Arqueólogos de lo invisible

Me acabo de estrellar contra unos cuantos poemas viejos, sabe dios de cuándo. Voy a poner uno que no me ha producido excesiva vergüenza. En realidad no tenía título. Ahí va:

 

Arqueólogos de lo invisible,

excavábamos en aquel vacío

con la tranquilidad de que nada

habría de romperse

y el consuelo de una limpieza totalitaria,

de un olor repetido a tradición familiar

y a desinfectante.

Nos quedaba, apenas, el lenguaje.

Hacíamos funambulismo por sus equinas sucias,

nos agarrábamos a él

como se agarran al aire los defenestrados,

con manos nerviosas y urgentes,

con manos que buscan y acaban rotas sobre la acera.

­

Gritaban de pánico los viandantes.

SOBRE LOS LÍMITES DEL HUMOR, DAVID BRONCANO Y LA DRAG QUEEN QUE SE DISFRAZÓ DE LA VIRGEN

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En efecto, le he dado pocas vueltas al título. He pensado: si a los de Antena 3 les funciona con las películas de los domingos por la tarde, ¿por qué a mí no? Además es un título nítido, honesto, porque ¿de qué voy a hablar? Exactamente: de los límites del humor, de David Broncano y de la drag que se disfrazó de la Virgen hace unos días en el carnaval de Las Palmas.

David Broncano es un humorista que lo está petando fuerte últimamente con su sección en “Late Motiv” -el programa de Buenafuente-, con el espacio de radio “La Vida Moderna” y con un show televisivo propio en #O, la cadena de Movistar, titulado “Loco Mundo”. Igual estáis pensando que esta aclaración no hacía falta, porque en fin, si conocéis este blog cómo no vais a conocer a David Broncano. Pero oye, puede que nuestros públicos no se solapen. O dicho de otra forma: “¡Mamá!, ¡papá! ¡Hola, besis! Ahora ya sabéis quién es David Broncano”. El asunto es que en la última entrega de “Loco Mundo” Broncano decidió hablar sobre los límites del humor. La idea que defendió a lo largo de todo el programa se puede resumir mal que bien en cuatro puntos: 1. En el humor no hay límites; 2. Nadie debería ofenderse por un chiste; 3. Sin embargo, siempre va a haber quien se ofenda con un chiste, y eso pasa con cualquier tipo de chiste; 4. Si alguien se ofende con un chiste, que se joda. En este contexto, el cómico bromeó apuntando que incluso un chiste inocuo como “Esto van dos y se cae el del medio” puede acabar molestando a alguien -“a los que van siempre en medio”-. También defendió, por ejemplo, que si a alguien le ofenden los chistes de Arévalo el problema es suyo por ir a ver espectáculos de Arévalo.

En general, los argumentos que utilizó Broncano son, como poco, superficiales e injustos. ¿Por qué? Pues a ello vamos. En primer término, en el debate sobre los límites del humor cabría dejar claro, entiendo, a qué nivel pretendemos colocar esos límites. Si hablamos de colocar límites legales al humor, estoy radicalmente en desacuerdo. Considero que judicializar un chiste, por muy lamentable u ofensivo que sea, es un error que abre las puertas a interpretaciones arbitrarias de la libertad de expresión en función del colectivo que ejerza el Poder en un momento o contexto concretos. Ahora bien, ¿debemos poner límites al humor desde el plano social? ¿debemos proscribir como sociedad cierto tipo de chistes y señalar a quienes trabajan determinada clase de humor? Rotundamente, sí.  ¿Y cuál es la clave para saber cuándo un chiste debe ser señalado, afeado y proscrito? Bien, diría que hay varias, pero acaso la fundamental sea la horizontalidad. Hacer chistes sobre colectivos que sufren discriminación y exclusión social desde una posición de privilegio no puede ser socialmente admisible. Y no solo porque las personas pertenecientes a esos colectivos puedan ofenderse sino, sobre todo, porque los chistes de esa naturaleza contribuyen a perpetuar la discriminación social que sufren esos colectivos.

Un chiste de Arévalo sobre “mariquitas”, además de ser ofensivo, contribuye al mantenimiento de actitudes homófobas. Actitudes homófobas que están en la base misma de que alguien haga chistes de esa índole y de que a otro alguien le hagan gracia. Y que se perpetúen actitudes homófobas es una mala noticia para todos, no afecta únicamente a los que han ido a ver un espectáculo de Arévalo. Cuando hacemos un chiste sobre “feminazis” no es inocuo, estamos ridiculizando el feminismo y poniendo palos en las ruedas a la lucha por la igualdad. Los efectos de los chistes de esta clase van más allá de la ofensa a una persona concreta, del mal gusto o de la falta de sensibilidad. Contribuyen a la normalización de opresiones. En este orden de cosas, el juicio sobre un chiste no puede desligarse de la posición de la persona que hace ese chiste ni de la posición de las personas llamadas a escucharlo. Una cosa es que yo haga un chiste sobre personas sin techo mientras me endoso una cena opípara con los amigotes, y otra bien distinta es que ese mismo chiste se lo cuenten entre sí dos sintecho. En un caso se está ridiculizando y naturalizando una injusticia social flagrante, en tanto que en el otro acaso se esté utilizando el humor para sobrellevar una situación de vida.

¿Cómo encaja aquí la “polémica” que se ha montado en torno a la drag queen que se disfrazó de la Virgen María en la gala de drags de Las Palmas de Gran Canaria? Bueno, encaja porque esta mañana me han preguntado mi opinión sobre este tema y no iba a escribir dos posts diferentes. Pero al margen de esto, algo tiene que ver. En primer lugar, hay que señalar que por supuesto cabe la posibilidad de que un show de ese tipo ofenda sentimientos religiosos particulares, y desde luego eso no es algo que deba celebrarse. Puede incluso que una vez explicitada esa ofensa (“Ha ofendido usted mis creencias”) proceda la consiguiente disculpa (“No era mi intención”). Pero analizando la situación desde una óptica más general, lo que nos encontramos es una broma sobre un colectivo no oprimido y en una situación de poder (difícilmente puede defenderse que el catolicismo esté discriminado en España). Y aún más: sobre un colectivo en una situación de poder del que emanan agresiones continuas y durísimas contra cualquier interpretación de la identidad y los roles de género contraria a la que ellos defienden. Desconozco si la voluntad de la drag queen en cuestión era hacer chanza con el catolicismo o si el disfraz tenía un propósito meramente iconográfico, folklórico si se quiere. Pero, en cualquier caso, a la hora de enjuiciar esta situación no podemos olvidar que no son precisamente las drag queens quienes pretenden erigirse en censores y guardianes de la moral.

Por lo demás, hay pocas esperanzas de que los ultracatólicos de Hazte Oír o los obispos españoles se replanteen sus posturas, a qué engañarnos. Pero qué importante sería que sí lo hicieran cómicos jóvenes con el tirón y el talento de David Broncano. Cualquiera puede entender que el humor no es algo aislado de la sociedad. Se alimenta de la realidad social y, al mismo tiempo, influye en ella. En una sociedad atravesada por desigualdades y opresiones estructurales acaban por hacernos gracia cuestiones que no la tendrían en un contexto igualitario. ¿Por qué se hacen chistes sobre la homosexualidad y no sobre la heterosexualidad, por ejemplo? Si perseguimos un cambio social tenemos que apostar, también, por el humor horizontal y por aquel que se construye de abajo arriba, cuestionando privilegios y estructuras de poder.

LAS IDEAS LIBERTARIAS ANTE LA FRAGMENTACIÓN POSMODERNA. UNA REFLEXIÓN.

El capitalismo tardío nos ha traído la mercantilización de todos los órdenes de la vida, una victoria total de la lógica del mercado. Hemos dejado de ser lo que amamos, o aquello en lo que creemos. Hemos dejado de ser, incluso, aquello que poseemos, como sucedía en la fase precedente del desarrollo capitalista, para convertirnos en aquello que exhibimos tener. Somos lo que compramos y lo que subimos al Facebook.

El fracaso de los proyectos comunistas de corte soviético, la globalización, la intoxicación mediática, la acumulación de golpes de procedencia difusa y la rapidez de los cambios sociales, económicos y tecnológicos, han configurado una cierta lógica cultural que habitualmente denominamos Posmodernismo. Tras la quiebra de las grandes narrativas, de los grandes modelos de pensamiento anclados en una creencia casi mesiánica en el progreso moral y material del ser humano, prevalece la desorientación. Se ha producido la llamada “fragmentación del sujeto”, la entronización de identidades lábiles, inseguras y desdibujadas. Especialmente en la izquierda –entendámosla ahora de un modo amplio y generoso- se ha producido un proceso de sustitución de la ideología por una cierta actitud sarcástica ante la vida, a veces próxima al nihilismo y generalmente muy individualista. Allí donde el individualismo es norma fundacional, en el ámbito de la derecha, los anclajes ideológicos andan más firmes, unidos por una uniformización del pensamiento revestida de sensatez y voceada por la mayor parte de los medios de comunicación. Ciertamente, cada vez aparecen más impugnaciones a las supuestas bondades de un mercado desregulado defendidas por visionarios neoliberales del fin de las ideologías como von Hayek. Pero aun así, el núcleo duro del imaginario conservador se mantiene incólume. Planteado de otra forma: mientras se quiebran las esperanzas en el cambio social y en que otro mundo es posible, los mitos de la estabilidad, la tradición, el libre mercado y la reforma tranquila del conservadurismo liberal se mantienen intactos.

En la izquierda, la fragmentación identitaria y la proliferación de estímulos que dejan cada vez más al descubierto los numerosos ejes de la desigualdad, han afianzado formas de participación política más directas, más cercanas a lo local y a la intervención sobre problemas e injusticias concretas (encajan aquí los llamados nuevos movimientos sociales: feminismo, ecologismo, etc.). Este contexto ha traído, desde posiciones muchas veces ajenas al anarquismo, una revitalización de prácticas típicamente libertarias como la democracia asamblearia o la autogestión. Sin embargo, ello no ha supuesto una revitalización paralela de la implantación social del pensamiento anarquista, tan proscrito hoy como lo ha estado siempre. Y eso que difícilmente puede sostenerse que la narrativa anarquista se haya derrumbado, pues apenas se le ha dado oportunidad de confrontar sus teorías con la realidad. Todos los experimentos de envergadura en este sentido se han puesto en marcha en contextos de inestabilidad, generalmente bélicos, y/o han sido aplastados sin piedad por las maquinarias estatales. Así desde la Comuna de París hasta Rojava, pasando por la Provincia Libre de Shinmin, el Territorio Libre Ucraniano o la Revolución Social Española de 1936. Otro tanto se podría decir de la infinidad de experiencias a menor escala que se han puesto y se siguen poniendo en marcha, casi siempre sometidas a presiones más o menos explícitas por parte de los poderes establecidos.

De hecho, buena parte de las intuiciones del anarquismo se han demostrado acertadas, particularmente aquellas relacionadas con el funcionamiento de los Estados. El marxismo-leninismo, en su convicción de utilizar el Estado como instrumento de transformación de cara a la implantación futura de un comunismo sin Estado, acabó por dejar claro que donde hay Estado no puede haber comunismo. La existencia misma del Estado se fundamenta en la coerción, en el ejercicio de la autoridad y en la canonización de burocracias y jerarquías permanentes. Por todas partes el Estado ha afianzado una lógica de funcionamiento arriba-abajo y centro-periferia. Y ya fuera su objetivo garantizar libertades, ya fuera hacer lo propio con la igualdad, asegurar la seguridad de sus ciudadanos o servir sin más al dominio del hombre por el hombre, esa lógica ha acabado siempre traduciéndose en un volumen más o menos grande de abusos de poder. Parece por tanto razonable plantear la lucha contra esos abusos invirtiendo dicha lógica, esto es, desde abajo. Y parece igualmente apropiado combatir la distancia insalvable que se establece entre la Verdad y cualquier Poder estable e institucionalizado, renunciando a los poderes estables e institucionalizados. Resulta, al menos, más razonable que renunciar a la Verdad, por más que andemos metidos de lleno en esta otra dinámica.

Si la fragmentación identitaria y la focalización en luchas concretas refuerzan las prácticas libertarias, no es menos cierto que a la vez ahondan en la propia fragmentación del movimiento libertario, o cuando menos ayudan a naturalizar esa fragmentación. En este sentido, la lógica del capitalismo tardío supone al mismo tiempo una oportunidad y una amenaza, actuando como una suerte de Caballo de Troya para cualquier proyecto que busque un cambio social sostenido y generalizable. De alguna forma, las ideas libertarias podrían acabar por hacerle el juego al sistema. Este conseguiría no solo fragmentar las luchas frente a la desigualdad, sino además integrarlas en un corpus ideológico que, renunciando a las grandes narrativas y a proyectos unificadores y centrándose únicamente en lo inmediato, acabaría por auto-justificar dicha fragmentación.

Con vistas a revertir esta situación, creo que sería interesante atender a dos necesidades urgentes. De una parte, convendría que la apuesta por el problema concreto y la actuación local fuera acompañada de un intento sólido de recuperar, sin complejos, un relato coherente e integrador basado en la impugnación de la lógica de funcionamiento arriba-abajo en la toma de decisiones. Por otro lado, cabría anudar sensibilidades similares en torno a una organización de carácter federal pero con visibilidad unitaria, inspirada en unas mínimas ideas compartidas (asamblea, autogestión, anticapitalismo, lucha contra las desigualdades y la opresión) y no sectaria. Entiendo que ambas cuestiones debieran correr paralelas.

Las ventajas que se derivarían de la existencia de una organización de esa índole parecen evidentes: permitiría una defensa más eficaz frente a las agresiones a las prácticas libertarias, funcionaría como referente y anclaje identitario, ayudaría a resignificar luchas, tejería solidaridades y facilitaría la propaganda de unas ideas tan presentes hoy en la práctica como condenadas a la marginalidad en el espacio público. Sería clave que un proyecto de este tipo se abordase sin exclusivismos ni pretensiones totalizadoras a la hora de explicar la realidad social. Que consolidase espacios, también, donde se promovieran el pensamiento teórico y el debate ideológico, pero que persiguiera ante todo el estímulo y la extensión de entornos donde se funcione al margen de la lógica del beneficio y desde presupuestos genuinamente democráticos, sin jerarquías permanentes. Una organización que no se encerrase en un ámbito concreto, como el laboral, y que situándose en la sociedad civil no pusiera trabas a la participación a título individual de sus miembros en la política institucional. Se trata de privilegiar las prácticas sin renunciar al discurso, de construir desde el hecho concreto pero evitando que experiencias libertarias bien significativas pasen desapercibidas para la mayor parte de la sociedad. ¿Es esto posible?

No es otra estúpida broma sobre Carrero Blanco

No es ningún secreto que buena parte de la oposición democrática recibió con júbilo el asesinato de Carrero Blanco, acaecido el 20 de diciembre de 1973. Se ha llegado a afirmar que en algunas ciudades el champán se agotó en todas las tiendas. Quizá sea algo exagerado, pero desde luego mucha gente se alegró de aquello. No era para menos, toda vez que Carrero, por entonces presidente del gobierno, había sido el brazo derecho de Franco desde los años cuarenta. Iñaki Anasagasti recuerda el acontecimiento en sus memorias de esta guisa:

ETA, con un eficaz y rocambolesco atentado (…) se cargó de un bombazo al heredero de Franco y lo mandó al techo de la residencia de los jesuitas en la calle Claudio Coello de Madrid. Hizo bueno aquello de <<De Madrid al cielo>>, o en el caso de aquel ogro, al infierno. (…) En las fiestas de los pueblos cantaban aquello de <<Carrero, Carrero, ¿qué haces tú en el alero?>>, mientras echaban al aire sus pañuelos blancos” (1)

En aquella época circularon bastantes bromas sobre el tema: que si España había logrado el récord de salto de altura de coches, que si “Arriba España, Arriba Franco, tan alto como Carrero Blanco”… Proliferaron también las cancioncillas populares. Una de ellas, tomando la melodía de “La bamba”, decía algo así: “Yo no soy marinero… Yo no soy marinero, soy almirante y sé volar y sé volar… Arriba y arriba, arriba y arriba y arriba iré (…) Yo no soy marinero, soy almirante y me llamo Carrero y arriba iré (…)”. Supongo que se capta la idea. Tras el último verso, se acostumbraba a tirar al aire el objeto que se tuviera más a mano acompañando la performance con alguna onomatopeya (¡Eeeeeep!) (2). El humor siempre ha sido una forma de resistencia micro a los regímenes autoritarios. O de supervivencia a los regímenes autoritarios. Quizá ambas cosas. Algo así como el “y sin embargo, se mueve” del ciudadano de a pie.

Luego llegó la transición a la democracia, ya saben. Aquel proceso llamado a elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle era simplemente normal, parafraseando a Suárez. Resultó ser una transición incompleta hacia una democracia devaluada y amnésica, sin depuración de los aparatos represivos del Estado franquista ni del poder judicial, etc. Rápidamente le metimos una mayúscula y empezamos a hablar de la “Transición”, como si fuera algo aislado, desvinculado de sus orígenes y, en cierta medida, también de sus efectos. Objeto de mitificación y de simplificación a partes iguales en el discurso público. Quizá hable de eso un día de estos.

Aquella transición nos llevó a una democracia de baja intensidad donde los valores democráticos sirven, según el caso, de decorado o de maquillaje. Aunque es justo reconocer que algo se avanzó. Los chistes sobre Carrero Blanco, por ejemplo, pasaron de las calles a las librerías y a los kioscos. Tip y Coll pudieron bromear sobre el tema en su librito Tipycollorgía, en 1983, y Paco Umbral no tuvo mayores problemas para comparar a Carrero con un cometa en A la sombra de las muchachas rojas (1981):

 “La televisión ponía todo el rato música arcangélica y daba partes periódicos sobre la trayectoria seguida por el cuerpo del presidente del Gobierno, observado en su periplo de todo un día por los telescopios gigantes de Robledo de Chavela, bases yanquis de Canarias, Observatorio Astronómico de Madrid (…). La gente andaba por la calle mirando para el cielo, como debió andar, efectivamente, cuando el cometa Halley, y ahora el cometa Carrero nos tenía a todos con la tortícolis puesta, en un descabezamiento colectivo como pintado por Magritte. (…) Empezó a reunirse personal en las azoteas, todo el mundo tenía un catalejo de su abuelo, de mirar a distancia el desembarco de Alhucemas, y acababan sacándolo”.

Qué humor tenía Paco. Umbral, claro, no Franco. En fin, ya ven… cuatro décadas después de aquello, mientras algunos hablan de la necesidad de hacer una segunda transición, vemos cómo se deterioran a pasos agigantados buena parte de los derechos adquiridos en la primera. Y resulta que lo que a nivel de calle es sencillamente normal, está perdiendo la categoría política y jurídica de normal. Y a una estudiante de 21 años le piden cárcel por hacer chistes sobre el asesinato de Carrero Blanco. Algo habrá que hacer. Humor, por ejemplo. Aunque el momento exige tener altura de miras. No vaya a ser que lo que subió hace cuarenta años baje ahora y nos aplaste.

(1)   Anasagasti, Iñaki, Jarrones chinos, La Esfera de los Libros, 2014.

(2) Eser, Patrick, “¿Imágenes dialécticas? Representaciones visuales del événement aleatoire “Operación Ogro”, en  Marco Kunz, Rachel Bornet, Salvador Girbés y Michel Schultheiss (eds.), Acontecimientos históricos y su productividad cultural en el mundo hispánico, LIT Ibéricas 7, 2016, pp. 293-320.

EL FORDISMO DE LA DESINFORMACIÓN

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Decía Julio Camba, hace ya casi un siglo, que el principio rector de la industria americana era estandarizar a los hombres para poder estandarizar las mercancías. Lo malo de la lógica industrial es que puede aplicársele a cualquier cosa. Hasta al asesinato de masas y la limpieza étnica, como hicieron los nazis, o al secuestro, como hicieron algunos chechenos a finales de los años noventa. Hoy no queda casi nada que no pueda considerarse mercancía y ser objeto en consecuencia de una explotación industrial. El proceso de estandarización se ha ido extendiendo como un cáncer, con voluntad totalitaria, hasta el último rincón de nuestras casas y de nuestras vidas. Se han estandarizado los cuerpos, los sentimientos, las ideas, las relaciones, el arte y hasta el humor. Exhibimos trozitos de vida hechos a molde en las redes sociales, adoramos a personas prefabricadas por las industrias audiovisuales y, lo que es acaso más peligroso –o simplemente más de lo mismo-, reproducimos los esquemas de pensamiento simplistas que nos trasladan la mayor parte de los medios de comunicación.

Y así andamos, metidos en una suerte de fordismo de la estupidez. La receta universal, el patrón que articula la producción en serie de noticias, es lo políticamente correcto. Atenerse a lo políticamente correcto implica moverse dentro de un terreno de juego de límites prefijados y plagado de lugares comunes, apelando siempre a sentimientos universales y a un buenismo más o menos acrítico. Es limitante pero tiene sus ventajas: para empezar uno se asegura de no molestar a nadie, o cuando menos de no molestar a nadie con poder, lo cual puede traducirse sin ir más lejos en el mantenimiento de tu puesto de trabajo. La información de consumo rápido no invita a pensar y, en no pocos casos, ni siquiera informa, pero tiene sin embargo la virtud de entretener, aunque más en su acepción de “distraer” que en la de “divertir”.

El mercado de la información ha conseguido que equivoquemos abundancia y diversidad. Sucede un poco como con el mercado –o el mercadillo- de la política: la existencia de muchos partidos no implica la existencia de muchos modelos políticos, pero tendemos a maximizar las diferencias reales entre los partidos precisamente porque no se deja hueco para auténticas alternativas que se sitúen fuera del sistema socioeconómico imperante. Me arriesgaré a plantearlo con una metáfora. Imaginemos que estamos frente a una fila de diez personas ordenadas en función de su altura; de más baja a más alta. Es noche cerrada y disponemos de un foco fijo que solo ilumina a las dos personas que se encuentran en el centro de la fila, por lo que inmediatamente consideraremos a uno de ellos el “alto” y al otro el “bajo”. Tendremos, necesariamente, una percepción agigantada de la diferencias entre ambos. Una percepción sesgada. Sin embargo, si nos prestasen varios focos más que nos permitieran ver la fila en su conjunto, dejaríamos de percibir a los dos individuos anteriores con base en su diferencia de altura y subrayaríamos más bien su similitud, dada su posición correlativa y central dentro en la fila.

Algo así pasa en nuestra política y algo así pasa, también, con la información que recibimos diariamente y en cantidades ingentes –hay quien habla de infoxicación– a través de medios de comunicación que consideramos muy diferentes pero que, en muchos casos, están iluminados por el mismo foco y nos presentan noticias moldeadas con la misma horma.

Mantener el foco inamovible exige, claro está, ciudadanos complacidos y complacientes con esa horma. Así que, retomando la cita de Camba, para poder estandarizar las mercancías informativas es necesario estandarizar a los receptores de la información, a nosotros, lo que mutatis mutandis viene a ser lo mismo que idiotizarnos. Para explicar cómo se produce este fenómeno, la politóloga Elisabeth Noelle-Neumann formuló la “teoría de la espiral del silencio”: los medios de comunicación de masas producen opinión pública y las personas, percibiendo que una determinada opinión está más extendida en el espacio público, tienden a reproducirla y a silenciar (y condenar) aquellas opiniones que no coinciden con las que creen dominantes. Los medios más ligados al sistema tienen, como es obvio, muchas más facilidades para crear estados de opinión que se perciban como dominantes, haciendo que los discursos que provienen de los márgenes del sistema sean invisibilizados y denostados.

Y en esas estamos. En la producción en serie de mentiras de sabores, simplificadas y fáciles de digerir. De información light, cortada a la medida de consumidores que construyen y reafirman su individualidad hacia afuera y apenas le prestan atención a sanearse por dentro, que buscan la diferencia a través de imágenes de marca y productos personalizados pero no tienen mayor problema en portar ideas sobadas y baratas, que en enero no se apuntarán a ninguna biblioteca para quitarse esos prejuicios de más, porque los prejuicios no salen en las fotos. Que lo cuestionan todo menos a sí mismos.

Pero en fin, qué importa ahora todo eso. Sonriamos. Seamos felices. Porque es época de disfrutar de lo bonito de la vida y de aparcar los problemas. Porque ya es Posverdad en El Corte Inglés.

*La viñeta que abre el artículo es obra del caricaturista colombiano Alfredo Garzón.

FERNANDO TRUEBA Y LO DE SENTIRSE ESPAÑOL

Coronel Dax: No soy un toro, mi general. No me ponga delante la bandera de Francia para que embista

General Mireau: No me gusta que compare la bandera de Francia con un capote de torero (…) Quizá esté anticuada la idea de patriotismo, pero donde hay un patriota hay un hombre honrado

Coronel Dax: No todos opinan así. El doctor Johnson decía algo muy distinto sobre el patriotismo (…) Dijo que era el último refugio de los canallas

    Senderos de gloria (Stanley Kubrick, 1957)

 

Esto es solo una opinión personal. No podría ser de otra forma, porque si algo tienen las identidades es precisamente eso, que son construcciones personales, por más que algunos se empeñen en reducirlas a cuatro consignas y un par de símbolos. La identidad es el resultado de una intersección compleja, de una suerte de reacción química entre nuestra experiencia, nuestras lecturas, nuestras relaciones, nuestra forma de entroncar con el pasado y de mirar al futuro, etc. Factores todos que se entremezclan, se retroalimentan y definen un Yo que está –o debería estar, si mantenemos una mínima permeabilidad- en constante evolución.

Estos días ha tenido mucha presencia mediática el boicot a la última película de Fernando Trueba. A mí, vaya por delante, la película de Trueba me interesa poco o nada, pero que se emprendan cacerías contra alguien por manifestar que no se siente español me parece bochornoso. La “españolidad” que defienden algunos proviene, como cualquier sentimiento patriótico, de la invención de tradiciones y de una mirada selectiva de la historia. No creo que esto sea criticable per se, porque en la práctica toda construcción identitaria tiene mucho de ambas cuestiones, pero lo que sí es muy criticable es la pretensión constante de imponernos una visión unívoca del espíritu nacional. El discurso público del Estado intenta meterse con calzador en el ámbito privado. Y miren, por ahí no.

“En el momento en que considera su pasado, el grupo siente claramente que ha seguido siendo el mismo y toma conciencia de su identidad a través del tiempo”, decía Maurice Halbwachs. Pero cada cual es muy suyo, como mínimo, de elegir cuál es su grupo. Los himnos, las banderas, las fiestas de guardar, los monarcas y las victorias militares pretéritas que algunos pretenden hacernos tragar como pruebas irrefutables de una identidad natural e incuestionable, no son más que referentes construidos. Es al menos tan lícito que Aznar se mire orgulloso en el espejo del Cid Campeador como que otros opten por reivindicar el ejemplo de un jornalero andaluz cenetista de principios de siglo, que luchaba por una sociedad más justa desde presupuestos con toda evidencia muy alejados de patrias y estados nacionales.

Es sorprendente la escasa tolerancia que hay en una sociedad que se dice democrática al cuestionamiento del frasco de las esencias de la Nación o del propio Estado. Desde algunos sectores se pretende extender una suerte de monopolio identitario que solo sabe gestionar los debates remitiendo a cuestiones de ámbito legal –“la Constitución dice”, “en tu DNI pone”- o recurriendo directamente a la descalificación.  Porque, se habrán fijado quienes utilicen con alguna frecuencia las redes sociales, la sustitución del argumento por el insulto es uno de los patrimonios de cierto tipo de patrioterismo. Las banderas surgieron, entre otras cosas, para orientar a la soldadesca en la batalla, y como apuntaba Dax en Senderos de Gloria hoy se emplean frecuentemente como capotes que algunos embisten movidos por un odio ciego.

A Trueba lo acusan de cobrar subvenciones del Estado y decir luego que no se siente español. Como si las arcas del Estado no se nutrieran del trabajo de gentes que se sienten de veinte millones de formas distintas, que se sienten exactamente como les da la gana. ¿Hasta qué grado de paroxismo llegaremos? Quizá un día de estos veamos a un torero afearle a un anciano anarquista que cobre su pensión: “Mucho criticar a España, pero bien que arrampla usted mensualmente con los frutos de pasarse media vida pagando impuestos”. Cualquier cosa es posible cuando no se saben –o no se quieren- diferenciar los componentes emocionales y personales de la identidad, de la realidad jurídica y legislativa en la que uno desarrolla su existencia. Una realidad, por cierto, que no pocos de los que aparecen permanentemente envueltos en una bandera rojigualda se pasan luego por el forro. “Hay que aprender no para saber más que el otro, sino para saber más del otro”, decía hace unos meses Eduardo Aute en una entrevista. Sea.

CUARTANGO, INDA Y LA ENFERMEDAD DE SUÁREZ. UNA OPINIÓN A VUELAPLUMA.

Adolfo Suárez hizo su última aparición pública en 2003, con ocasión de la candidatura de su hijo a la presidencia de Castilla-La Mancha por el Partido Popular. En aquel momento su enfermedad –posiblemente un mal de alzhéimer- ya era evidente, aunque su familia no la hiciera pública hasta 2005. Es difícil precisar cuándo empezó la degeneración neuronal del ex presidente del Gobierno, si bien en ocasiones se ha apuntado que sus más allegados habían empezado a notar algunos síntomas en la segunda mitad de la década de 1990.

En esa fecha poco clara de inicio de la enfermedad es en la que se excusan el actual director de El Mundo, Pedro García Cuartango, y el periodista Eduardo Inda para tratar de desacreditar unas declaraciones de Suárez en 1995 que parecen cualquier cosa menos producto de una demencia. Cabe recordar que después de esa fecha Suárez todavía daría un buen número de conferencias, entrevistas y discursos bastante lúcidos, sin ir más lejos al recoger el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia en 1996. Que sepamos, ni a Cuartango ni a Inda, ni al resto de españolitos de a pie, les resultaban evidentes sus síntomas por aquel entonces.

Lo que apunta Adolfo Suárez en el famoso fragmento de la entrevista con Victoria Prego es perfectamente factible, y encaja bien con los análisis historiográficos sobre el proceso de construcción de una nueva legitimidad para la Monarquía durante la transición –no se olvide que al iniciarse la transición, el Rey contaba únicamente con la legitimidad que le conferían la designación por parte de Franco y la LOE de 1967-. Pero en cualquier caso, y más allá de esto, lo que es evidente es que ni Cuartango ni Inda tienen autoridad ninguna para desmentir a Suárez. Precisamente por eso recurren de forma tan miserable al argumento de su enfermedad. Su opinión, y la memoria personal de la transición a la que apelaba Cuartango en su artículo de ayer  –un Cuartango que tenía 20 años y era redactor en Cáceres cuando se aprobó la Ley para la Reforma Política-, no pintan nada en este asunto. El testimonio oral de Suárez sobre los condicionantes que rodearon a la  elaboración y aprobación de la LRP en 1976 es de la mayor validez, tanto por el papel protagonista que tuvo el entrevistado en aquel proceso como por su carácter de confesión privada. Si quieren desmentirlo tendrán que hacerlo con base en documentación de época suficientemente sólida, y sospecho que lo van a tener difícil.

LA AGENCIA DE COLOCACIÓN DE MIEDOS

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Ya no se respeta ni el orden de los factores. La abuela dice que antes, por lo menos, te llegaba primero la mierda y luego ya te preocupabas tú de buscar dónde meterla. Eran otros tiempos. Ahora nada más salir del hospital, hale: le plantan a uno un orinal debajo de la axila. Así, como si fuera un termómetro. Un enorme orinal vacío. “Aprieta bien fuerte hijo, no se te vaya a caer”, te dicen. “¿Y esto para qué servirá?”, piensas tú.  Pero luego te acostumbras, porque a todo se acostumbra uno: a la corrupción, a la muerte, a las canciones de Camela, a los orinales vacíos que te plantan debajo del brazo en los hospitales nada más nacer como si fueran termómetros.

Al principio no te das cuenta de lo del miedo. Es una de esas cosas que andan por ahí, pero a ti no te interesan ni lo más mínimo. Como cuando mirabas por la ventanilla del coche en los viajes largos y tu padre trataba de explicarte por qué aquellas hierbas amarillentas eran trigo y no cebada ni centeno. Y tú solo pensabas: “Cuando lleguemos a la playa voy a coger un cangrejo y lo voy a llamar Skeletor”. Qué sé yo. El miedo también es un cultivo amarillento, aunque eso nadie te lo explica. Lo siembran por todas partes pero no se sabe muy bien cómo. Algunos dicen que ponen semillas dentro de las personas, y que luego el miedo crece y crece hasta que al final en vez de una persona con una semilla de miedo tienes un miedo con una cara de persona. Te los cruzas todo el rato. En los ascensores, en las escaleras mecánicas, en la calle, en los bares. A veces te miran y te sonríen, para disimular. Por eso es tan difícil distinguirlos, por culpa de esa manía democrática de la biología de meter treinta y dos dientes en cada boca. Menudos bodrios te cuelan con una buena sonrisa. Ni siquiera yo, que llevo analizando miedos desde los trece años, soy capaz de diferenciarlos si sonríen. Solo se les reconoce bien cuando les da por decir algo. Entonces sí. Empiezan a escupir canguelo y te lo ponen todo de un perdido que luego no se va el sucio ni aunque lo friegues con lejía. Se lo dije a mi prima Desi la otra tarde, que salió un miedo con cara de muñeco de los chinos en una tertulia de la tele: “Mira ese. Un miedo clásico. A ver quién es el guapo que limpia eso luego”, le dije. Ella asintió: “Seguro que lo limpia una guapa. Los guapos nunca limpian nada”. Está muy feminista, mi prima Desi.

Hay quien dice que es al revés, que no le echan el miedo a la gente, sino la gente al miedo. Así como suena. Que le echan una persona dentro al miedo y la persona va y se disuelve como una pastillita efervescente o un azucarillo. Esos miedos ya no tienen cara de gente ni sonrisa ni voz de gente ni nada, y los pueden embotellar, o envolverlos para regalo, o ponértelos en un tupper para llevar. Un día lo mismo te despistas, pegas un sorbo en vaso ajeno, y en un periquete es agarrársete un miedo al pecho como un catarro de los malos. Como llevan gente disuelta dentro, empatizas que no veas. Porque los miedos no existen hasta que te los coges tú, pero luego parece que hayan sido tuyos de toda la vida. Qué complicidad, qué sincronía, qué forma de complementarse con uno. No es como cuando heredas el jersey de tu hermano mayor y te sobran tres tallas, qué va. Es cogerte un miedo y oye, que te queda como guante. Tener un miedo hecho a medida es cómodo porque ya no tienes que preocuparte por nada. Un miedo es como tu madre cuando tenías 12 años: ya se encarga él de hablar por ti, de tomar las decisiones importantes, de decirte cómo tienes que vestir y con qué gente puedes salir, y de castigarte si te desmadras. Es un vínculo muy bonito.

Entonces, hay miedos disueltos en la gente y gente disuelta en los miedos, y miedos que hablan a través de la gente y gente que habla a través de sus miedos. O algo así. Tampoco me hagáis mucho caso. Si es que es un lío, y a mí lo que de verdad me ha preocupado de siempre es quién se encarga de diseñar los miedos, de cultivarlos, de embotellarlos o de echártelos en la sopa. A ver, que ya sé que no todos los miedos son iguales. Algunos están ahí desde que el mundo es mundo y simplemente te tropiezas con ellos, te caes de morros y te partes la jeta contra la acera. Son miedos de serie. Esos no los fabrica nadie, aunque siempre ha habido listos ganándose la vida a base de cambiarlos de sitio. Tener el monopolio para colocar los miedos de serie donde le dé a uno la gana es un negocio bastante apañado. De repente una mañana lo mismo estás dando un paseo por el Retiro, o haciendo la compra en la frutería de la esquina, y te plantan un miedo ahí en medio que no hay quien pase. Y tú claro, entre la indignación y la sorpresa: “¿cómo esto ahora? si no tocaba”. Pero al final te toca pasar por el aro y hale, a negociar. Que si “¿piensan ustedes mover el miedo un poco o nos vamos a pasar aquí la mañana discutiendo?”, que si “a mí no me amenace”, que si “no sabe usted con quién está hablando”… El caso es que como uno no es muy de discutir, y por lo de que no llegue la sangre al río, y porque tienes mil cosas que hacer esa mañana que vaya cómo está la vida de estreses, acabas firmando una hipoteca para pagar el miedo a plazos. No falla.

Luego están los miedos de diseño. Esos te los cuelan a cosa hecha, con premeditación, nocturnidad, alevosía y todas esas cosas que salen en las series policiacas americanas. Te los dibujan, te los siembran y de repente ¡zas!, te los encasquetan. Todos los países tienen su agencia de diseño, cultivo, recolección y venta al por mayor de miedos, encabezada por gente muy seria, muy bien peinada y mejor vestida, con másteres en universidades extranjeras que solo puedes pronunciar bien si tienes la boca llena. Los colocadores profesionales de miedos dicen cosas que parecen de tu idioma pero que en realidad no lo son, como “activos ocultos”, “ajuste de gastos”, “devaluación competitiva de los salarios”, “uso proporcionado de la fuerza” o “liberalización del mercado laboral”. Son los encargados de cultivar el miedo y, cuando menos te lo esperas, te lo bautizan, te lo visten, te lo maquillan para salir de fiesta y te lo esconden en el cestillo del pan o te lo plantan en la puerta de tu casa. Llaman al timbre y salen corriendo, los muy cabrones. Tú abres por educación y entonces ya estás perdido.

Eso fue lo que me pasó a mí. Abrí la puerta y ahí, patas arriba, me encontré con un miedo monísimo que me miraba como si no hubiera roto nunca un plato. Sujetaba un cartelito en Times New Roman que ponía: “Tener miedo es sensato. El miedo te ayuda a estar alerta.  Abraza a tu miedo”. ¡Ay, mira, con lo que soy yo para los abrazos! El caso es que te abandonan ahí al miedo y, sin comerlo ni beberlo, de repente es responsabilidad tuya. Porque claro, en la calle no lo vas a dejar, con el frío que hace. Que no somos animales. La parte buena es que los miedos te los suelen mandar con un librito de familia muy bien editado, de tapa dura y todo, repletito de estadísticas. Así por lo menos se siente uno más seguro, sabiendo que le ha tocado un miedo con estudios. Hoy en día casi todos los miedos tienen su estadística. Un miedo sin porcentajes es un miedo pobre, anticuado. Un miedo asustaviejas. Las abuelas se peinan con laca Nelly y los miedos se peinan con números, eso es así. La tasa de paro, el índice de temporalidad en el empleo, la esperanza de vida media,  las probabilidades de éxito, el capital riesgo… Hasta los miedos más tradicionales se están adaptando a los nuevos tiempos. A mi vecina Puri, por ejemplo, le llegó el otro día un miedo rubito que venía con un análisis multivariable muy sesudo de un señor de los States, de una universidad de esas pomposas, en el que decía que un ser humano cualquiera tiene un 0,0001% de posibilidades de encontrar una pareja sentimental perfecta a lo largo de su vida. Menudo drama tienen montado en la familia desde que le llego a la Puri el miedo rubito. El marido, Ernesto, anda obsesionado con que la Puri le mira raro, y está en que algo tendrá que ver con que el 35% de los hombres y el 26% de las mujeres le hayan sido infieles a su pareja alguna vez. Y la Puri que no, que no se haga líos. Y los dos con la mosca detrás de la oreja porque el amor dura tres años y ellos llevan juntos lo menos nueve. Un drama lo de la Puri y el Ernesto, de verdad. Un dramón.

En fin. El caso es que a mí el miedo que me dejaron a la puerta de casa se me tiro al cuello a la que vio un poco de hueco. Y oye, al principio bien, porque yo soy muy de abrazos, pero últimamente ando con una tortícolis horrorosa. Desde que ha llegado a casa ya no puedo hacer casi nada. No he vuelto a tocar la guitarra, ni a acostarme a las tantas, ni a beberme una copa de vino de más, ni a comer hidratos de carbono los días de diario, ni a ponerme a bailar en el parque en el camino de vuelta del trabajo. Me tiene controladísimo, y teniéndolo ahí colgado del cuello como un koala todo el día como que no me suelto. Menuda presión. Una vez que me fui cuatro días a Peñíscola intenté quitármelo de encima, sobre todo porque no quería que se me quedasen las marcas del miedo en el moreno. Me puse serio como un árbol, pero nada, que no hubo manera. Y oye, al final me he acabado acostumbrando. Le he cogido cariño, qué queréis que os diga. Lo mismo si me empeño mucho en quitármelo luego se me queda ahí un vacío y es peor. Que más vale miedo conocido… Además, la verdad es que a mí me ha tocado un miedo muy autosuficiente. No me tengo que preocupar de darle de comer ni nada, ya venía enseñadito de fábrica. Y por fin he descubierto para qué sirve el orinal vacío que nos plantan debajo del brazo en el hospital nada más nacer como si fuera un termómetro. ¡Que no es para nosotros, que es para los miedos! Los de la agencia de diseño y venta de miedos otra cosa no, pero la verdad es que previsores son un rato. El caso es que mi miedo hace sus necesidades en el orinal y luego, cuando le parece bien, se las come. Y vuelta a empezar. Eso es lo único que puedo deciros con seguridad: que algunos miedos se alimentan de su propia mierda.

*Imagen: “Golconda”, René Magritte.

 

SOBRE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y PABLO IGLESIAS SUBIÉNDOSE AL POYO

En un artículo publicado en 1896 en el periódico La Justicia, Miguel de Unamuno recogía la siguiente parábola:

“En un pueblecillo de 200 personas hay un ladrón y lo saben los 199 restantes. Se lo dicen al oído o en corrillos, los unos a los otros, y no por ello retiran al ladrón su trato, su respeto acaso. Pero sucede que un día, estando reunido el pueblo todo en la plaza, se sube uno a un poyo y anuncia que tal es un ladrón: se cuaja el hielo y ha recibido el acusado golpe de gracia.

Y es que la conciencia pública es algo más que una suma o mera mezcla de conciencias individuales, es una combinación química de ellas.”

A veces no basta con que todos sepamos o intuyamos algo. La acción, y la toma de conciencia que la precede, necesita que todos sepamos que todos lo sabemos. Ayer Pablo Iglesias apuntaba en el Parlamento: “Yo les recomiendo a sus señorías del Partido Popular que cuando se pronuncie en este hemiciclo la palabra delincuentes, ustedes se callen”. En la bancada azul Dolores de Cospedal murmuraba un “sinvergüenza”. Habrase visto. Venir a nuestra casa a decirnos las verdades a la cara. La derecha sigue sin acostumbrarse a la presencia de Podemos en el Congreso: le molestan las formas de calle, que hablen como si estuvieran en el salón de su casa, que suban al estrado en mangas de camisa y se atrevan a llamar a las cosas por su nombre en el templo más sagrado del culto a las apariencias.

No es que Podemos sea santo de mi devoción. Respeto mucho a quienes creen en su proyecto, especialmente a sus bases, pero no es lo mío. El modelo de partido jerárquico y con liderazgos estables, la temprana traición a unos planteamientos supuestamente asamblearios, el digodieguismo y los principios sacrificados en el altar del “realismo” y la “sensatez”… no contribuyen precisamente a que cambie de opinión. Tampoco soy de los que creen que se pueden promover cambios de fondo desde unas instituciones diseñadas por el liberalismo para perpetuarse. Pero sucede que en Podemos, a veces, tienen razón. A veces se atreven, todavía, a enfrentarse al discurso de lo políticamente correcto canonizado por el establishment mediático. A subirse al poyo, como aquel tipo de la fábula de Unamuno, y apuntar al ladrón.

Ayer Pablo Iglesias también se atrevió a señalar a los grandes medios de comunicación, aunque estuvo creo mucho menos acertado al afirmar que hacen el ridículo con sus manipulaciones. Desgraciadamente las manipulaciones mediáticas –y los silencios, a veces tanto o más significativos que aquellas- calan hondo en gran parte de la población y es necesario denunciarlas de la forma más seria y sistemática posible. A mi parecer, si ayer uno de los peligros de los medios estribaba en su finalidad económica, que les llevaba a darle al pueblo lo que quería leer -fomentando así sus prejuicios en lugar de cuestionarlos-, hoy se le ha dado una peligrosa vuelta de tuerca a esa situación. Ahora, manejados y dirigidos por grandes multinacionales con intereses mucho más complejos que la mera obtención de unos buenos datos de audiencia o de un gran número de lectores, la función de los grandes medios ya no es tanto darle al público lo que quiere como decirle lo que debe querer. Hoy muchos de esos medios parecen fabricados a molde y la dignidad informativa sobrevive como excepción en los márgenes del sistema. Aunque cabe saludar el lenguaje claro y el cuestionamiento de los relatos de lo políticamente correcto, sigue siendo urgente que se promuevan más espacios de diálogo libre, comprometidos con informar y no con dar forma, con el análisis profundo y serio de la realidad y no con la superficialidad, el curioseo, el sensacionalismo, la sobredosis de sucesos y los lugares comunes.

No sé cuánto tiempo le durará a Pablo Iglesias esta actitud, ni ignoro que una vez metidos en el juego de la partitocracia ésta tendrá mucho de mercadotecnia. Muy posiblemente el líder y su partido acabarán acomodándose cada vez más –todavía más- a las formas de la vieja política, y es probable que dentro de unos años, cuando entrevisten a Iglesias para algún documental, eche las maneras directas y retadoras de estos días en el saco de los pecadillos de juventud en el que ha ido metiendo ya algunas otras actitudes de su pasado. Pero mientras tanto, y aunque la cosa se quede en un pequeño instante de regocijo en el sofá y luego uno vuelva a caer en la cuenta de lo mucho que les separa a ellos de nosotros, me voy a alegrar por la introducción de este tono callejero en el Parlamento. Porque, como diría Krahe, no todo va a ser follar.

CONSEJOS PARA ESCRIBIR UN POEMA

Si resbala un verso desde la fiebre,

cúbrelo con varias mantas hasta que rompa a sudar.

 

Si se cuela un verso entre los sueños,

átalo a una pata del escritorio nada más despertarte.

 

Si se desprende un verso mientras le pasas un trapo

a lo que fue o a lo que nunca ha sido,

hazle tres o cuatro fotografías desde distintos ángulos

y guárdalas durante un tiempo en cajones diferentes.

 

Si tiras un verso sin querer mientras colocas la compra,

y se cae al suelo y se rompe y apenas quedan unas palabras sueltas,

entablíllalo, véndalo fuerte y salta sobre él a la pata coja

a ver si aguanta.

 

Si chocas con un verso por accidente durante un paseo por el campo,

deja que te baje por el cuerpo y al llegar a casa,

descálzate con cuidado el pie izquierdo,

vuelca el zapato sobre una mano

y separa el verso del resto de chinas del camino.

 

Si se te escapa un verso como un gemido,

en medio de una película, de un libro o de una canción,

aspira con fuerza y devuélvelo dentro,

bebe mucha agua y haz ejercicio para que crezca

y córtalo solo cuando empiece a enredarse entre tus labios.

 

Si te quema un verso durante un telediario,

tápalo con papel de plata y mételo en el frigorífico:

es la cena de mañana y hoy toca barrio.

 

Y si se te engancha un verso mientras das un beso,

y te araña las tripas como un gato asustado,

olvídate del verso:

ES-TÁS DAN-DO UN BE-SO.

 

A partir de aquí todo es más fácil:

ya solo tienes que tirar del tapón y seguir al verso por el desagüe,

atarle un hilo al verso y jugar al yoyó

o soltarlo desarmado en el laberinto de Creta,

meter al verso en casa y verlo revolotear y darse golpes contra las paredes

hasta encontrar la única ventana abierta,

sentarte en una terraza con buenas vistas y dejarlo gotear de todas las macetas.

 

A estas alturas puede que ya tengas un poema.

 

En tal caso córtale las venas y tíralo al mar

para que los tiburones lo rebañen hasta los huesos,

clava el poema en lo alto de una montaña

y que el viento desnude sus entrañas de granito,

ponlo de patitas en la calle en medio de una tormenta

o déjalo crecer en los jardines municipales

y recógelo después de que lo pode un empleado del ayuntamiento.

 

Evita:

escurrirlo como una bayeta,

exprimirlo con aparatos eléctricos,

muscularlo con esteroides,

afeitarlo.

Si lo envuelves con plásticos para que no se oxide

terminará asfixiándose;

si lo metes en una cesta recubierta de pez y lo echas al río

acabará olvidando de dónde viene.