar unas flores para el balcón,

pasear silbando por los parques,

escuchar el fútbol en la radio,

ir al cine o al teatro,

tomar café con los amigos,

leer libros de poesía en la parada del bus,

prepararme la cena a deshoras,

quedarme dormido un lunes y llegar tarde al trabajo,

mirar sin buscarle nombres a las cosas.

LA HUIDA

¿Qué dice de ti el espacio

que liberas cuando huyes?

 

¿Tus huellas en el aire que ensuciaste,

en los sofás y en las camas de hotel,

tus restos en los cuerpos que quisieron,

                                   una vez,

                                   acompañarte?

 

¿Qué cuentan de tus mañanas extintos,

sacrificados al infeliz destino que te impones,

                                     tantas neveras vacías,

                                     las estanterías estresadas,

                                     la caja de fotos viejas del trastero,

                                     los campos de concentración de cintas de cassette?

 

Te agarras familiar a las soledades y a las derrotas.

Abrazas fobias como quien tiene un tigre albino de mascota.

 

Es tu futuro fracaso oscuro objeto de deseo:

Por no caer vives en el barro.

En la suciedad no hay delirios de grandeza

y sabes que a los sueños se los duerme contando años.

 

Intentaste dejar limpia la escena del crimen:

“Yo nunca hice nada”, pensaste.

“A veces ser cobarde es de valientes”,

                                     ¿Te convenciste?

Quedaron detrás cuerpos aún calientes,

labios enterrados en cinta adhesiva,

procesiones de verdades lentas

esperando a que un día gires la cabeza.

 

                                   Huir…

                                   Huir es matar bajito.

 

Has comprado libertad con hipoteca,

has pintado ventanas en los muros,

te has condenado al exilio de ti mismo.

Pagarás necesidades a plazos

por cada grano de arena al que llamaste piedra.

 

Y sin embargo has huido.

Ya no estás allí,

                                  por el momento.

Has vuelto a ninguna parte como querías.

 

YEMEN, LA MASACRE LUCRATIVA. PASADO Y PRESENTE DE UN CONFLICTO SILENCIADO

Apunta una máxima más o menos extendida en el mundillo del análisis de conflictos que en Occidente las guerras nos importan menos cuanto más al sur y más al este acontezcan. No le falta razón, aunque en realidad los motivos que están detrás de la mayor o menor atención que nuestros medios de comunicación prestan a los distintos conflictos internacionales son bastante complejos. A menudo no nos llega información de lo que sucede en otras partes del globo porque se considera que no nos afecta demasiado y, en consecuencia, que no interesa a la población. Otras es precisamente por lo contrario. Hay conflictos que interesan a las clases dirigentes occidentales por los réditos económicos que les reportan o por sus implicaciones geoestratégicas. También hay conflictos cuya instrumentalización resulta rentable en clave de política nacional. El juego de intereses cruzados hace que a menudo sea muy difícil acceder a una información no sesgada sobre lo que ocurre en partes lejanas del planeta cuya idiosincrasia y dinámicas internas entendemos, ya de por sí, bastante regular. Así las cosas, desconocemos casi todo sobre dramas humanos de proporciones enormes, ya sea porque nos sumen en la desinformación, ya porque nos bombardean con propaganda barnizada -unas veces con más habilidad que otras- de objetividad. El caso de Yemen encaja más bien dentro del primer supuesto –aunque algo hay, también, del segundo-.

Situado en la parte suroeste de la Península Arábiga, Yemen es un país de 25 millones de habitantes y una superficie similar a la española que lleva un año sumido en una guerra civil donde son moneda corriente el asesinato de civiles y la violación de los derechos humanos. Detrás de ambas realidades se encuentra con enorme frecuencia Arabia Saudí, aliado tradicional de Occidente y, actualmente, el principal cliente de la industria armamentística española. No es difícil aventurar por qué las noticias sobre lo que sucede en Yemen nos llegan con cuentagotas. Pero vayamos por partes.

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Niños jugando en Sana´a, capital de Yemen del Norte. 1982.

UN POCO DE HISTORIA

La situación de Yemen como punto estratégico para la comunicación comercial entre el Mediterráneo y la India, junto a la fertilidad de sus tierras, dieron importancia a la zona desde la Edad Antigua y permitieron el desarrollo de ricas civilizaciones como la sabea (¿os suena la reina de Saba? pues voilà). Hacia el año 630 d. C. Mahoma logró controlar toda la Península Arábiga y Yemen pasó a formar parte de los sucesivos califatos islámicos, aunque algunas tribus locales consiguieron cierta independencia de facto desde bien temprano. A principios del siglo IX varias zonas costeras pasaron a estar controladas por los zaydíes, una secta chiita que ha tenido una gran influencia en el devenir del territorio y juega también un papel clave en el actual conflicto.

Durante el resto de la Edad Media se alternó la injerencia de poderes exteriores, como el imperio ayubí de Saladino, con el control más o menos amplio de diversas dinastías locales. En el siglo XVI el Imperio Otomano se anexionó el Yemen, aunque su grado de dominio real sobre el territorio sufrirá muchos altibajos y de nuevo se harán valer, durante algunos periodos de tiempo, otros poderes como el de los zaydíes o el de los Saud (actual dinastía reinante en Arabia Saudí). En 1839 el todopoderoso Imperio Británico se haría con el control de la estratégica zona de Adén, puerta de entrada al Mar Rojo y oscuro objeto de deseo de las potencias europeas durante siglos (los portugueses ya la habían controlado brevemente en el s. XVI).

La derrota otomana en la Primera Guerra Mundial posibilitó la independencia de la zona noroccidental del actual Yemen bajo la forma de una monarquía: el Reino de Yemen. El hasta entonces imam de los zaydíes asumió el título de rey de un estado de corte teocrático que tuvo que lidiar con las ambiciones de su vecino saudí. En 1962 los sectores no monárquicos iniciaron una guerra civil que acabó con la instauración de la República Árabe del Yemen (Yemen del Norte) en 1970. La guerra civil de Yemen del Norte fue uno de tantos conflictos de la Guerra Fría, con el bando monárquico apoyado por Arabia Saudí e Inglaterra y los republicanos sostenidos por Egipto y la URSS. En realidad, la guerra fue desastrosa para los egipcios y la implantación de la República tuvo mucho que ver con la retirada del apoyo saudí a los sectores monárquicos.

Por su parte, la zona oriental y suroccidental de Yemen seguiría bajo control británico (en la última etapa, conformando dos protectorados diferentes) hasta finales de los años 60. Finalmente la organización de un movimiento independentista fuerte y el inicio de una dura lucha armada contra las tropas coloniales forzó la salida de los británicos en 1967, proclamándose la República Popular Democrática de Yemen del Sur, un estado socialista de partido único. Yemen del Sur era casi el doble de grande que Yemen del Norte, pero tenía solo un tercio de su población.

Las relaciones entre Yemen del Norte y Yemen del Sur atravesaron varios momentos de tensión y hubo incluso algún enfrentamiento armado puntual, dentro del marco de la Guerra Fría -con el Norte alineado con Arabia Saudí y Occidente y el Sur con el bloque comunista-. A pesar de ello, el objetivo de la unificación estuvo siempre en la mente de las élites dirigentes de ambos estados. Finalmente, tras unas larguísimas negociaciones, los dos países acabaron fundiéndose en uno en 1990, asumiendo la presidencia el hasta entonces líder de Yemen del Norte, Ali Abdullah Saleh, y la vicepresidencia el secretario general del Partido Socialista de Yemen (PSY), Ali Salem al-Beidh.

CUATRO CONFLICTOS SOLAPADOS

La unión no acabó de cuajar. Los yemeníes del sur se vieron desplazados del poder en el nuevo Yemen y, desde la añoranza de su viejo estado socialista -notablemente más libre que el Yemen unificado-, reclamaron por diversos medios una nueva separación. En 1993 el vicepresidente al-Beidh abandonó el gobierno conjunto y en 1994 hubo incluso una breve guerra civil entre el norte y el sur que acabó con la victoria de los sectores leales al presidente Saleh, entregado desde entonces a cotas cada vez mayores de autoritarismo. Las tensiones norte-sur nunca desaparecieron y en 2009 estalló un nuevo movimiento insurgente secesionista en el antiguo Yemen del Sur: es el primer eje del actual conflicto.

Por otra parte, a finales de la década de 1990 va a hacer acto de presencia en Yemen Al Qaeda (a veces la verán citada con el nombre de su brazo armado yemení: Ansar al-Shari’a). La organización fue ganando adeptos y capacidad operativa sobre todo a partir de 2001, y en la actual situación de inestabilidad y desgobierno del país incluso controla parcialmente varios territorios. Dicha situación ha sido aprovechada también por el autoproclamado Estado Islámico (en adelante, Daesh) para hacerse un hueco en Yemen, donde está presente al menos desde 2014. Se trata del segundo eje del conflicto.

El origen del tercer eje de la actual guerra civil hay que buscarlo en el resurgimiento del chiismo zaydí, impulsado en el norte de Yemen por Mohammed al-Houthi a principios de los 90. La creciente influencia del llamado movimiento houthi y su lucha contra el trato discriminatorio recibido por los zaydíes en Yemen desembocó en una insurrección armada contra el gobierno de Saleh en 2004. En este punto cabe puntualizar que, aunque los medios de comunicación suelen hablar simplemente de la “minoría chií”, los chíies zaydíes son cerca del 40% del total de musulmanes yemeníes. En este conflicto el presidente Saleh contó desde el principio con el apoyo de Arabia Saudí, que curiosamente no se implicó de igual forma en la lucha contra Al Qaeda. Seguramente no haga falta señalar que Arabia Saudí es uno de los bastiones del sunismo y de las interpretaciones más rigoristas del mismo, como la wahabita.

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Ciudad vieja de Sana´a, Patrimonio de la Humanidad, 2014.

Por último hemos de situarnos en 2011, en el marco de la primavera árabe. Entonces las protestas contra la corrupción política y las lamentables condiciones económicas del país se encontraron con una represión atroz por parte del gobierno de Saleh. Como en otras latitudes, esto no hizo sino acrecentarlas y acabó forzando la dimisión de Saleh y la asunción del poder por parte del hasta entonces vicepresidente, Mansur al-Haidi. Es el origen del cuarto eje del actual conflicto. El nuevo presidente se comprometió a iniciar un período de transición política, pero en la práctica se siguió abusando de la violencia institucional y toda suerte de estrategias se hicieron valer contra los independentistas del sur y contra los houthis.

LA GUERRA ACTUAL

En 2014 la guerra entre Ansar Allah (tal es el nombre oficial del movimiento houthi) y las fuerzas leales al presidente al-Haidi se recrudeció. A principios de 2015 los houthis se hicieron con el control de la capital, Sana´a, e instituyeron allí un Comité Revolucionario. El presidente al-Haidi fue forzado a dimitir y huyó primero a Adén, donde se establecieron los cuerpos militares que seguían siéndole leales, y luego a Arabia Saudí, que no tardó en ofrecerle su apoyo para recuperar el poder en Yemen.

Arabia Saudí se aprestó a ponerse al frente de una coalición internacional (de la que forman parte, entre otros, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Egipto y Marruecos) que se fijó como objetivo acabar con la insurgencia houthi y restablecer a al-Haidi en el poder. En marzo de 2015, fecha que suele considerarse el inicio de la actual guerra civil, Arabia Saudí puso en marcha una operación que bautizó con el pretencioso nombre de “Tormenta Decisiva” y que, como no podía ser de otra forma, ha resultado cualquier cosa menos decisiva.

Con su intervención en Yemen, Arabia Saudí busca afianzarse como potencia regional y obtener réditos económicos derivados del control de la zona de Adén y del tránsito de petróleo hacia el mar Rojo. Además, existe un motivo geoestratégico de fondo relacionado con la posibilidad de que un gobierno houthi acabase por alinear el Yemen con Irán, el único Estado chií del mundo. En este sentido, aunque es cierto que existen vínculos entre los houthi e Irán, hay que dejar claro que el grado de implicación real de este país en la guerra del Yemen es mínimo y no puede compararse con el papel directo asumido por Arabia Saudí.

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Bombas de racimo saudíes caen sobre los pueblos de la región de Amran, al norte de Yemen.

Así las cosas, lo que nos encontramos hoy en Yemen es una guerra civil total en la que los frentes no están siempre claros y las alianzas son cambiantes. Los cuatro ejes del conflicto que hemos apuntado anteriormente se superponen y se suman además a las enemistades seculares entre distintos grupos tribales. De un lado están las tropas que apoyan a al-Haidi, la coalición internacional liderada por Arabia Saudí y diversos sectores de la población que, a veces de forma sorpresiva (es el caso de parte del movimiento independentista de Yemen del Sur) han optado por aliarse con el más fuerte. Enfrente tienen a una alianza encabezada por los houthi, a los que de forma no menos sorprendente se han sumado sectores todavía leales al expresidente Saleh y algunos grupos suníes contrarios a la agresión saudí. Al margen de estos grupos se encuentran las ramas yemeníes de Al Qaeda y el Daesh, organizaciones que solo están siendo combatidas seriamente por el bando houthi y que mantienen una relación cuando menos ambigua con Arabia Saudí. Llegados a este punto convendremos que el conflicto yemení, salta a la vista, no puede reducirse a un enfrentamiento religioso entre chiíes y suníes, por más que algunos medios hayan tratado de presentárnoslo así.

LAS VÍCTIMAS

Según Naciones Unidas la guerra en Yemen ha causado 6200 víctimas mortales en un año (desde marzo de 2015), más de la mitad civiles, aunque hay fuentes que elevan a 10.000 la cifra de muertos. Otras 30.000 personas han resultado heridas, hay 2,5 millones de desplazados internos y más del 80% de la población del país (hablamos de 20 millones de personas) necesita ayuda humanitaria para satisfacer sus necesidades básicas –debido al bloqueo económico saudí, sostenido con apoyo estadounidense-. Al menos 700 menores han perdido la vida -en los bombardeos, fundamentalmente- y Oxfam ha apuntado que un millón de niños sufren desnutrición severa.

Aunque distintas ONG han reportado violaciones de los derechos humanos por parte de todos los actores en conflicto, Amnistía Internacional, Human Rights Watch e incluso Naciones Unidas han señalado de manera muy especial a Arabia Saudí. La coalición internacional liderada por los saudíes está detrás de la mayor parte de las víctimas civiles y ha cometido numerosos crímenes de guerra, que van desde ataques intencionados contra objetivos no militares (mercados, escuelas, hospitales, fábricas…) hasta el uso de armamento prohibido por el derecho internacional como las bombas de racimo.

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Un padre llora la muerte de su hija durante un bombardeo saudí. 2016.

Cualquier aproximación al conflicto deja claro que se trata de un enfrentamiento netamente desigual. Es difícil exagerar el contraste entre el paupérrimo armamento del bando houthi y una coalición internacional que tiene decenas de miles de hombres sobre el terreno, dispone de lo último en tecnología militar y ha sido capaz de perpetrar, según los medios locales, hasta 160.000 bombardeos en menos de un año. Y es en este punto en el que la reflexión nos atañe de forma especial, dada la posición de Occidente en general y de España en particular con respecto al régimen saudí.

ESPAÑA Y ARABIA SAUDÍ

No descubrimos nada nuevo al apuntar que Arabia Saudí es un importante socio comercial de España. En 2014 estaba entre los 20 países a los que más exportamos y entre los 15 de los que más importamos. España, como otros países occidentales, es un conocido aliado de Arabia Saudí también desde el punto de vista geoestratégico y son asimismo harto conocidas las buenas relaciones que mantienen las familias reales española y saudí.

Mientras Arabia Saudí y varios países del Golfo asesinan civiles y violan los derechos humanos en Yemen, en Occidente nos hemos encargado de que no les falte de nada inundando la región de armas a cambio, claro, de pingües beneficios económicos. En el período 2010-2014 Arabia Saudí cuadruplicó sus importaciones de armas y se convirtió de hecho en el segundo mayor importador del mundo, sin duda en previsión de futuras acciones expansionistas. España, séptimo mayor exportador de armas del mundo, ha hecho buen negocio: Arabia Saudí se ha convertido en el mejor cliente de la industria armamentística española, de suerte que el 25% de las armas que vendimos en el primer semestre de 2015 fueron a parar a los Saud. Hay denuncias que apuntan que las armas que España está enviando a Arabia Saudí violan el Tratado Internacional sobre Comercio de Armas de 2014, y organismos como Amnistía Internacional han señalado que los aviones, torpedos, bombas y misiles que estamos vendiendo a los saudíes se están empleando contra la población civil yemení.

España no es, claro, el único país occidental que se está lucrando con esta guerra. Francia y Reino Unido lo han hecho sin duda en mayor medida, al punto de que se estima que en el último año los británicos han vendido armas a los saudíes por valor de 3 billones de libras. Lo que sí supone un hecho diferencial en España es la escasísima respuesta ciudadana y política frente a una situación tan grave como la referida. Así, mientras el Parlamento Europeo vota a favor de bloquear la venta de armas a Arabia –un voto no vinculante-, los Países Bajos prohíben dicha exportación y los ciudadanos británicos ponen en marcha una campaña masiva para conseguir lo propio, aquí prevalece el silencio. Tan solo algunos medios alternativos y un puñado de blogs y perfiles de la red social Twitter han planteado una denuncia seria de la situación, todavía desconocida por la mayor parte de la ciudadanía.

Arabia Saudí es el segundo mayor productor mundial de petróleo y el octavo de gas natural. Algo tiene que ver esa cara de la moneda, claro, en la tibieza con que nuestros medios de comunicación informan sobre este país. Pocas veces se señala que según Freedom House (cuyas apreciaciones tanto gusta repetir a algunos cuando se trata de hablar de Venezuela, por ejemplo) la ausencia de libertades y la nula observación de los derechos humanos en Arabia Saudí solo son comparables a las que padecen los ciudadanos de países como Corea del Norte o Irán. O que Arabia tiene un sistema legal basado en una rigurosa interpretación de la sharia que condena con la muerte la homosexualidad, el adulterio o la brujería , y que se ejecuta sin piedad a menores e incluso a discapacitados intelectuales (157 ejecuciones en 2015 lo convierten en el tercer régimen más asesino del planeta).  Tampoco se suele hacer especial hincapié en que se tortura con total impunidad o en que las élites saudíes viven entre el lujo más ostentoso mientras una cuarta parte de su población sobrevive en la más cruel de las miserias.

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1 de marzo de 2016: 100.000 yemeníes piden en Sana´a el final de la guerra.

Si quienes mandan en nuestro país se adscriben a la vieja máxima del “pecunia non olet” –el dinero no huele-, es nuestro deber que ello tenga -¡qué menos!- un coste político. Si además de ello, alguien en Occidente está por la labor de apoyar en la búsqueda de una solución real al problema yemení (no parece ser el caso), deberá partir de una intención real de no favorecer a ninguno de los dos principales bandos en conflicto. Pero también de la conciencia de los brutales efectos que está teniendo la agresión saudí sobre la población yemení, así como de la determinación firme de cortar lazos con un régimen manifiestamente criminal.


*Fotografía 1: “Kids Playing in the Street”, Sana´a, Yemen, 1982. Por Gareth Williams. https://www.flickr.com/photos/gareth1953/

**Mapa: http://www.ciaramc.org/ciar/imagenes/imgBoletines/bol278/image015.jpg

***Fotografía 2: Sana´a, Yemen, 2014. Por Rod Waddington. https://www.flickr.com/photos/rod_waddington/

****Fotografía 3: Yemen Post Newspaper (@YemenPostNews), 18.2.2016.

*****Fotografía 4: Yemen Post Newspaper (@YemenPostNews), 26.2.2016

******Fotografía 5: Yemen Post Newspaper (@YemenPostNews), 1.3.2016

FUERA DE PELIGRO

Como correr en la luna,

a veces,

el pasado es un baúl vacío y

floto,

sueño:

vivo.

 

Camino sobre las palmas de las manos

y el mundo es un museo sin vitrinas.

Para sentir mi cuerpo

me rozo con todas las cosas,

me adapto a los relieves como agua

y muerdo formas

rocas

raíces

… labios.

 

En mi boca la tierra

sabe a tierra,

mis piernas abren cicatrices,

heridas-ventana sangrando cielos

con sabor a catedral vieja,

las telarañas son instrumentos de cuerda

y hay música por todas partes

mientras salto a la comba,

ágil,

con mis cadenas.

 

Están asfaltados todos los caminos

y no se han registrado quejas por la alarmante ausencia

de señales.

 

Me pruebo caras, viajes, vidas,

amores ajenos y desamores lejanos…

Todo encaja,

nada pesa:

existo algunos ratos cada día.

TAMBIÉN

También hacerse daño,

vomitar dolor bajo la cama,

y también acuchillarse

y abrirse hueco a tiros en el estómago.

 

Y mentirse, también,

y comer cristales rotos,

y los daños colaterales del verbo “ser” conjugado,

y los efectos secundarios del deseo

desde dentro

implosionan

duelen.

 

Aun queriendo querer,

haber querido

inhabilita.

 

También rotos mal zurcidos,

noches en blanco,

y también siempre equivocarse

y perderse,  también.

Y huir. Siempre huir.

 

Y estrellarse contra todo,

como conductores kamikaces,

como suicidas por contrato

con baño sociópata de domingo por la tarde.

 

Pero también volver cansado,

también besar una nuca limpia,

y pedir perdón,

también,

y derramarse encima de una alfombra

de piel tersa,

y dormir tranquilo, también,

como si todo lo de afuera

fuera madre.

 

Y al final tampoco separados

todavía juntos

también sin ti

al fin del mundo.

MIENTE QUE ALGO QUEDA

Periodistas de derechas, como Eduardo Inda o Antonio Martín Beaumont, y políticos del PP, como el propio presidente del gobierno Mariano Rajoy, vienen afirmando públicamente que la LOMCE ha conseguido reducir el fracaso escolar en España.

¿Qué es el fracaso escolar? En España, llamamos fracaso escolar a la no consecución del título de Educación Secundaria Obligatoria.

La LOMCE se implantó en el año académico 14/15 en los cursos impares (1º, 3º y 5º) de Primaria. Este curso, 15/16, ha empezado a funcionar en 2º, 4º y 6º de Primaria; en 1º y en 3º de Secundaria y en 1º de Bachillerato. Seguimos funcionando con la ley anterior, la LOE, en 2º y 4º de ESO y en 2º de Bachillerato.

Así las cosas, me pregunto: ¿Cómo una ley que se ha empezado a implantar este año en Secundaria –y solo en la mitad de los cursos- ha conseguido rebajar significativamente el porcentaje de alumnos que no obtienen el título de Secundaria? Citando al poeta Ángel González: “¿Qué estatutos regulan el prodigio?”

MERITOCRACIA, IGUALDAD DE OPORTUNIDADES Y OTROS MITOS FUNDADORES

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La construcción ideológica que sostiene nuestros estados capitalistas descansa en buena medida sobre dos presupuestos clave: la igualdad de oportunidades y la meritocracia. Ambos permiten justificar las desigualdades socioeconómicas y hacérselas tragar a quienes se encuentran en las posiciones más bajas de la escala social. Los medios de comunicación apuntalan la idea del american way of life y nos presentan invariablemente la determinación, el talento y el trabajo duro como las llaves del éxito social. La figura del hombre hecho a sí mismo  –menos frecuentemente de la mujer, presentada todavía en demasiadas ocasiones como la muleta que necesita todo egregio varón para el triunfo- ejerce de perfecto reclamo mediático y publicitario. Una mezcla de admiración, inspiración, esperanza y envidia nos invade cada vez que la televisión nos acerca la historia de otro gran visionario que cambió el mundo desde un garaje. La de grandes multinacionales que han nacido en un garaje, oye.

La clase media a la que tanto nos gusta adscribirnos en el mal llamado primer mundola clase media somos todos, ya se sabe– ha tragado con orgullo la píldora meritocrática. La asume como una conquista propia, cuando no como la razón última de su existencia. Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa, más que la meritocracia y la igualdad de oportunidades, nos ha permitido llegar a ser lo que somos? Contamos a nuestras hijas e hijos que pueden ser lo que quieran en la vida, convencidos de que es cierto. Nos gusta pensar que ha sido nuestra aptitud personal y profesional la que nos ha hecho valedores de ese trabajito de clase media cuya importancia social tendemos tan frecuentemente a sobrevalorar.

Como no podía ser de otra forma, esta concepción del mérito y del éxito social es promocionada intensamente por quienes se encuentran en la cúspide del sistema. Es uno de esos círculos virtuosos que están tan de moda: quienes están arriba, controlando la mayor parte de los altavoces que padecemos, se encargan de asentar el discurso que justifica sus propios privilegios como frutos del trabajo duro y del talento. Tanto tienes, tanto vales. Y sin embargo…

Las numerosas investigaciones empíricas sobre el logro social que conocemos echan por tierra la idea de una sociedad meritocrática. Desde que en los años 70 Christopher Jencks probara que la posición de estatus y el logro ocupacional de un estadounidense venían marcados por sus orígenes familiares, muchos trabajos de investigación en todo el mundo han corroborado la fuerte correlación entre estas dos variables. En román paladino: su posición en la pirámide social con 40 años está más relacionada con la de sus padres que con ninguna otra cuestión. Pesa el logro personal, claro, pero lo hace en igual o mayor medida la adscripción, la herencia.

Ni siquiera el logro educativo introduce diferencias significativas en el sistema en lo que a garantizar una auténtica igualdad de oportunidades se refiere. La propia asistencia a la universidad, por ejemplo, resulta estar estrechamente vinculada a la clase social. No solo por una cuestión meramente económica, sino también por factores ligados a las distintas aspiraciones educativas que se proyectan desde el seno familiar según la clase a la que se pertenezca. Son clarificadores estudios como el de Sewell y Shah, que también en el marco de la sociedad estadounidense demostraron que entre los alumnos de altas capacidades intelectuales iban a la universidad el 90% de los que eran de clase alta y solo el 40% de los que eran de clase baja. Entre el alumnado de bajas capacidades la diferencia era también esclarecedora: el 60% de los alumnos de clase alta con un C. I. bajo iba a la universidad, pero solo el 10% de los de clase baja hacía lo propio. Son datos que conviene tener en la cabeza por si alguna vez el cuerpo nos pide espetarle a alguien un castizo “¡pues haber estudiado!”.

A menudo el sistema no selecciona a los mejores ni a los más capaces. Pero selecciona. Aunque el acceso a los distintos niveles educativos se ha ido abriendo notablemente en nuestras sociedades, han seguido existiendo sesgos que garantizan la reproducción del orden social. El origen de clase de un niño marca su destino desde la más tierna infancia, empezando por los diferentes modelos de crianza de las familias ricas y las pobres (si tienen oportunidad, échenle un vistazo al libro Unequal Childhoods, de Annette Laureau).  En el sistema educativo se valora la cultura de las clases altas y se desprecian los saberes populares, al tiempo que se exige un lenguaje muy alejado del de las clases más humildes. El niño pobre llega a una escuela donde se habla de cosas nuevas en un lenguaje extraño. El niño rico llega a una escuela hecha a su medida. Si surge algún problema, el niño rico tiene los medios para adaptarse (clases particulares, cambio de centro escolar…). El niño pobre, no. Segunda recomendación: si hay tiempo, denle una ojeada a las ideas sobre el tema de Bourdieu, Passeron, Bowles, Gintis, Baudelot y Establet. Si hay menos tiempo, déjenlo en las de Bourdieu.  Si no hay nada de tiempo, pueden quedarse con la idea de que el éxito y el prestigio llegan por encaje en la cultura dominante, que es capaz de imponerse como única en el sistema educativo y que controla la estructura económica y la social.

Si está usted pensando que esto, en su España, no pasa, me permito remitirle a lo que hace unos días nos recordaba la OCDE a propósito del escaso éxito del sistema educativo español en la corrección de los sesgos por clase social. En cualquier caso, aceptemos la mayor y asumamos la discutible máxima que apunta que en España el hijo del obrero ya puede estudiar: es fácil que no le sirva de mucho, al menos en lo que hace a su futuro socioprofesional. Los movimientos tendentes a facilitar el acceso a la educación a todas las clases sociales han venido acompañados de reacciones por parte de las clases dominantes para mantener sus privilegios en el mercado laboral. Si el hijo del obrero ya puede obtener el título de Derecho, pongámosle otros requisitos que le sea más complicado cumplir: que aprenda idiomas (difícilmente sus padres lo podrán mandar un añito a estudiar a EEUU), que estudie más años antes de poder acceder a determinado puesto, que tenga un máster, o mejor dospreferiblemente avalados por centros elitistas con tarifas prohibitivas-, etc. Muchos títulos académicos se justifican más por su función de cierre social que por habilitar profesionalmente: son una estrategia de poder de los de arriba. Así se entiende que las investigaciones empíricas no logren establecer una relación sólida entre la universalización del acceso a la educación en una sociedad y la reducción de los niveles de desigualdad en dicha sociedad.

Si son de familia bien pero sus niños no son capaces de aprovechar las ventajas que ello reporta a nivel educativo, no sufran. Aunque el éxito académico y los currículums bonitos guardan una relación importante con el origen social, sus vínculos con la futura posición laboral y socioeconómica son algo inciertos. Parece que al final ni las matrículas de honor ni la acumulación de títulos más o menos aparentes influyen tanto en la posición sociolaboral de llegada. La motivación y el logro educativo tienen un peso importante, claro, pero curiosamente influye aún más el punto de partida puro y duro: el entorno social, las redes interpersonales…  En España, familia y amistades resultan claves a todos los niveles, tal y como vimos en el Salvados dedicado al Colegio de El Pilar, leímos en el Españopoly de Eva Belmote y nos ha recordado El País hace un par de semanasTú sácate algún título, que luego ya te buscaremos algo.

Obviamente la clase no es el único factor que influye en los logros educativo y ocupacional. Lo hacen también, en enorme medida, cuestiones como la raza –por lo demás muy vinculada a la desigualdad de clase- o el sexo. Por último, claro, influye la suerte. El azar siempre tiene algo que decir, lo que sucede es que tendemos a darle más importancia de la que tiene. Buena parte de lo que atribuimos a la suerte es perfectamente explicable estudiando los rasgos de nuestro sistema socioeconómico. Como declaraban magistralmente los alumnos de la Escuela de Barbiana en Carta a una maestra:   “Llegados aquí hay quien la toma con el destino. Es tan consolador leer la historia en clave de fatalidad… Leerla en clave política es más inquietante.

***Fotografía“Solo exam”, de Xavi. https://www.flickr.com/photos/18614695@N00/

VOSOTROS QUE ME LLAMÁIS POR MI NOMBRE

Vosotros,

que me llamáis por mi nombre,

decidme quién soy.

 

Alguien he de ser

si ocupo,

peso,

duelo.

Alguien he de ser si vosotros,

que me llamáis también amigo

-algunas veces,

me hacéis hueco entre vuestros brazos

y en la mesa.

 

Ahora que resuena mi onomástica

más ajena a cada grito:

por no elegida,

por común,

o por esta alergia mía

a las festividades y a las costumbres,

 

ahora que me enfrento

al rostro tercamente repetido del espejo,

con la actitud de un animal

que confunde su reflejo con el enemigo

ante las risas del dueño

-Y sin embargo: ¿no estará en lo cierto?-,

 

decidme vosotros,

que tomáis por familiar mi cuerpo

y fingís no reparar en los estigmas

                de tanto aborto de futuro,

decidme siempre,

hasta cuando ya no yazca

en vuestra holgura mi misterio,

decidme…

Y sed

para este desconocido infectado de ayeres

apóstoles de sí mismo.

LOS MUERTOS QUE NO IMPORTAN: 23 DE FEBRERO, DÍA MUNDIAL DE CHECHENIA

Captura de pantalla (141)

Quizás yo, tras el Cáucaso erguido,

Ocultarme podré de los tiranos,

De su ojo que todo lo registra

De su oído que nada escucha en vano.

Mijaíl Lérmontov

 

Seguramente no les suene, pero el 23 de febrero es el Día Mundial de Chechenia. Hoy se cumplen 72 años de la deportación de los pueblos checheno e ingush a Asia Central y a Siberia, ordenada por Stalin. Medio millón de personas fueron obligadas a dejar sus casas y alrededor de 170.000 perdieron la vida a causa de las inhumanas condiciones a que fueron sometidas. Fue, sin lugar a dudas, un genocidio.

En una sociedad que ha convertido en Trending Topic los días mundiales de la cerveza, la toalla, la tostada o los amigos con derecho a roce, quizá no vendría mal dedicar unos minutos del día de hoy a revisar el interminable conflicto ruso-checheno. Aunque solo aparezca en sus televisores a cada muerte de obispo, normalmente a propósito de algún brutal atentado terrorista, puede que les afecte más de lo que piensan. Si el post les resulta excesivamente largo, siempre pueden circular por la negrita.

Chechenia es actualmente una República de la Federación Rusa. Se encuentra situada en el centro del Cáucaso Norte, entre el mar Negro y el Caspio, haciendo frontera con Georgia. Tiene un millón largo de habitantes y una extensión similar a la de la provincia de Zaragoza. Más del 90% de sus habitantes son étnica y culturalmente chechenos, lo que supone que comparten una identidad de una extraordinaria solidez. La primera lengua de la práctica totalidad de los chechenos es el checheno, no el ruso, y son mayoritariamente musulmanes sufíes. El sufismo es una interpretación espiritual y mística del Islam suficientemente flexible como para permitir conjugar las estructuras y los valores tradicionales chechenos con los preceptos islámicos. Internamente la sociedad se estructura en clanes que funcionan de forma semiautónoma y existe un código moral específico articulado en torno a las adat o leyes de la montaña, que contemplan cuestiones como el honor, la hospitalidad, el coraje o la austeridad, y que en la práctica se entremezclan con la sharía. En Chechenia, escribió Sebastian Smith, “la familia patriarcal importa más que el Estado” y “la mezquita más que la policía”. O al menos, así era antes de que las últimas guerras trastocaran radicalmente la sociedad chechena.

Las diversas divisiones clánicas y religiosas, sus enfrentamientos, lealtades y posiciones con respecto al poder ruso, han jugado un papel fundamental en la historia chechena de los tres últimos siglos, marcados por un enfrentamiento sin cuartel contra Rusia que ha acabado asumiéndose como un elemento más de la identidad chechena. Un enfrentamiento marcado por la alternancia entre la gazáwat -término que suele identificarse con la yihad aunque tiene una connotación de guerra defensiva o de liberación- y el Ketmán, la sumisión aparente en espera de que las condiciones mejoren para volver a levantarse contra los rusos.

Desde que en la segunda mitad del siglo XVIII el Imperio de los zares se decidiese de forma firme a anexionar el Cáucaso, iniciándose las Guerras del Cáucaso que aparecen en la literatura de Tolstói o de Lérmontov, hasta hoy, los chechenos -solos o aliados con otros grupos étnicos del norte del Cáucaso- no han parado de causarle problemas a Moscú. La rebelión liderada por Shaykh-Mansour entre 1785 y 1791 o la guerra encabezada por el Imam Shamil entre 1829 y 1859, que acabó con la deportación forzosa de varios cientos de miles de musulmanes caucasianos a Jordania y a Turquía, son los ejemplos más conocidos. Pero entre 1860 y 1917 los chechenos se levantaron 17 veces contra el poder ruso.

En 1917 la dificilísima situación rusa, con las revoluciones de febrero y octubre, la Primera Guerra Mundial y el inicio de la guerra civil, se reveló como un marco propicio para que los norcaucasianos buscasen de nuevo su independencia. En 1918 llegaron a crear una efímera república independiente que fue abolida en 1919 cuando los ejércitos blancos de Denikin conquistaron Grozni –capital de Chechenia-. La sustituyó entonces el llamado Emirato del Norte del Cáucaso, que canalizó la lucha de los montañeses contra Denikin en alianza con los bolcheviques. Cuando ganaron la guerra civil, los soviéticos no tardaron en olvidar las promesas de autonomía que habían hecho a los caucasianos. En 1936 crearon la República Soviética Autónoma de Chechenia-Ingushetia (los ingushes son un pueblo vecino de los chechenos, étnica y culturalmente muy próximos a ellos). Los chechenos siguieron rebelándose contra los bolcheviques durante todo este período, incluso durante la Segunda Guerra Mundial, y en 1944 Stalin decidió acabar de forma tajante con el problema aboliendo la República de Chechenia-Ingushetia y deportándolos bajo la espuria acusación de haber colaborado con los nazis.

En 1957 Kruschev, en un contexto de revisión y condena de los crímenes estalinistas, restableció la República y dejó volver a los deportados, si bien durante toda la época soviética los chechenos vivirían en condiciones mucho peores que los rusos que habitaban en su propio territorio (cerca del 23% hacia 1989) y sometidos a una fuerte discriminación en toda la URSS. Con Gorbachov al frente de la URSS, la glásnost y la perestroika posibilitaron, en Chechenia como en otros lugares, el florecimiento de movimientos políticos y sociales de liberación nacional, alentados además por el cruce de guiños e invitaciones a las repúblicas étnicas lanzados por Yeltsin y Gorbachov en su particular lucha por el poder.

En 1990 se reunió en Grozni un Congreso Nacional Checheno cuyas diversas facciones coincidían en reclamar la completa soberanía de Chechenia-Ingushetia. Al frente del mismo se colocó Dzhojar Dudáyev, el único checheno que había logrado ser general del Ejército Rojo. Habiendo presenciado en primera persona las independencias bálticas, Dudáyev pensó que Chechenia, de un tamaño parecido a Estonia y menos rusificada, podría seguir el mismo camino. El fracaso del golpe de estado comunista de agosto de 1991 debilitó al Partido Comunista Checheno y fortaleció a este Congreso Nacional Checheno, cuyo brazo armado tomó por asalto el Soviet Supremo en septiembre. Acto seguido se celebraron unas elecciones fraudulentas que ganó por Dudáyev y se proclamó la independencia de Chechenia el 1 de noviembre de 1991. Ingushetia no siguió la misma senda y decidió integrarse en Rusia.

Durante los tres años siguientes Chechenia funcionó como un Estado independiente de facto. Tras un intento fallido de retomar la república, Yeltsin acabó retirando las tropas rusas de Chechenia a principios de 1992, entendiendo que Rusia tenía problemas más acuciantes que aquel. Yeltsin dejó hacer a Dudáyev, que conformó una República independiente, bautizada en 1993 como República de Ichkeria, de carácter militarista, autoritario y personalista, que tuvo que lidiar desde el inicio con una galopante crisis económica. El autoritarismo de Dudáyev y la propia división clánica de Chechenia acabó derivando en una guerra civil de baja intensidad, con una oposición sostenida por clanes prorrusos que controlaban pequeñas zonas de la república y eran apoyados por una Rusia cada vez más centralista. En noviembre de 1994 esta oposición, armada y apoyada por Rusia, intentó tomar Grozni pero fracasó estrepitosamente.

Poco después de ese fracaso, en diciembre del 94, Rusia se decidió a tomar cartas en el asunto de manera directa e invadió Chechenia con el objetivo de acabar con la tentativa independentista. La explicación a este cambio de política por parte de Rusia hay que buscarla en el rápido renacimiento de un discurso imperialista; en la voluntad de desviar la atención de los graves problemas económicos y sociales internos buscando enemigos externos; en la importancia geoestratégica y geoeconómica de Chechenia -sobre todo como zona de paso del principal oleoducto que transportaba el petróleo del Caspio y por la industria de refinado de petróleo, ya que su producción de petróleo estaba ya en horas bajas- y en la necesidad de un castigo ejemplarizante que quitase las ganas de independizarse a las demás repúblicas étnicas rusas (se trataba, en palabras de un importante dirigente ruso, de cerrar la puerta con suficiente fuerza como para que temblaran los cristales de los vecinos).

Los rusos iniciaron así una guerra para la que no se habían preparado suficientemente, confiados en que sería un paseo militar. En lugar de ello se encontraron con una resistencia feroz que causó 7000 bajas al ejército ruso en año y medio: la mitad de las que tuvo en Afganistán en diez años. Finalmente la resistencia chechena logró obligar a Rusia a firmar un acuerdo de paz en agosto de 1996 que ya no podría firmar Dudáyev, asesinado poco antes. Ese acuerdo de paz suponía la retirada de los contingentes rusos y aplazaba por un período de cinco años el debate definitivo sobre el estatus de Chechenia. La guerra había dejado entre 50.000 y 100.000 civiles muertos, 200.000 heridos y medio millón de refugiados, amén de causar enormes daños materiales, ecológicos y psicológicos. Las fotos del acuerdo de 1996 venían a corroborar que las guerras, como decía Eric Flakoll, las hacen jóvenes que no se conocen ni se odian pero que se matan, y las dirigen viejos que sí se conocen y se odian pero no se matan.

Chechenia iniciaba así, en fin, una nueva etapa de independencia de facto. En enero del 97 se celebraron unas elecciones libres, supervisadas por organismos internacionales, que se saldaron con la victoria de Aslán Masjádov, un independentista moderado que había sido el principal artífice del éxito militar checheno en la guerra. Pero este nuevo período de independencia iba a ser aún más convulso que el período de Dudáyev: el país estaba arrasado y las compensaciones económicas que Moscú había acordado pagar no llegaban correctamente. La corrupción, el robo y la venta ilegal de petróleo, así como la puesta en marcha de una auténtica industria del secuestro caracterizarían a la Chechenia de Masjádov. Internamente las tensiones políticas eran cada vez mayores, especialmente entre el sector independentista moderado del presidente Masjádov y los grupos próximos a un islamismo radical que había entrado en Chechenia precisamente a raíz de la contienda, impulsado por la generosa financiación procedente de algunos países árabes. Todo ello, sumado a la existencia de numerosos señores de la guerra con ejércitos personales (también como consecuencia del conflicto con Rusia) convirtieron la vida de la república en un caos que Masjádov no pudo revertir a pesar de su innegable capacidad política.

En agosto de 1999 unos 1500 hombres armados dirigidos por Shamil Basáyev, principal referente del sector radical checheno opuesto a Masjádov, invadió la república vecina de Daguestán supuestamente con el propósito de establecer una república islámica en el Cáucaso norte. Los rusos lo obligaron a replegarse y a volver a Chechenia en una operación con numerosos ángulos muertos. En septiembre de ese año explotaron varias bombas en edificios de viviendas de Moscú y de otras dos ciudades rusas, causando 300 muertos. El Kremlin culpó a los chechenos de los atentados -aunque existen dudas razonable sobre la participación en los mismos de los propios servicios secretos rusos- y utilizó estos episodios como casus belli para justificar una nueva invasión de Chechenia, que se inició en octubre.

Esta vez el ejército ruso, mejor preparado, logró tomar Grozni en enero del año 2000, de nuevo con numerosas bajas, iniciándose después una guerra de guerrillas esencialmente en la montañosa zona sur de la República y que en cierta medida se ha mantenido hasta hoy. Esta segunda guerra ha estado caracterizada no solo por la existencia de enfrentamientos directos, sino también por el uso recurrente del terrorismo por parte de un sector de la guerrilla chechena -en ocasiones contra objetivos civiles rusos- y por la transformación de lo que era un conflicto de liberación nacional en un metaconflicto, esto es, en un conflicto sobre la propia naturaleza del conflicto. Entre la resistencia chechena se hizo cada vez más obvia la fractura entre un sector moderado, proclive a negociar, nacionalista y que condenaba el terrorismo (liderado por Masjádov, asesinado en 2005); y un sector radical que defendía la vía terrorista y subrayaba el factor religioso por encima del nacional, liderado por Basáyev (apodado “el Bin Laden del Cáucaso”, asesinado en 2006).

Después de los acontecimientos del 11-S el sector moderado dejó de contar con la simpatía occidental y la postura de EEUU sobre Chechenia cambió radicalmente. El sector radical, único capaz de sostener la lucha gracias a los fondos de determinadas redes islamistas, fue ganando peso mientras la lucha se extendía también a otras repúblicas musulmanas rusas del Cáucaso Norte. Finalmente en 2007 el entonces presidente de Ichkeria (la Chechenia Independiente, que ya no tenía base territorial real), Dokku Umárov, abolió la República y proclamó el Emirato del Cáucaso Norte, que englobaba también a las repúblicas vecinas. Algunos sectores de la insurgencia chechena no aceptaron esa medida y siguieron luchando bajo la bandera nacionalista, cada vez más mermados y con el escaso apoyo simbólico de un gobierno de Ichkeria en el exilio en la práctica totalmente inoperante.

Por otra parte, tras hacerse con el control de la mayor parte de la República, Rusia colocó en Grozni una administración prorrusa, organizó unas elecciones fraudulentas en 2003 y dotó al territorio de una constitución. Al frente del gobierno checheno prorruso se puso a Ajmed Kadírov, antiguo independentista que decidió cambiar de bando. Cuando Ajmed fue asesinato por la guerrilla en 2004 se colocó al frente de Chechenia a su hijo Ramzán Kadírov, aunque el cargo de presidente no lo asumiría formalmente hasta 2007. Desde entonces hasta hoy, Ramzán se ha caracterizado por instaurar en Chechenia una dictadora brutal y extravagante marcada por la corrupción, la fidelidad a Putin, la violación sistemática de los DD.HH., el culto a la personalidad, la chechenización del conflicto (es decir, la retirada progresiva de las tropas rusas y su sustitución por milicias chechenas prorrusas) y una reconstrucción a primera vista espectacular pero que esconde innumerables abusos.

Esta segunda guerra de Chechenia se ha cobrado la vida de cerca de 50.000 civiles, 5.000 soldados rusos y 15.000 combatientes chechenos, y actualmente sigue dejando entre 700 y 1000 muertos cada año en el Cáucaso Norte (fundamentalmente en Daguestán, Chechenia, Ingushetia y Kabardino-Balkaria) entre civiles y combatientes de ambos bandos.

Está por ver hasta dónde y hasta cuándo se prolongará la alianza entre Putin y Kadírov, qué va a suceder si la insurgencia consuma el objetivo de atentar contra el líder prorruso o si los todavía débiles movimientos sociales prodemocráticos en Rusia conseguirán promover cambios serios en la situación de la zona. Del mismo modo es difícil aventurar cómo pueden repercutir en esta zona la situación de Abjasia, Osetia o Nagorno-Karabaj, los problemas entre Rusia y Turquía, las guerras de Afganistán y Siria o la compleja situación ucraniana. Lo que sí es seguro es que la guerra ha dislocado la sociedad chechena. La edad media es ahora de poco más de 20 años, casi no hay ancianos, que tenían un papel rector clave en los clanes, y los jóvenes llamados a buscar soluciones a la situación han crecido mamando guerra, destrucción, miseria y odio. No pocos se han visto seducidos por el islam rigorista, sus propuestas de reforma, su ideología fuerte y unitaria o sus promesas de justicia social, produciéndose una ruptura generacional que parece insalvable. Los efectos de la guerra a otros niveles tardarán también, todavía, mucho tiempo en desaparecer.

El conflicto ruso-checheno ha dejado al descubierto la verdadera naturaleza de la Federación Rusa y tiene mucho que enseñarnos. El problema checheno es también el nuestro, y no me refiero sólo a la influencia de Occidente en el desarrollo del conflicto, transigiendo de manera evidente con los crímenes de la Rusia proveedora de materias primas, especialmente desde que en 2001 todo quedó subsumido bajo ese manto igualador y un tanto idiotizante del terrorismo internacional. Me refiero también, de forma más general, a que este conflicto nos acerca a las tripas de realidades que nos afectan a todas: la doble moral y el doble lenguaje del poder; la corrupción, la manipulación informativa, ideológica y política por parte de las élites; el uso del miedo y de la guerra sucia; los peligros de la exclusión y de la xenofobia; la supeditación de cualquier consideración de carácter moral a la realidad económica; la utilización interesada de la religión con fines políticos o económicos; el desastre ecológico; las tensiones entre progreso y tradición -y los peligros del progreso- y, en fin, la barbarie. La barbarie repetida de manera cíclica también en Europa, desde los judíos de Auschwitz a los bosnios de Srebreniça y a los chechenos del punto de filtración de Chernokozovo. Como señalara el humorista estadounidense Will Rogers, no puede decirse que la civilización no avance: en cada nueva guerra podemos matarnos de una manera diferente.

 ***Fotografía: Familia chechena, 1977. Por Igor Palmin. https://www.flickr.com/photos/igorpalmin/

ALLÍ

Allí donde no llegan las palabras,

donde besas mi frente cuando enfermo

y me echas una manta por encima

si me quedo dormido en el sofá.

 

Allí donde lamemos las heridas con silencios,

curamos las derrotas con miradas

y nos leemos el cuerpo con las yemas de los dedos.

 

Allí donde estiramos los recuerdos

para descolgarnos por el mundo,

y conjuramos el miedo con abrazos

e infusiones de manzanilla.

 

Allí quiero dormir a diario

a pierna suelta,

a oreja planchada,

a pedir de boca

y de manos.