AUSENCIA

Ausencia es una pesa de telar

que tensa un alma

sobre la que rebota el mundo;

 

para quien no existe,

es más fácil decir adiós

que abrir la puerta.

 

Ausencia es un molde sellado,

espacio vacío a cuya forma

se adhieren los labios fundidos

de los locos;

 

para quien no existe,

 duele menos un puñetazo

que una mano dispuesta a ser estrechada.

 

Ausencia es una noche en el desierto,

la luz de una hoguera

en la que arden los recuerdos,

certeza fría de la vida:

las señales de humo

no calientan

a los muertos.

HOMBRE HUÉRFANO DE CASA

Construye tu presencia

habitaciones,

que abandona puntual

e imperturbable

a las seis horas.

 

Da el tiempo para algún café,

para algunos paseos,

para asegurarnos de que entendemos

 lo que callamos.

 

Irremediablemente quedo,

después,

con una casa vacía.

 

“Enorme y vacía”

-me digo al despedirte-,

“toda llena de tu ausencia”

-me digo al despedirte-,

 

y la casa regalada

que me ignora

aguarda nueva

alguna planta.

EDAD DE HIELO

El hielo ha roto aguas

en Siberia,

y ha parido un mamut

perfectamente conservado.

Misha lo ha llamado babushka

y le ha acariciado una pata

con sus dedos de garabato.

 

Yo he preferido tomar distancia

y ahora peso largo sobre el frío

como los cuartos traseros de un cordero

en el mostrador de una carnicería.

 

Estoy aquí bocarriba,

congelándome,

y pienso cosas un poco tontas

seguramente.

Pienso en el avión que pasa

y en su tripulación ignorando

las cicatrices blancas que le hace al cielo;

y pienso en por qué es azul, el cielo,

en si alguien me ha enseñado a verlo así

o en si tendrá el mismo tono al final de todas las miradas.

 

Pienso también en el mamut.

Seguro que hace no mucho uno podía adivinarlo entre el hielo,

justo detrás de su propio reflejo.

Y sin embargo ahora está ahí,

inmediato,

al alcance de los dedos rechonchos de Misha.

 

Pienso en todo esto y me asusto.

 

Quizá yo también esté así un día,

desprovisto de mi armadura de hielo,

desnudo,

sitiado por mañanas derretidos y memoria líquida,

clavado en un barrizal de frases hechas

y buenos modales.

 

¿Por qué no habría de pasarme?

Al fin y al cabo el tiempo es una hoguera.

 

Podría ser que entonces alguien me mirase,

así todo blanco y fláccido y sin dientes y sin pelo,

privado del maquillaje de su reflejo,

y viese solo los cuartos traseros de un cordero

en el mostrador de una carnicería.

 

Puede que después de tanto tiempo y tanto frío

el destino apenas fuera

ser comida para perros.

 

Pero seguramente todo esto sean solo

cosas un poco tontas,

desvaríos de un pobre idiota,

y lo único importante habite en los dedos rollizos de Misha

que ahora tiran de mi pelo y señalan insistentes

la grupa del mamut.

(D)ESPACIO Y T(I)EMPO

  “Para vivir un año es necesario,

morirse muchas veces mucho

Ángel González

 

Puede que tú seas –no lo sé-

de las que alumbran años con promesas quemadas,

de las que tapan la sangre con tangas rojos,

de las que estrenan.

 

Puede que yo sea una aguja vieja -de brújula, de jeringuilla, de reloj; vieja-,

un agujero.

Admito ser de los que se abren las heridas con la vajilla de los domingos,

de los que esperan.

 

Pero nunca soy un año el mismo día.

 

Es posible –apenas, posible-

que pase el tiempo y no pase nada,

que pasemos, en definitiva  -¿qué es un año a fin de cuentas?-,

y que todos los mañanas sean ayeres televisados

inundando un tresillo sembrado de desdenes con espinas.

 

Pero tú nunca te conformes.

 

Porque debes saber –es importante-

que he asfaltado acantilados antes

para poder mirarte a golpe de miedo civilizado,

 

que para deglutir cada derrumbe pendiente

he roto ya cien veces todas tus palabras

y se me quejan las sílabas huérfanas de inventarte,

 

que te he visto descalzar los días con mimo,

deslizar los calcetines de colores hasta el talón y tirar luego de la punta,

tan delicada -¡qué talento tienes para no dar de sí la tela!-,

 

que hago balances de los silencios de tus dudas –no balances anuales, balances-

y están mis dedos anoréxicos contando siempre futuros perdidos,

restando tiempos tasados en centímetros robados de tu pelo;

soñando.

 

SIN TÍTULO

Si todas las cosas tuviesen nombre,

si pudiera pasearse entre las pasiones

como por un jardín botánico,

separarlas como quien aísla proteínas en una centrífuga

o quien hace una autopsia;

si todas las cosas tuvieran forma,

tamaño,

lugar,

tiempo…

 

Entonces, quizá, no dolerías tanto.

 

Yo podría recogerte en algún punto,

hacerte sólida,

secarme.

 

Cambiar las sábanas.

Tender la ropa.

 

Si todas las cosas tuviesen nombre y tiempo y forma y tamaño y lugar,

y el eco de ti fuese eco de ti,

y el ayer contigo fuera ayer,

y tu sombra fuese sombra sujeta

al ángulo de incidencia de la luz;

 

entonces quizá podría buscarte un sitio,

hacerte una estatua, incluso,

o ponerle tu nombre a alguna calle.

Prometería visitarte en las tardes lluviosas,

algunas primaveras,

los domingos.

 

Luego podría amueblar la casa,

comprar unas flores para el balcón,

pasear silbando por los parques,

escuchar el fútbol en la radio,

ir al cine o al teatro,

tomar café con los amigos,

leer libros de poesía en la parada del bus,

prepararme la cena a deshoras,

quedarme dormido un lunes y llegar tarde al trabajo,

mirar sin buscarle nombres a las cosas.

LA HUIDA

¿Qué dice de ti el espacio

que liberas cuando huyes?

 

¿Tus huellas en el aire que ensuciaste,

en los sofás y en las camas de hotel,

tus restos en los cuerpos que quisieron,

                                   una vez,

                                   acompañarte?

 

¿Qué cuentan de tus mañanas extintos,

sacrificados al infeliz destino que te impones,

                                     tantas neveras vacías,

                                     las estanterías estresadas,

                                     la caja de fotos viejas del trastero,

                                     los campos de concentración de cintas de cassette?

 

Te agarras familiar a las soledades y a las derrotas.

Abrazas fobias como quien tiene un tigre albino de mascota.

 

Es tu futuro fracaso oscuro objeto de deseo:

Por no caer vives en el barro.

En la suciedad no hay delirios de grandeza

y sabes que a los sueños se los duerme contando años.

 

Intentaste dejar limpia la escena del crimen:

“Yo nunca hice nada”, pensaste.

“A veces ser cobarde es de valientes”,

                                     ¿Te convenciste?

Quedaron detrás cuerpos aún calientes,

labios enterrados en cinta adhesiva,

procesiones de verdades lentas

esperando a que un día gires la cabeza.

 

                                   Huir…

                                   Huir es matar bajito.

 

Has comprado libertad con hipoteca,

has pintado ventanas en los muros,

te has condenado al exilio de ti mismo.

Pagarás necesidades a plazos

por cada grano de arena al que llamaste piedra.

 

Y sin embargo has huido.

Ya no estás allí,

                                  por el momento.

Has vuelto a ninguna parte como querías.

 

FUERA DE PELIGRO

Como correr en la luna,

a veces,

el pasado es un baúl vacío y

floto,

sueño:

vivo.

 

Camino sobre las palmas de las manos

y el mundo es un museo sin vitrinas.

Para sentir mi cuerpo

me rozo con todas las cosas,

me adapto a los relieves como agua

y muerdo formas

rocas

raíces

… labios.

 

En mi boca la tierra

sabe a tierra,

mis piernas abren cicatrices,

heridas-ventana sangrando cielos

con sabor a catedral vieja,

las telarañas son instrumentos de cuerda

y hay música por todas partes

mientras salto a la comba,

ágil,

con mis cadenas.

 

Están asfaltados todos los caminos

y no se han registrado quejas por la alarmante ausencia

de señales.

 

Me pruebo caras, viajes, vidas,

amores ajenos y desamores lejanos…

Todo encaja,

nada pesa:

existo algunos ratos cada día.

TAMBIÉN

También hacerse daño,

vomitar dolor bajo la cama,

y también acuchillarse

y abrirse hueco a tiros en el estómago.

 

Y mentirse, también,

y comer cristales rotos,

y los daños colaterales del verbo “ser” conjugado,

y los efectos secundarios del deseo

desde dentro

implosionan

duelen.

 

Aun queriendo querer,

haber querido

inhabilita.

 

También rotos mal zurcidos,

noches en blanco,

y también siempre equivocarse

y perderse,  también.

Y huir. Siempre huir.

 

Y estrellarse contra todo,

como conductores kamikaces,

como suicidas por contrato

con baño sociópata de domingo por la tarde.

 

Pero también volver cansado,

también besar una nuca limpia,

y pedir perdón,

también,

y derramarse encima de una alfombra

de piel tersa,

y dormir tranquilo, también,

como si todo lo de afuera

fuera madre.

 

Y al final tampoco separados

todavía juntos

también sin ti

al fin del mundo.

VOSOTROS QUE ME LLAMÁIS POR MI NOMBRE

Vosotros,

que me llamáis por mi nombre,

decidme quién soy.

 

Alguien he de ser

si ocupo,

peso,

duelo.

Alguien he de ser si vosotros,

que me llamáis también amigo

-algunas veces,

me hacéis hueco entre vuestros brazos

y en la mesa.

 

Ahora que resuena mi onomástica

más ajena a cada grito:

por no elegida,

por común,

o por esta alergia mía

a las festividades y a las costumbres,

 

ahora que me enfrento

al rostro tercamente repetido del espejo,

con la actitud de un animal

que confunde su reflejo con el enemigo

ante las risas del dueño

-Y sin embargo: ¿no estará en lo cierto?-,

 

decidme vosotros,

que tomáis por familiar mi cuerpo

y fingís no reparar en los estigmas

                de tanto aborto de futuro,

decidme siempre,

hasta cuando ya no yazca

en vuestra holgura mi misterio,

decidme…

Y sed

para este desconocido infectado de ayeres

apóstoles de sí mismo.

ALLÍ

Allí donde no llegan las palabras,

donde besas mi frente cuando enfermo

y me echas una manta por encima

si me quedo dormido en el sofá.

 

Allí donde lamemos las heridas con silencios,

curamos las derrotas con miradas

y nos leemos el cuerpo con las yemas de los dedos.

 

Allí donde estiramos los recuerdos

para descolgarnos por el mundo,

y conjuramos el miedo con abrazos

e infusiones de manzanilla.

 

Allí quiero dormir a diario

a pierna suelta,

a oreja planchada,

a pedir de boca

y de manos.