ABUELA Y EL MAQUIS

Pasé buena parte de los veranos de mi infancia en el pueblo, a las faldas de abuela, una señora muy resuelta que vestía siempre de negro y se movía muy rápido por una casa de pasillo larguísimo y suelo de mármol en la que jamás se pasaba calor. Por las mañanas nos íbamos de paseo por la calle Mayor, a hacer la compra y a tomar un helado. Por las tardes, al campo. El nieto a correr, a cazar mariposas y meterlas en una caja de zapatos agujereada. Y a coger renacuajos, y a hacer presas en el regato que atravesaba la dehesa, y a levantar torres con los cartuchos de colores que dejaban abandonados los del tiro al plato. Una vez, rescaté una golondrina que se había caído en el regato al bajar a beber. Se me escapó a los diez minutos. El mejor día de mi vida. Y mientras, abuela a aguantar, a sentarse en una piedra con una paciencia infinita, en un silencio que solo interrumpía de vez en cuando para llamarme la atención -¡deja en paz a las vacas!-. A sonreír cada vez que llegaba con algún hallazgo. Setenta años en el mismo paisaje y tres horas diarias sobre la misma piedra. Y tan callada. Tan callada. Conversando -supongo ahora- con sus recuerdos.

Por las noches nos sentábamos en la terraza. A la fresca. A veces, abuela contaba historias. Historias de bombardeos y de gente corriendo a refugiarse en el pasadizo subterráneo que unía el castillo con el convento. Historias de una posguerra de hambre, de una familia rural humilde, conservadora, en la que nunca se hablaba de política. De una casa que se vaciaba para ir a misa los domingos, a la que regresó un día un represaliado republicano que había pasado tanto tiempo encarcelado que hubo que enseñarlo a caminar por la calle. Un señor que siempre llevaba los zapatos limpísimos y que se iba a acostar todas las noches a la misma hora, justo antes del cierre de emisión de televisión española, para no tener que ver aquellas imágenes de la bandera y el escudo con el himno nacional de fondo. Un rojo con estudios. Una anomalía en aquella casa. Con el tiempo, la boca del viejo iría abriendo discretamente los ojos de los sobrinos que lo acompañaban en sus paseos los fines de semana.

Por la noche nos sentábamos en la terraza y, a veces, abuela contaba historias. Y entremedias se paraba, admiraba las plantas -¡sus plantas!-, se asomaba a saludar a un vecino, le traía un flash de lima al nieto. A veces abuela contaba historias, historias de abuelos que venían a casa de madrugada con las vacas, con la espalda doblada y el susto metido en el cuerpo porque se habían cruzado con una manada de lobos. Historias de cómo masacraron a esos lobos sin medida, de una sensación rara, mezcla de alivio y de exceso y de pena al verlos colgados en la plaza. Historias del maquis. De bandoleros que vivían en el monte y provocaban pesadillas a los niños. Abuela los había sentido cerca una vez, de adolescente. Había escuchado los tiros una tarde, cuando bajaba del molino. Y el nieto imaginaba. Imaginaba un paisaje en blanco y negro, un pueblo lleno de lobos y de emboscadas y de sospechas, de gente muy callada y muy delgada que andaba apagando fuegos cada dos por tres. De jóvenes con cara de viejos que se echaban al bolsillo hasta los trozos de cuerda que encontraban por la calle como si fueran tesoros.

El nieto crece. Los paisajes imaginados reposan, se limpian. Las piedras se convierten en búnkeres, en trincheras, en nidos de ametralladora. Decantan las historias de abuela en fotografías, libros, periódicos. El nieto desempolva la historia del rojo con estudios. De la anomalía. Lo admira. Encuentra las fotografías de los lobos colgados en la plaza, y un día, encuentra también la noticia del tiroteo en el molino. Varios muertos, un héroe de la resistencia francesa que logra huir, que lidera la guerrilla urbana madrileña contra la dictadura y que finalmente es apresado y condenado a muerte. Fotografías y libros y periódicos, y luego también viejos nuevos contando historias antiguas. Viejos que no han acabado la primaria y que llevan una biblioteca en las costillas. Y así los bandoleros se convierten en héroes que se mueven de noche por las montañas, en silencio, con una multicopista a cuestas. Que fuman debajo de una manta y se comunican imitando el sonido de los búhos. Y de los lobos. Héroes que se enfrentan a un enemigo inmenso en nombre de la libertad. Primero convenciéndose de que pueden ganarlo. Después, seguros ya de haber perdido, aferrados a su propia decencia. Siempre valientes. Ejemplos de dignidad que dieron la cara contra el fascismo en las peores circunstancias posibles, olvidados hoy por una democracia que se ha construido su propio evangelio laico a base de dar lustre a advenedizos y conversos.

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EL FORDISMO DE LA DESINFORMACIÓN

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Decía Julio Camba, hace ya casi un siglo, que el principio rector de la industria americana era estandarizar a los hombres para poder estandarizar las mercancías. Lo malo de la lógica industrial es que puede aplicársele a cualquier cosa. Hasta al asesinato de masas y la limpieza étnica, como hicieron los nazis, o al secuestro, como hicieron algunos chechenos a finales de los años noventa. Hoy no queda casi nada que no pueda considerarse mercancía y ser objeto en consecuencia de una explotación industrial. El proceso de estandarización se ha ido extendiendo como un cáncer, con voluntad totalitaria, hasta el último rincón de nuestras casas y de nuestras vidas. Se han estandarizado los cuerpos, los sentimientos, las ideas, las relaciones, el arte y hasta el humor. Exhibimos trozitos de vida hechos a molde en las redes sociales, adoramos a personas prefabricadas por las industrias audiovisuales y, lo que es acaso más peligroso –o simplemente más de lo mismo-, reproducimos los esquemas de pensamiento simplistas que nos trasladan la mayor parte de los medios de comunicación.

Y así andamos, metidos en una suerte de fordismo de la estupidez. La receta universal, el patrón que articula la producción en serie de noticias, es lo políticamente correcto. Atenerse a lo políticamente correcto implica moverse dentro de un terreno de juego de límites prefijados y plagado de lugares comunes, apelando siempre a sentimientos universales y a un buenismo más o menos acrítico. Es limitante pero tiene sus ventajas: para empezar uno se asegura de no molestar a nadie, o cuando menos de no molestar a nadie con poder, lo cual puede traducirse sin ir más lejos en el mantenimiento de tu puesto de trabajo. La información de consumo rápido no invita a pensar y, en no pocos casos, ni siquiera informa, pero tiene sin embargo la virtud de entretener, aunque más en su acepción de “distraer” que en la de “divertir”.

El mercado de la información ha conseguido que equivoquemos abundancia y diversidad. Sucede un poco como con el mercado –o el mercadillo- de la política: la existencia de muchos partidos no implica la existencia de muchos modelos políticos, pero tendemos a maximizar las diferencias reales entre los partidos precisamente porque no se deja hueco para auténticas alternativas que se sitúen fuera del sistema socioeconómico imperante. Me arriesgaré a plantearlo con una metáfora. Imaginemos que estamos frente a una fila de diez personas ordenadas en función de su altura; de más baja a más alta. Es noche cerrada y disponemos de un foco fijo que solo ilumina a las dos personas que se encuentran en el centro de la fila, por lo que inmediatamente consideraremos a uno de ellos el “alto” y al otro el “bajo”. Tendremos, necesariamente, una percepción agigantada de la diferencias entre ambos. Una percepción sesgada. Sin embargo, si nos prestasen varios focos más que nos permitieran ver la fila en su conjunto, dejaríamos de percibir a los dos individuos anteriores con base en su diferencia de altura y subrayaríamos más bien su similitud, dada su posición correlativa y central dentro en la fila.

Algo así pasa en nuestra política y algo así pasa, también, con la información que recibimos diariamente y en cantidades ingentes –hay quien habla de infoxicación– a través de medios de comunicación que consideramos muy diferentes pero que, en muchos casos, están iluminados por el mismo foco y nos presentan noticias moldeadas con la misma horma.

Mantener el foco inamovible exige, claro está, ciudadanos complacidos y complacientes con esa horma. Así que, retomando la cita de Camba, para poder estandarizar las mercancías informativas es necesario estandarizar a los receptores de la información, a nosotros, lo que mutatis mutandis viene a ser lo mismo que idiotizarnos. Para explicar cómo se produce este fenómeno, la politóloga Elisabeth Noelle-Neumann formuló la “teoría de la espiral del silencio”: los medios de comunicación de masas producen opinión pública y las personas, percibiendo que una determinada opinión está más extendida en el espacio público, tienden a reproducirla y a silenciar (y condenar) aquellas opiniones que no coinciden con las que creen dominantes. Los medios más ligados al sistema tienen, como es obvio, muchas más facilidades para crear estados de opinión que se perciban como dominantes, haciendo que los discursos que provienen de los márgenes del sistema sean invisibilizados y denostados.

Y en esas estamos. En la producción en serie de mentiras de sabores, simplificadas y fáciles de digerir. De información light, cortada a la medida de consumidores que construyen y reafirman su individualidad hacia afuera y apenas le prestan atención a sanearse por dentro, que buscan la diferencia a través de imágenes de marca y productos personalizados pero no tienen mayor problema en portar ideas sobadas y baratas, que en enero no se apuntarán a ninguna biblioteca para quitarse esos prejuicios de más, porque los prejuicios no salen en las fotos. Que lo cuestionan todo menos a sí mismos.

Pero en fin, qué importa ahora todo eso. Sonriamos. Seamos felices. Porque es época de disfrutar de lo bonito de la vida y de aparcar los problemas. Porque ya es Posverdad en El Corte Inglés.

*La viñeta que abre el artículo es obra del caricaturista colombiano Alfredo Garzón.

MIENTE QUE ALGO QUEDA

Periodistas de derechas, como Eduardo Inda o Antonio Martín Beaumont, y políticos del PP, como el propio presidente del gobierno Mariano Rajoy, vienen afirmando públicamente que la LOMCE ha conseguido reducir el fracaso escolar en España.

¿Qué es el fracaso escolar? En España, llamamos fracaso escolar a la no consecución del título de Educación Secundaria Obligatoria.

La LOMCE se implantó en el año académico 14/15 en los cursos impares (1º, 3º y 5º) de Primaria. Este curso, 15/16, ha empezado a funcionar en 2º, 4º y 6º de Primaria; en 1º y en 3º de Secundaria y en 1º de Bachillerato. Seguimos funcionando con la ley anterior, la LOE, en 2º y 4º de ESO y en 2º de Bachillerato.

Así las cosas, me pregunto: ¿Cómo una ley que se ha empezado a implantar este año en Secundaria –y solo en la mitad de los cursos- ha conseguido rebajar significativamente el porcentaje de alumnos que no obtienen el título de Secundaria? Citando al poeta Ángel González: “¿Qué estatutos regulan el prodigio?”