Hacernos casa

Yo no quiero que huyamos

lejos del mundo,

construir un templo alrededor tuyo

y elevarte luego a los altares.

 

En cualquier lugar podemos

plantarle suelo a un trocito de cielo,

mirarnos raso,

encender un fuego,

poner a secar la ropa y hacernos casa.

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Resbala espesa la memoria

Resbala espesa la memoria por las paredes de la vida;

derretida gotea sobre el presente.

Se solidifica luego. Cruje.

Se parte la memoria por los sitios de siempre:

años-de-vidrio-que-se-hacen-añicos

contra el suelo.

El olvido se anuncia como un carnaval de sombras.

 

Los nombres desaparecen antes que las caras.

Las fechas, los paisajes, las escenas…

Todo desaparece antes que las caras.

El olvido corroe verdades y pieles. Pulsaciones y aire.

Quedan huérfanas las caras,

huesecillos en medio de un bodegón de estereotipos.

Clausurada la sala eluden mirarse a los ojos:

ninguna reconoce haber participado en la fiesta.

 

Gotea la memoria, espesa, sobre la vida.

Dibujando contornos, haciendo burbujas, dejando huecos.

Se solidifica luego, pero no parte:

molde sobre el que copiarnos los vacíos.

El olvido se anuncia como una sinfonía de agujeros.

 

Vendrá el optimista con el último recuerdo,

a decirnos que el horizonte más negro era solo un puntito

en el que habíamos dejado empeñada la vista.

Vendrá el optimista  cuando ya no queden

aire ni pulsaciones ni pieles ni verdades…  Ni caras.

Vendrá a pedirnos que retiremos los ojos

cuando ya estemos ciegos y solo busquemos

un misterio sencillo como un cuerpo desnudo.

CONTINGENCIA

Cuando después de no ser me hice

presente de ojos y de manos,

en ese preciso lugar,

en aquel instante precioso para algunos,

invisibles cargas a mi infantil espalda

y un suelo estricto sobre el que aprender a desplazarme.

 

Esperaba el mundo entero en una habitación cuadrada,

entechada de futuros y luces artificiales,

un puñado de caras sonriendo

por emoción o por protocolo laboral,

omnipresente el llanto

y la desnudez arropada por un juego de pupilas.

 

La primera casualidad: haber nacido.

 

Piel recién estrenada y ya siempre baja de defensas,

una cama,

una madre,

y una puerta…

Y una boca.

 

Las cosas claras desde el principio.

Arqueólogos de lo invisible

Me acabo de estrellar contra unos cuantos poemas viejos, sabe dios de cuándo. Voy a poner uno que no me ha producido excesiva vergüenza. En realidad no tenía título. Ahí va:

 

Arqueólogos de lo invisible,

excavábamos en aquel vacío

con la tranquilidad de que nada

habría de romperse

y el consuelo de una limpieza totalitaria,

de un olor repetido a tradición familiar

y a desinfectante.

Nos quedaba, apenas, el lenguaje.

Hacíamos funambulismo por sus equinas sucias,

nos agarrábamos a él

como se agarran al aire los defenestrados,

con manos nerviosas y urgentes,

con manos que buscan y acaban rotas sobre la acera.

­

Gritaban de pánico los viandantes.

CONSEJOS PARA ESCRIBIR UN POEMA

Si resbala un verso desde la fiebre,

cúbrelo con varias mantas hasta que rompa a sudar.

 

Si se cuela un verso entre los sueños,

átalo a una pata del escritorio nada más despertarte.

 

Si se desprende un verso mientras le pasas un trapo

a lo que fue o a lo que nunca ha sido,

hazle tres o cuatro fotografías desde distintos ángulos

y guárdalas durante un tiempo en cajones diferentes.

 

Si tiras un verso sin querer mientras colocas la compra,

y se cae al suelo y se rompe y apenas quedan unas palabras sueltas,

entablíllalo, véndalo fuerte y salta sobre él a la pata coja

a ver si aguanta.

 

Si chocas con un verso por accidente durante un paseo por el campo,

deja que te baje por el cuerpo y al llegar a casa,

descálzate con cuidado el pie izquierdo,

vuelca el zapato sobre una mano

y separa el verso del resto de chinas del camino.

 

Si se te escapa un verso como un gemido,

en medio de una película, de un libro o de una canción,

aspira con fuerza y devuélvelo dentro,

bebe mucha agua y haz ejercicio para que crezca

y córtalo solo cuando empiece a enredarse entre tus labios.

 

Si te quema un verso durante un telediario,

tápalo con papel de plata y mételo en el frigorífico:

es la cena de mañana y hoy toca barrio.

 

Y si se te engancha un verso mientras das un beso,

y te araña las tripas como un gato asustado,

olvídate del verso:

ES-TÁS DAN-DO UN BE-SO.

 

A partir de aquí todo es más fácil:

ya solo tienes que tirar del tapón y seguir al verso por el desagüe,

atarle un hilo al verso y jugar al yoyó

o soltarlo desarmado en el laberinto de Creta,

meter al verso en casa y verlo revolotear y darse golpes contra las paredes

hasta encontrar la única ventana abierta,

sentarte en una terraza con buenas vistas y dejarlo gotear de todas las macetas.

 

A estas alturas puede que ya tengas un poema.

 

En tal caso córtale las venas y tíralo al mar

para que los tiburones lo rebañen hasta los huesos,

clava el poema en lo alto de una montaña

y que el viento desnude sus entrañas de granito,

ponlo de patitas en la calle en medio de una tormenta

o déjalo crecer en los jardines municipales

y recógelo después de que lo pode un empleado del ayuntamiento.

 

Evita:

escurrirlo como una bayeta,

exprimirlo con aparatos eléctricos,

muscularlo con esteroides,

afeitarlo.

Si lo envuelves con plásticos para que no se oxide

terminará asfixiándose;

si lo metes en una cesta recubierta de pez y lo echas al río

acabará olvidando de dónde viene.

EXISTIR

Existir es un ruido de fondo

sobre el que me suspendo

atrapado

a la orilla del tiempo.

 

Desde la quietud me veo pasar,

como un árbol que contempla

la fotografía de un río desde la ribera.

 

Con el deshielo primaveral,

o con las peores nevadas del invierno,

el río se despierta nervioso

y me acaricia el agua

la base del tronco.

 

Me lame suave,

como la amenaza de saberse al menos

la mitad de algo,

y después escurre la verdad por las raíces

hasta la nada de la que chupo lo cotidiano.

 

Otras veces el agua trae a la orilla

desperdicios de otras vidas,

excedentes de producción,

jaulas oxidadas o palabras nuevas con las que entretenerse.

Las sequías veraniegas fabrican islas

y sobresalen del agua muebles y otros restos de mudanza.

 

Ni el agua me pudre

ni el tiempo me apaga:

sobrevivo brillante y seco,

razonablemente muerto

como todos los engaños.

 

Existo con la rigidez entrecortada

de un herido de muerte

o con la persistencia fláccida

de un cadáver aún caliente,

y entre el decorado de estarse yendo

se atreve a bailar mi conciencia algunas veces.

COHERENCIA

    Por aquí otra noche artificial, pegajosa. Larga. Otra noche delante de una pantalla tratando de explicar cosas que no entiendo. Otra noche a tiros con los pronombres. Explicarme. Explicarte. Siempre pasa lo mismo. Los nervios, el corazón bombeando cada vez más deprisa, la sangre que fluye y se hace río. Las palabras se espesan y no hay quien las cuele.

    Me pides que sea coherente. “Si me quieres, quédate”. “Si me escribes, ven a verme”. “Si me echas de menos, vuelve”. “Si deseas algo, ve a buscarlo”. “Si te vas, olvídate de mí”. Me pides que sea coherente. Me dices que soy viejo para andar pintando ojos en los márgenes de los cuadernos. Que soy joven para perder la esperanza. Que estoy en edad de sentar la cabeza. “Lo tomas o lo dejas”, me dices. “Lo hecho, hecho está”. Y luego “hay que mirar para adelante”.  Me pides que sea coherente. Pero yo solo soy un corazón muerto de sueño.

    Quieres preguntarme cosas. Vas a clavarme las pupilas esperando respuestas. Voy a encogerme de hombros. “Ya estaba así cuando llegué”. Los yogures ya estaban caducados. La cama ya estaba deshecha. El mundo ya estaba roto. “Ya estaba así cuando llegué”. Cuando entré por la puerta, lo nuestro ya era de otros.

    Tal vez si pudiera desandar el tiempo. Desdormirlo. Desllorarlo. Desquererte. Llegar hasta el primer Tampoco. Quizá un “tampoco se está tan mal”. O un “tampoco es para tanto”. O puede que un “tampoco pido demasiado”.  Descorrer el tiempo hasta el primer Todavía. “Todavía sé”. “Todavía tengo”. “Todavía podemos”. Desvivirme hasta la infancia. Tatuarme: “Mata las certezas tirándoles del pelo”; “No defenestres monstruos si no están bien embalados”; “Jamás eches de comer seguridades a una fantasía”; “Dale dos vueltas a la llave cuando salgas”.

 

 

MIRADAS

A veces explotan al volante,

minas persona a la orilla de algún semáforo.

Otras pasan silbando cerca de la sien en un paseo marítimo,

impactan con precisión de francotirador en bibliotecas y librerías

o decretan altos el fuego aprovechando la esperanza urgente de un aeropuerto.

 

Los vagones de metro son ideales para romperse las pupilas,

las pestañas se disecan en ciertas paradas de autobús

-depende de la hora y del calor-,

los trenes son trincheras,

seguridad tensa de asientos numerados y finales de trayecto,

y tienen oficina de ojos perdidos todas las estaciones:

fosas comunes de globos oculares.

 

Los cristalinos miden labios en las colas de los supermercados,

las escaleras mecánicas hacen tiritar los lacrimales,

en los patios interiores asesinan poemas los párpados, las ojeras,

y es de dominio público que el iris se abrillanta en las cafeterías

a la hora del desayuno.

 

Los museos tensan el nervio óptico,

las miradas en los parques bajan el humor vítreo hasta las piernas,

la mayor tasa de trasplantes de córnea se produce en las aceras

y el mar es aficionado a clavar pieles en la retina.

 

Los puntos ciegos son inherentes a los bares,

la esclerótica predomina en baños y cuartos trasteros,

los ligamentos sufren en las peluquerías

-donde en consecuencia es fácil dejarse los ojos olvidados-

y la pequeña luna del iris brilla especialmente en los ascensores.

 

Por todas partes hay ejércitos de ojos,

barracones, búnkeres de ojos,

mercaderes de ojos traficando

con cuerpos huérfanos de tiempo y de paciencia.

ALGÚN DÍA

Algún día tendremos que dejar de sentirnos

culpables por todo,

de probarnos futuros en otros ojos,

de desvestirnos la vida en otros cuerpos

y olvidarnos el alma colgada en el vestíbulo.

Algún día tendremos que dejar de equivocarnos

-nosotros,

que pasamos por el tiempo inflando globos

para verlos volar anárquicos

en un éxtasis de segundo y medio-,

besaremos despacio,

follaremos el tercer sábado del mes,

prepararemos los domingos la comida

para toda la semana.

Algún día nos enamoraremos de unos zapatos,

andaremos por el mundo de puntillas

por miedo a que la vida nos salpique el bajo de los pantalones,

nos peinaremos a raya,

dejaremos de colarnos en los museos

y torceremos el gesto al amanecer

viendo a los jóvenes salir de las discotecas.

Nos daremos siempre la crema solar en la piscina,

empezaremos a afeitarnos a diario,

haremos un sitio a las camisas planchadas,

a los cereales integrales,

  a los best-sellers,

        a los cinturones.

Algún día caminaremos deprisa

por los sitios de siempre,

miraremos de frente al suelo y a los problemas,

nos preocuparemos por los precios,

por el euríbor,

por el tiempo de cocción

y las horas de sueño,

por las instrucciones de lavado,

la revisión oficial del automóvil,

las calorías.

Abriremos las cartas del banco, algún día.

Algún día diremos cosas como

“ya lo entenderás cuando seas mayor”

o “qué sabrás tú de la vida”

mientras hacemos aspavientos con los brazos

como estrellas de cine mudo.

      Viviremos en blanco y negro

y recordaremos en color y en secreto

camas,

pieles,

suelos

por donde andábamos descalzos.

 

POR AQUÍ LA PRIMAVERA

Por aquí la primavera es una huida de ropa,

un brotar de sillas en la acera,

el crujido de los plásticos de los coches,

y luego pequeños detalles,

como una familia de patos enfilada por el borde de la calle,

un pajarito caído del árbol,

feriantes con rinoconjuntivitis

o el parque cada vez más lleno de gazapos.

 

Por aquí la primavera es caer en la cuenta

de que siguen vendiendo helados en el súper

y hacerse selfies con gafas de sol de colorines.

 

En el lugar del que vengo todo es distinto:

los arroyos parecen sábanas deslizándose

largos y blancos como tus piernas en diciembre,

hay rebaños de cigüeñas pastando

en praderas salpicadas por un acné de granito,

y diez vacas color canela al lado de una carreterita

que gatea inocente hacia el silencio

de jubilados al sol en los poyetes

mirándose a los ojos todavía.