LA AGENCIA DE COLOCACIÓN DE MIEDOS

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Ya no se respeta ni el orden de los factores. La abuela dice que antes, por lo menos, te llegaba primero la mierda y luego ya te preocupabas tú de buscar dónde meterla. Eran otros tiempos. Ahora nada más salir del hospital, hale: le plantan a uno un orinal debajo de la axila. Así, como si fuera un termómetro. Un enorme orinal vacío. “Aprieta bien fuerte hijo, no se te vaya a caer”, te dicen. “¿Y esto para qué servirá?”, piensas tú.  Pero luego te acostumbras, porque a todo se acostumbra uno: a la corrupción, a la muerte, a las canciones de Camela, a los orinales vacíos que te plantan debajo del brazo en los hospitales nada más nacer como si fueran termómetros.

Al principio no te das cuenta de lo del miedo. Es una de esas cosas que andan por ahí, pero a ti no te interesan ni lo más mínimo. Como cuando mirabas por la ventanilla del coche en los viajes largos y tu padre trataba de explicarte por qué aquellas hierbas amarillentas eran trigo y no cebada ni centeno. Y tú solo pensabas: “Cuando lleguemos a la playa voy a coger un cangrejo y lo voy a llamar Skeletor”. Qué sé yo. El miedo también es un cultivo amarillento, aunque eso nadie te lo explica. Lo siembran por todas partes pero no se sabe muy bien cómo. Algunos dicen que ponen semillas dentro de las personas, y que luego el miedo crece y crece hasta que al final en vez de una persona con una semilla de miedo tienes un miedo con una cara de persona. Te los cruzas todo el rato. En los ascensores, en las escaleras mecánicas, en la calle, en los bares. A veces te miran y te sonríen, para disimular. Por eso es tan difícil distinguirlos, por culpa de esa manía democrática de la biología de meter treinta y dos dientes en cada boca. Menudos bodrios te cuelan con una buena sonrisa. Ni siquiera yo, que llevo analizando miedos desde los trece años, soy capaz de diferenciarlos si sonríen. Solo se les reconoce bien cuando les da por decir algo. Entonces sí. Empiezan a escupir canguelo y te lo ponen todo de un perdido que luego no se va el sucio ni aunque lo friegues con lejía. Se lo dije a mi prima Desi la otra tarde, que salió un miedo con cara de muñeco de los chinos en una tertulia de la tele: “Mira ese. Un miedo clásico. A ver quién es el guapo que limpia eso luego”, le dije. Ella asintió: “Seguro que lo limpia una guapa. Los guapos nunca limpian nada”. Está muy feminista, mi prima Desi.

Hay quien dice que es al revés, que no le echan el miedo a la gente, sino la gente al miedo. Así como suena. Que le echan una persona dentro al miedo y la persona va y se disuelve como una pastillita efervescente o un azucarillo. Esos miedos ya no tienen cara de gente ni sonrisa ni voz de gente ni nada, y los pueden embotellar, o envolverlos para regalo, o ponértelos en un tupper para llevar. Un día lo mismo te despistas, pegas un sorbo en vaso ajeno, y en un periquete es agarrársete un miedo al pecho como un catarro de los malos. Como llevan gente disuelta dentro, empatizas que no veas. Porque los miedos no existen hasta que te los coges tú, pero luego parece que hayan sido tuyos de toda la vida. Qué complicidad, qué sincronía, qué forma de complementarse con uno. No es como cuando heredas el jersey de tu hermano mayor y te sobran tres tallas, qué va. Es cogerte un miedo y oye, que te queda como guante. Tener un miedo hecho a medida es cómodo porque ya no tienes que preocuparte por nada. Un miedo es como tu madre cuando tenías 12 años: ya se encarga él de hablar por ti, de tomar las decisiones importantes, de decirte cómo tienes que vestir y con qué gente puedes salir, y de castigarte si te desmadras. Es un vínculo muy bonito.

Entonces, hay miedos disueltos en la gente y gente disuelta en los miedos, y miedos que hablan a través de la gente y gente que habla a través de sus miedos. O algo así. Tampoco me hagáis mucho caso. Si es que es un lío, y a mí lo que de verdad me ha preocupado de siempre es quién se encarga de diseñar los miedos, de cultivarlos, de embotellarlos o de echártelos en la sopa. A ver, que ya sé que no todos los miedos son iguales. Algunos están ahí desde que el mundo es mundo y simplemente te tropiezas con ellos, te caes de morros y te partes la jeta contra la acera. Son miedos de serie. Esos no los fabrica nadie, aunque siempre ha habido listos ganándose la vida a base de cambiarlos de sitio. Tener el monopolio para colocar los miedos de serie donde le dé a uno la gana es un negocio bastante apañado. De repente una mañana lo mismo estás dando un paseo por el Retiro, o haciendo la compra en la frutería de la esquina, y te plantan un miedo ahí en medio que no hay quien pase. Y tú claro, entre la indignación y la sorpresa: “¿cómo esto ahora? si no tocaba”. Pero al final te toca pasar por el aro y hale, a negociar. Que si “¿piensan ustedes mover el miedo un poco o nos vamos a pasar aquí la mañana discutiendo?”, que si “a mí no me amenace”, que si “no sabe usted con quién está hablando”… El caso es que como uno no es muy de discutir, y por lo de que no llegue la sangre al río, y porque tienes mil cosas que hacer esa mañana que vaya cómo está la vida de estreses, acabas firmando una hipoteca para pagar el miedo a plazos. No falla.

Luego están los miedos de diseño. Esos te los cuelan a cosa hecha, con premeditación, nocturnidad, alevosía y todas esas cosas que salen en las series policiacas americanas. Te los dibujan, te los siembran y de repente ¡zas!, te los encasquetan. Todos los países tienen su agencia de diseño, cultivo, recolección y venta al por mayor de miedos, encabezada por gente muy seria, muy bien peinada y mejor vestida, con másteres en universidades extranjeras que solo puedes pronunciar bien si tienes la boca llena. Los colocadores profesionales de miedos dicen cosas que parecen de tu idioma pero que en realidad no lo son, como “activos ocultos”, “ajuste de gastos”, “devaluación competitiva de los salarios”, “uso proporcionado de la fuerza” o “liberalización del mercado laboral”. Son los encargados de cultivar el miedo y, cuando menos te lo esperas, te lo bautizan, te lo visten, te lo maquillan para salir de fiesta y te lo esconden en el cestillo del pan o te lo plantan en la puerta de tu casa. Llaman al timbre y salen corriendo, los muy cabrones. Tú abres por educación y entonces ya estás perdido.

Eso fue lo que me pasó a mí. Abrí la puerta y ahí, patas arriba, me encontré con un miedo monísimo que me miraba como si no hubiera roto nunca un plato. Sujetaba un cartelito en Times New Roman que ponía: “Tener miedo es sensato. El miedo te ayuda a estar alerta.  Abraza a tu miedo”. ¡Ay, mira, con lo que soy yo para los abrazos! El caso es que te abandonan ahí al miedo y, sin comerlo ni beberlo, de repente es responsabilidad tuya. Porque claro, en la calle no lo vas a dejar, con el frío que hace. Que no somos animales. La parte buena es que los miedos te los suelen mandar con un librito de familia muy bien editado, de tapa dura y todo, repletito de estadísticas. Así por lo menos se siente uno más seguro, sabiendo que le ha tocado un miedo con estudios. Hoy en día casi todos los miedos tienen su estadística. Un miedo sin porcentajes es un miedo pobre, anticuado. Un miedo asustaviejas. Las abuelas se peinan con laca Nelly y los miedos se peinan con números, eso es así. La tasa de paro, el índice de temporalidad en el empleo, la esperanza de vida media,  las probabilidades de éxito, el capital riesgo… Hasta los miedos más tradicionales se están adaptando a los nuevos tiempos. A mi vecina Puri, por ejemplo, le llegó el otro día un miedo rubito que venía con un análisis multivariable muy sesudo de un señor de los States, de una universidad de esas pomposas, en el que decía que un ser humano cualquiera tiene un 0,0001% de posibilidades de encontrar una pareja sentimental perfecta a lo largo de su vida. Menudo drama tienen montado en la familia desde que le llego a la Puri el miedo rubito. El marido, Ernesto, anda obsesionado con que la Puri le mira raro, y está en que algo tendrá que ver con que el 35% de los hombres y el 26% de las mujeres le hayan sido infieles a su pareja alguna vez. Y la Puri que no, que no se haga líos. Y los dos con la mosca detrás de la oreja porque el amor dura tres años y ellos llevan juntos lo menos nueve. Un drama lo de la Puri y el Ernesto, de verdad. Un dramón.

En fin. El caso es que a mí el miedo que me dejaron a la puerta de casa se me tiro al cuello a la que vio un poco de hueco. Y oye, al principio bien, porque yo soy muy de abrazos, pero últimamente ando con una tortícolis horrorosa. Desde que ha llegado a casa ya no puedo hacer casi nada. No he vuelto a tocar la guitarra, ni a acostarme a las tantas, ni a beberme una copa de vino de más, ni a comer hidratos de carbono los días de diario, ni a ponerme a bailar en el parque en el camino de vuelta del trabajo. Me tiene controladísimo, y teniéndolo ahí colgado del cuello como un koala todo el día como que no me suelto. Menuda presión. Una vez que me fui cuatro días a Peñíscola intenté quitármelo de encima, sobre todo porque no quería que se me quedasen las marcas del miedo en el moreno. Me puse serio como un árbol, pero nada, que no hubo manera. Y oye, al final me he acabado acostumbrando. Le he cogido cariño, qué queréis que os diga. Lo mismo si me empeño mucho en quitármelo luego se me queda ahí un vacío y es peor. Que más vale miedo conocido… Además, la verdad es que a mí me ha tocado un miedo muy autosuficiente. No me tengo que preocupar de darle de comer ni nada, ya venía enseñadito de fábrica. Y por fin he descubierto para qué sirve el orinal vacío que nos plantan debajo del brazo en el hospital nada más nacer como si fuera un termómetro. ¡Que no es para nosotros, que es para los miedos! Los de la agencia de diseño y venta de miedos otra cosa no, pero la verdad es que previsores son un rato. El caso es que mi miedo hace sus necesidades en el orinal y luego, cuando le parece bien, se las come. Y vuelta a empezar. Eso es lo único que puedo deciros con seguridad: que algunos miedos se alimentan de su propia mierda.

*Imagen: “Golconda”, René Magritte.

 

SOBRE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y PABLO IGLESIAS SUBIÉNDOSE AL POYO

En un artículo publicado en 1896 en el periódico La Justicia, Miguel de Unamuno recogía la siguiente parábola:

“En un pueblecillo de 200 personas hay un ladrón y lo saben los 199 restantes. Se lo dicen al oído o en corrillos, los unos a los otros, y no por ello retiran al ladrón su trato, su respeto acaso. Pero sucede que un día, estando reunido el pueblo todo en la plaza, se sube uno a un poyo y anuncia que tal es un ladrón: se cuaja el hielo y ha recibido el acusado golpe de gracia.

Y es que la conciencia pública es algo más que una suma o mera mezcla de conciencias individuales, es una combinación química de ellas.”

A veces no basta con que todos sepamos o intuyamos algo. La acción, y la toma de conciencia que la precede, necesita que todos sepamos que todos lo sabemos. Ayer Pablo Iglesias apuntaba en el Parlamento: “Yo les recomiendo a sus señorías del Partido Popular que cuando se pronuncie en este hemiciclo la palabra delincuentes, ustedes se callen”. En la bancada azul Dolores de Cospedal murmuraba un “sinvergüenza”. Habrase visto. Venir a nuestra casa a decirnos las verdades a la cara. La derecha sigue sin acostumbrarse a la presencia de Podemos en el Congreso: le molestan las formas de calle, que hablen como si estuvieran en el salón de su casa, que suban al estrado en mangas de camisa y se atrevan a llamar a las cosas por su nombre en el templo más sagrado del culto a las apariencias.

No es que Podemos sea santo de mi devoción. Respeto mucho a quienes creen en su proyecto, especialmente a sus bases, pero no es lo mío. El modelo de partido jerárquico y con liderazgos estables, la temprana traición a unos planteamientos supuestamente asamblearios, el digodieguismo y los principios sacrificados en el altar del “realismo” y la “sensatez”… no contribuyen precisamente a que cambie de opinión. Tampoco soy de los que creen que se pueden promover cambios de fondo desde unas instituciones diseñadas por el liberalismo para perpetuarse. Pero sucede que en Podemos, a veces, tienen razón. A veces se atreven, todavía, a enfrentarse al discurso de lo políticamente correcto canonizado por el establishment mediático. A subirse al poyo, como aquel tipo de la fábula de Unamuno, y apuntar al ladrón.

Ayer Pablo Iglesias también se atrevió a señalar a los grandes medios de comunicación, aunque estuvo creo mucho menos acertado al afirmar que hacen el ridículo con sus manipulaciones. Desgraciadamente las manipulaciones mediáticas –y los silencios, a veces tanto o más significativos que aquellas- calan hondo en gran parte de la población y es necesario denunciarlas de la forma más seria y sistemática posible. A mi parecer, si ayer uno de los peligros de los medios estribaba en su finalidad económica, que les llevaba a darle al pueblo lo que quería leer -fomentando así sus prejuicios en lugar de cuestionarlos-, hoy se le ha dado una peligrosa vuelta de tuerca a esa situación. Ahora, manejados y dirigidos por grandes multinacionales con intereses mucho más complejos que la mera obtención de unos buenos datos de audiencia o de un gran número de lectores, la función de los grandes medios ya no es tanto darle al público lo que quiere como decirle lo que debe querer. Hoy muchos de esos medios parecen fabricados a molde y la dignidad informativa sobrevive como excepción en los márgenes del sistema. Aunque cabe saludar el lenguaje claro y el cuestionamiento de los relatos de lo políticamente correcto, sigue siendo urgente que se promuevan más espacios de diálogo libre, comprometidos con informar y no con dar forma, con el análisis profundo y serio de la realidad y no con la superficialidad, el curioseo, el sensacionalismo, la sobredosis de sucesos y los lugares comunes.

No sé cuánto tiempo le durará a Pablo Iglesias esta actitud, ni ignoro que una vez metidos en el juego de la partitocracia ésta tendrá mucho de mercadotecnia. Muy posiblemente el líder y su partido acabarán acomodándose cada vez más –todavía más- a las formas de la vieja política, y es probable que dentro de unos años, cuando entrevisten a Iglesias para algún documental, eche las maneras directas y retadoras de estos días en el saco de los pecadillos de juventud en el que ha ido metiendo ya algunas otras actitudes de su pasado. Pero mientras tanto, y aunque la cosa se quede en un pequeño instante de regocijo en el sofá y luego uno vuelva a caer en la cuenta de lo mucho que les separa a ellos de nosotros, me voy a alegrar por la introducción de este tono callejero en el Parlamento. Porque, como diría Krahe, no todo va a ser follar.

CONSEJOS PARA ESCRIBIR UN POEMA

Si resbala un verso desde la fiebre,

cúbrelo con varias mantas hasta que rompa a sudar.

 

Si se cuela un verso entre los sueños,

átalo a una pata del escritorio nada más despertarte.

 

Si se desprende un verso mientras le pasas un trapo

a lo que fue o a lo que nunca ha sido,

hazle tres o cuatro fotografías desde distintos ángulos

y guárdalas durante un tiempo en cajones diferentes.

 

Si tiras un verso sin querer mientras colocas la compra,

y se cae al suelo y se rompe y apenas quedan unas palabras sueltas,

entablíllalo, véndalo fuerte y salta sobre él a la pata coja

a ver si aguanta.

 

Si chocas con un verso por accidente durante un paseo por el campo,

deja que te baje por el cuerpo y al llegar a casa,

descálzate con cuidado el pie izquierdo,

vuelca el zapato sobre una mano

y separa el verso del resto de chinas del camino.

 

Si se te escapa un verso como un gemido,

en medio de una película, de un libro o de una canción,

aspira con fuerza y devuélvelo dentro,

bebe mucha agua y haz ejercicio para que crezca

y córtalo solo cuando empiece a enredarse entre tus labios.

 

Si te quema un verso durante un telediario,

tápalo con papel de plata y mételo en el frigorífico:

es la cena de mañana y hoy toca barrio.

 

Y si se te engancha un verso mientras das un beso,

y te araña las tripas como un gato asustado,

olvídate del verso:

ES-TÁS DAN-DO UN BE-SO.

 

A partir de aquí todo es más fácil:

ya solo tienes que tirar del tapón y seguir al verso por el desagüe,

atarle un hilo al verso y jugar al yoyó

o soltarlo desarmado en el laberinto de Creta,

meter al verso en casa y verlo revolotear y darse golpes contra las paredes

hasta encontrar la única ventana abierta,

sentarte en una terraza con buenas vistas y dejarlo gotear de todas las macetas.

 

A estas alturas puede que ya tengas un poema.

 

En tal caso córtale las venas y tíralo al mar

para que los tiburones lo rebañen hasta los huesos,

clava el poema en lo alto de una montaña

y que el viento desnude sus entrañas de granito,

ponlo de patitas en la calle en medio de una tormenta

o déjalo crecer en los jardines municipales

y recógelo después de que lo pode un empleado del ayuntamiento.

 

Evita:

escurrirlo como una bayeta,

exprimirlo con aparatos eléctricos,

muscularlo con esteroides,

afeitarlo.

Si lo envuelves con plásticos para que no se oxide

terminará asfixiándose;

si lo metes en una cesta recubierta de pez y lo echas al río

acabará olvidando de dónde viene.

JAVIER CÁRDENAS, UN CUÑADO EN HORA PUNTA

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Son las diez de la noche de otro lunes interminable. Faltan cinco minutos para que se estrene Hora Punta, el espacio con el que la televisión pública ha decidido premiar a Javier Cárdenas vaya usted a saber por qué. Haciendo caso omiso de las recomendaciones de mi psicoanalista y dando rienda suelta a mis delirios autolesivos, me siento frente al televisor con todos los juicios sobre el personaje a la espalda:  Cárdenas, ese señor que se dio a conocer esparciendo su capacitismo por el plató de Crónicas Marcianas (ha sido condenado por burlarse de un discapacitado), el que nos ha contado hasta dónde es decente que lleven el escote las universitarias y ha sido capaz de afirmar en directo y sin empacho alguno que Hitler no era un dictador…  No sé si el cuerpo me pide unas palomitas o una camisa de fuerza. Miro de reojo el mando de la tele –botón de apagado, mute, números que ofrecen prestos otros canales… Todo en orden-. Abro Twitter por si fuera necesario desdramatizar. Allá vamos.

Javier Cárdenas saluda, haciendo gala de sus habituales problemas de dicción. Las palabras parecen pisarse unas a otras por ver cuál sale primero de la garganta del presentador. Me parece entender que Hora Punta pretende ser un lugar especial y relajante. Sin embargo, después de unos minutos de programa parece que el lado Cárdenas de las cosas es poco más que un pastiche de vídeos yuxtapuestos comentados por la voz en off del propio Cárdenas de forma –seré bueno- cuando menos mejorable. Ahora un vídeo sobre una mujer que nada con tiburones -las imágenes eran chulas-, luego una broma con cámara oculta de la televisión francesa -¿era de la televisión francesa, no?-, después unos cuantos famosos a los que se les ha ido de las manos lo de la cirugía estética –parece que Cárdenas mantiene un cierto apego por lo freak-. De vez en cuando algún consejo rápido del presentador -“no comáis nunca aleta de tiburón”-, emitido por supuesto con la debida superficialidad -¿alguien ha oído alguna referencia a la problemática de la sobrepesca y a su alcance real?-. Por desgracia la superficialidad es más norma que excepción en el tratamiento televisivo de cualquier tema, así que en este particular no parece justo poner el foco sobre Cárdenas. Al fin y al cabo su espacio va de otra cosa. Al menos esta primera parte del programa nos ha regalado un momento maravilloso cuando Cárdenas, comentando las imágenes de una submarinista que nadaba al lado de un tiburón blanco, ha apuntado: “Aquí vemos al mayor depredador del planeta y al lado un tiburón blanco”. Lo ha dicho por error, claro, pero siempre es una grata sorpresa escuchar una verdad como un templo en TVE.

A estas alturas del show ya tengo claro que Hora Punta no va a cambiar la imagen que tengo de Javier Cárdenas. En realidad, creo que nadie pone carne al concepto “cuñado” como él. Es el cuñado fetén, cumple todas las condiciones para ser el demagogo de cabecera de cualquier opinador de barra de bar. No responde a ese perfil, tantas veces ridiculizado en redes sociales, de tipo culto que ha caído en el cuñadismo por la vía del endiosamiento. No es una de esas vacas sagradas que, impermeables al otro, se han metido a sentar cátedra sobre cualquier tema imaginable hasta dejar al aire sus vergüenzas morales e intelectuales. No; Cárdenas no es un Pérez-Reverte. Ni siquiera un Carlos Herrera. Cárdenas recuerda más bien al cura párroco que sermonea sobre el sexo o el matrimonio desde su púlpito. Es un indocumentado al que le han dejado un micrófono.

El último tercio del programa se lo quedan Vero y Álex, ex concursantes de Operación Triunfo que vienen a promocionar el reencuentro de los triunfitos que emitirá TVE en unos días (Operación Triunfo y Hora Punta son programas de la misma productora, Gestmusic, así que todo queda en casa). Los entrevistados apenas hablan, aunque nos dejan algún momento gracioso entre las alabanzas facilonas y sensibleras del presentador. Si pienso en lo que acabo de ver, me viene a la mente -¡oh, caprichosas conexiones neuronales!- aquella barbacoa que intentaba montar sin demasiado éxito Homer Simpson. Parece que en la producción fordista del show business alguien le haya traspapelado a Cárdenas el orden de las piezas.

Tras media hora larga de programa, la pregunta que más me ronda por la cabeza es quién ha sido el genio que ha puesto ahí a este señor. Quizá alguien ha estimado que Cárdenas compendiaba en su persona las virtudes que RTVE ha dejado escapar últimamente: el machismo de Bertín Osborne, o la ignorancia de Mariló Montero. Pero al menos a Bertín, con sus offshore panameñas y su facha de macho alfa iletrado, se le puede reconocer cierta capacidad para crear un clima de complicidad en las entrevistas. Cárdenas, en cambio, ni siquiera sabe hablar bien. No transmite, no es gracioso, no destaca por su brillantez y mucho menos por su cultura. La impostura con la que trata de hacer significativo lo superfluo resulta demasiado obvia. ¿Qué demonios hace en nuestra televisión pública? ¿Es su contratación una suerte de respuesta a quienes pedimos su cese en Europa FM después de que se dedicara a acosar a una tuitera abusando de su posición mediática? Quién sabe. Quizá solo sea el modelo televisivo del PP reafirmándose en su partidismo indisimulado, sus valores discriminatorios y su soberbia. O puede que se trate sin más de algún tipo de casualidad.

En fin. Parece que la parrilla televisiva patria ya tiene otro programa acrítico e insustancial. Otro show para consumo irreflexivo. Otros cuarenta minutos de vacío con lucecitas y risas enlatadas. ¿Es lo que necesitaba nuestra pequeña pantalla? Qué sé yo. Júzguenlo ustedes mismos.

Yo mientras voy a ir cambiando de canal.

EXISTIR

Existir es un ruido de fondo

sobre el que me suspendo

atrapado

a la orilla del tiempo.

 

Desde la quietud me veo pasar,

como un árbol que contempla

la fotografía de un río desde la ribera.

 

Con el deshielo primaveral,

o con las peores nevadas del invierno,

el río se despierta nervioso

y me acaricia el agua

la base del tronco.

 

Me lame suave,

como la amenaza de saberse al menos

la mitad de algo,

y después escurre la verdad por las raíces

hasta la nada de la que chupo lo cotidiano.

 

Otras veces el agua trae a la orilla

desperdicios de otras vidas,

excedentes de producción,

jaulas oxidadas o palabras nuevas con las que entretenerse.

Las sequías veraniegas fabrican islas

y sobresalen del agua muebles y otros restos de mudanza.

 

Ni el agua me pudre

ni el tiempo me apaga:

sobrevivo brillante y seco,

razonablemente muerto

como todos los engaños.

 

Existo con la rigidez entrecortada

de un herido de muerte

o con la persistencia fláccida

de un cadáver aún caliente,

y entre el decorado de estarse yendo

se atreve a bailar mi conciencia algunas veces.

COHERENCIA

    Por aquí otra noche artificial, pegajosa. Larga. Otra noche delante de una pantalla tratando de explicar cosas que no entiendo. Otra noche a tiros con los pronombres. Explicarme. Explicarte. Siempre pasa lo mismo. Los nervios, el corazón bombeando cada vez más deprisa, la sangre que fluye y se hace río. Las palabras se espesan y no hay quien las cuele.

    Me pides que sea coherente. “Si me quieres, quédate”. “Si me escribes, ven a verme”. “Si me echas de menos, vuelve”. “Si deseas algo, ve a buscarlo”. “Si te vas, olvídate de mí”. Me pides que sea coherente. Me dices que soy viejo para andar pintando ojos en los márgenes de los cuadernos. Que soy joven para perder la esperanza. Que estoy en edad de sentar la cabeza. “Lo tomas o lo dejas”, me dices. “Lo hecho, hecho está”. Y luego “hay que mirar para adelante”.  Me pides que sea coherente. Pero yo solo soy un corazón muerto de sueño.

    Quieres preguntarme cosas. Vas a clavarme las pupilas esperando respuestas. Voy a encogerme de hombros. “Ya estaba así cuando llegué”. Los yogures ya estaban caducados. La cama ya estaba deshecha. El mundo ya estaba roto. “Ya estaba así cuando llegué”. Cuando entré por la puerta, lo nuestro ya era de otros.

    Tal vez si pudiera desandar el tiempo. Desdormirlo. Desllorarlo. Desquererte. Llegar hasta el primer Tampoco. Quizá un “tampoco se está tan mal”. O un “tampoco es para tanto”. O puede que un “tampoco pido demasiado”.  Descorrer el tiempo hasta el primer Todavía. “Todavía sé”. “Todavía tengo”. “Todavía podemos”. Desvivirme hasta la infancia. Tatuarme: “Mata las certezas tirándoles del pelo”; “No defenestres monstruos si no están bien embalados”; “Jamás eches de comer seguridades a una fantasía”; “Dale dos vueltas a la llave cuando salgas”.

 

 

ERDOGAN YA ERA UN CABRÓN DE ANTES

Turquía antes del golpe de Estado o Notas para entender la Turquía del AKP

 

La Turquía moderna se ha construido sobre un conflicto permanente. Entre sociedad tradicional y modernización a la occidental, entre Islam y laicidad, entre la voluntad de romper con el pasado imperial otomano y el deseo de convertirse en potencia regional. Las últimas décadas de la historia del país han venido marcadas por el intervencionismo del Ejército en política, la pertenencia a la OTAN, la voluntad de ingresar en la UE y un crecimiento económico errático y desigual.

En 2002, la victoria electoral de los islamistas moderados del AKP de Tayyip Erdoğan parecía ofrecer una posible solución, un proyecto de síntesis entre las dos almas de Turquía, de superación de las contradicciones. Pero bajo la fachada programática de una democracia islámica, garantista, respetuosa con las minorías y no sujeta a la influencia del ejército, no tardó en perfilarse un régimen represor y autocrático. La presión sobre las minorías religiosas y étnicas -muy especialmente sobre la kurda-, las detenciones arbitrarias de periodistas, activistas e intelectuales no afines al AKP y la conculcación de derechos y libertades se convirtieron en moneda corriente desde bien pronto. Desde mucho antes de que el fallido golpe de Estado de julio de 2016 fuese utilizado por el presidente para poner en marcha las gigantescas purgas de las que se han hecho eco los medios en las últimas semanas.

 

EL CONTEXTO HISTÓRICO-POLÍTICO*

(*Téngase en cuenta, además de lo señalado en este texto, que en Turquía en verano hace mucho calor, tal y como nos hizo notar recientemente Alfonso Rojo en TVE)

Con 80 millones de habitantes y una superficie similar a la de España e Italia juntas, a Turquía le cabe bien esa palabra, ahora tan de moda, de “encrucijada”. Tanto por estar a caballo entre dos continentes -justo en medio de tres zonas tan conflictivas como Oriente Medio, el Cáucaso y los Balcanes-, como porque en ella se solapan la herencia histórica helénica, la bizantino-cristiana y la islámico-otomana.

La derrota de las potencias centrales en la Primera Guerra Mundial supuso el colapso del Imperio Otomano. Mientras los aliados se repartían los restos del Imperio, Mustafa Kemal, héroe militar de la Gran Guerra,  puso en marcha un nuevo estado-nación en la península de Anatolia. Desplazó del poder al último sultán otomano y consolidó las fronteras de la nueva Turquía librando una guerra contra un incipiente estado armenio y contra Grecia, apoyada por Francia, Italia y Reino Unido -la llamada “guerra de liberación” o “guerra de independencia turca”-. En octubre de 1923 se proclamaba oficialmente la República de Turquía, nacionalista y laica  –se construyó, puntualicemos, contra las pretensiones políticas del Islam, no contra el Islam en sí-, en lo que era un experimento político poco menos que inédito dentro del ámbito musulmán.

El éxito en esa guerra de independencia turca servirá de sustrato al nuevo Estado y legitimará el autoritarismo de Kemal –que ha pasado a la historia como “Atatürk”, “padre de los turcos”- y de su sucesor Inönü, entregados a desmontar el régimen otomano y a sentar las bases de una nación moderna, homogénea cultural y lingüísticamente -en contraposición con la plurinacionalidad del Imperio Otomano- y con la mirada puesta en el modelo de desarrollo occidental.  Aunque inicialmente se implantó un régimen de partido único, tras la Segunda Guerra Mundial, en la que Turquía se mantuvo neutral, hubo una tímida apertura y comenzaron a celebrarse elecciones multipartidistas –con muchas restricciones, eso sí-. En 1950, la derrota del Partido Popular de la República que encabezaba Inönü posibilitó por primera vez la alternancia en el poder, aunque no tardaría en hacerse evidente que las riendas de Turquía las llevaba en realidad el Ejército, auténtico guardián de las esencias del kemalismo. Este, descontento con las políticas del nuevo partido en el poder, el Partido Demócrata, dio un golpe de Estado en 1960 que terminó con el primer ministro Adnan Menderes ahorcado.

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Estatua de Atatürk en Çanakkale, Turquía.

Este multipartidismo vigilado por el Ejército seguiría haciéndose valer durante las décadas siguientes. Cada vez que los militares consideraban que se estaba poniendo en riesgo el laicismo republicano, cuando juzgaban excesiva la movilización de la izquierda o de los sindicatos, si preveían una fragmentación política mayor de lo deseable o sencillamente si creían desafortunadas las políticas económicas gubernamentales, intervenían con mayor o menor contundencia para corregir el rumbo del país. Así, volvería a haber golpes exitosos –tentativas hubo bastantes más- en 1971 y en 1980, colocando este último al frente del país al general de extrema derecha Kenan Evren, que se mantuvo en el poder hasta 1989.

En los 90, la vuelta al multipartidismo electoral trajo consigo cierta inestabilidad política, con alianzas y coaliciones gubernamentales muy cambiantes. En 1995, por vez primera en la historia de Turquía,  ganó las elecciones un partido islamista: el moderado Partido del Bienestar que encabezaba Necmettin Erbakan. La situación no se prolongó mucho, y de nuevo las presiones de los militares y de otros poderes republicanos laicistas forzaron la salida de Erbakan en 1997, ilegalizándose además su partido en una suerte de golpe de Estado suave. Precisamente a ese Partido del Bienestar pertenecía el joven y carismático alcalde de Estambul, Tayyip Erdoğan, que también se vio obligado a abandonar su cargo.

LA TURQUÍA DEL AKP: DE LA VOLUNTAD DEMOCRATIZADORA A LA REPRESIÓN COTIDIANA

La pretensión del ejército y de los sectores kemalistas de mantener al Islam político alejado del poder volvió a quebrarse en noviembre de 2002, cuando ganó las elecciones turcas el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) fundado un año antes por Tayyip Erdoğan. Para entender su holgada victoria es necesario hacer referencia al alto grado de corrupción de los partidos laicos tradicionales, tanto de izquierdas como de derechas, y a la nefasta política de redistribución que venía desarrollándose en Turquía desde los 70. De hecho, las elecciones de 2002 borraron del parlamento a los tres partidos que formaban la coalición de gobierno -el DSP, socialdemócrata, el conservador ANAP y el ultraderechista MHP-, y solo el AKP y el también socialdemócrata Partido Republicano del Pueblo (CHP) lograron superar el umbral del 10% del voto exigido para formar parte de la cámara.

Erdoğan no pudo concurrir personalmente a los comicios. Lo inhabilitaba el haber estado encarcelado a finales de los 90 por incitar al odio religioso –sencillamente, por leer en público unos versos de Gökalp supuestamente manipulados-. Aquel incidente, una caza de brujas en toda regla, no deja de ser curioso en tanto que Gökalp fue uno de los cerebros grises del kemalismo, y avanza una costumbre luego recurrente en Erdoğan: la de citar a kemalistas, frecuentemente de forma descontextualizada, para tratar de revestir su proyecto de legitimidad republicana. Fuera como fuese, lo relevante es que el AKP logró cambiar la ley y Erdoğan pudo asumir el cargo de primer ministro a principios de 2003.

Inicialmente la visión política del AKP parecía más abierta con las minorías (kurdos, libios, cristianos, etc.), más tolerante con la homosexualidad y más comprometida con los derechos de las mujeres que la defendida por el partido islamista de Erbakan a finales de los 90. De hecho, el apoyo de algunas de estas minorías, especialmente de la kurda, fue clave para la victoria del AKP en 2002, pues la ley turca no permitía que hubiera partidos kurdos con representación parlamentaria y muchos kurdos se acercaron a la formación de Erdoğan. Su proyecto de reislamización moderada, sustentada en una interpretación caritativa y moralizante del Islam, planteaba el mantenimiento de las instituciones republicanas en el marco de una democracia musulmana pro-occidental integrada en la UE. Se trataba así de un islamismo pragmático, que mantenía la idea de modernización propia de la revolución kemalista.

Durante la primera etapa de gobierno del AKP las declaraciones de intenciones programáticas parecieron cumplirse. No solo se produjeron avances en materia de libertad de expresión o de integración de las minorías, sino que además se pusieron en marcha políticas de redistribución de la riqueza que hicieron al partido muy popular entre las clases media y baja. También desde los primeros compases de su mandato, Erdoğan buscará reforzar el poder civil sobre el militar, restándole influencia y presencia en la vida pública al Ejército para tratar de evitar nuevas intentonas golpistas. Sin embargo, conforme vaya pasando el tiempo se hará cada vez más evidente que bajo esa pátina de democratización hay un instrumento político dirigido a quitarse de encima a la oposición. Así, por ejemplo, la acusación de pertenencia a una supuesta red golpista (la Red Ergenekon) empezará desde bien pronto a ser utilizada por el AKP para procesar y encarcelar no solo a militares, sino también a sindicalistas, periodistas y académicos laicos cuya vinculación con el golpismo resulta cuando menos dudosa.

A mediados de 2007 Erdoğan logra colocar en la presidencia de la República a otro hombre fuerte del AKP, el hasta entonces ministro de Asuntos Exteriores Abdullah Gül, a pesar de las amenazas de las Fuerzas Armadas (en vísperas de la elección de Gül el Ejército colgó en la red un texto amenazando con intervenir “decisivamente en defensa del laicismo”, una suerte de ciber-pronunciamiento). Se trataba de un paso clave para el proyecto del AKP, que hasta ese momento había tenido que convivir con un presidente kemalista, Necdet Sezer, elegido en el año 2000 –antes de que el AKP existiese siquiera- y contrario a las políticas de Erdoğan. Las elecciones parlamentarias de ese mismo año volvieron a dar una holgada victoria al AKP, con la novedad de que entraron en el Parlamento representantes de un partido kurdo, el DTP (Partido de la Sociedad Democrática), que había logrado constituirse un par de años antes y cosechó unos resultados notables.

Después de que en 2007 el AKP consolidase su poder, la deriva autocrática y bonapartista de Erdoğan y su apuesta por la represión y el recorte de libertades empezaron a hacerse más que evidentes. El Estado inició una dura ola represora sustentada sobre la utilización interesada de la lucha contra el golpismo de los militares, de una parte, y de la mal llamada lucha antiterrorista contra el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), de otra. En el punto de mira, el activismo político y sindical y las actividades intelectuales. Kemalistas, kurdos y pro-kurdos fueron los más perseguidos, pero también se actuó con dureza, por ejemplo, contra los sectores académicos que defienden la reinterpretación de la historia turca y el reconocimiento del genocidio armenio. Este último, acaecido hace 100 años en el Imperio Otomano, es un punto extremadamente conflictivo para Turquía y su negación se considera un asunto de Estado. La explicación radica, por una parte, en que muchas figuras clave del kemalismo participaron en el genocidio y la nueva Turquía de Kemal (el padre de la patria, no lo olvidemos) sacó buena tajada del reparto de las riquezas expropiadas a los armenios. Por otro lado, se trata de eludir un posible pago de reparaciones. Así las cosas, Turquía utiliza su diplomacia para evitar que el genocidio sea reconocido por otros países soberanos -cuando pasa, es fuente de graves conflictos- y trata al mismo tiempo de impedir que se investigue sobre el tema. Por citar solo un ejemplo, relativamente conocido, de los límites que puede alcanzar este asunto, recordaré que la lucha por la memoria histórica de los armenios le costó la vida en 2007 al periodista Hrant Dink. Cuatro años después, Nedim Şener sería encarcelado tras publicar un libro que revelaba la implicación de la policía en la muerte de Dink.

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La Turquía de Erdoğan, ¿un modelo para las primaveras árabes? Portada de la revista Time, 28.11.2015.

El uso de la ley antiterrorista para reprimir a los activistas e intelectuales kurdos y pro-kurdos merece mención aparte. Solo entre 2009 y 2011, 4000 personas fueron encarceladas bajo la acusación de ser responsables políticos y/o intelectuales de actividades terroristas ligados al PKK a través de una rama civil del mismo (el KCK). La mayoría de las detenciones se produjeron sin pruebas sólidas de por medio, utilizando los resquicios de una ley que permite acusar de terrorismo a alguien simplemente por participar en una manifestación no autorizada. En la práctica, muchos de los detenidos estaban vinculados al partido legal kurdo BDP -el antiguo DTP, que cambió de nombre-, cuyos éxitos electorales venían alejando al AKP de la mayoría absoluta. Al margen de esto, es necesario referirse a las barrabasadas que se cometen en la lucha contra el PKK y al recurso frecuente a prácticas que pueden calificarse sin matices como terrorismo de Estado -tema este que daría para otro artículo-.

Por otra parte, entre 2008 y 2010 las operaciones contra los supuestos golpistas de la llamada Red Ergenekon afectaron a militares, periodistas, intelectuales y líderes sindicales molestos para el AKP. Así las cosas, y por poner un ejemplo concreto e ilustrativo, al terminar 2011 más de cien periodistas, sobre todo de izquierdas y kurdos, estaban en la cárcel acusados de colaborar con el golpismo o con el terrorismo. Las corrientes académicas que defendían una Turquía plurinacional también fueron perseguidas y atenazadas, y ese mismo 2011 fueron encarcelados personajes tan relevantes como Bürsa Ersanli, que se atrevió a desenmascarar la construcción oficial de la historia en Turquía, o los editores Ragip y Deniz Zarakolu, con una larga trayectoria de activistas pro Derechos Humanos y cuyo mayor pecado había sido dar salida a obras donde se replanteaban el conflicto kurdo y el genocidio armenio. Añadamos aquí que el periplo que esperaba y espera a quienes entran en las cárceles turcas no es precisamente fácil, hasta el punto de que la situación de prisión preventiva llega a prolongarse, en muchos casos, hasta 2 años.

Al estallar las primaveras árabes a finales de 2010, Erdoğan, que antes había estado siempre del lado de los poderes fácticos (Gadafi, Al Assad, Mubarak, etc.), supo aprovechar la coyuntura para colocar el modelo turco como el faro que había de guiar a los nuevos movimientos en la conciliación de islamismo y democracia. Pese a la deriva cada vez más problemática de las Primaveras Árabes, Occidente compró el producto y se entregó de forma bastante unánime a la alabanza del modelo turco como vía de confluencia entre economía de mercado, sistema multipartidista e Islam.  La mayor parte de los analistas prefirieron pasar de puntillas sobre el hecho de que, de puertas adentro y coincidiendo también con el estancamiento de las negociaciones para la incorporación de Turquía en la UE, la represión se recrudecía. El pulso de Erdoğan con el generalato kemalista, con muchos medios de comunicación, con parte de la academia y con la judicatura era ya entonces tan evidente como el recorte de buena parte de las libertades asociadas a una república laica. Además, y pese a la nueva victoria electoral del AKP en las generales de 2011, se estaba produciendo una quiebra en el grupo de poder que había acompañado al Primer Ministro desde 2001: el presidente Abdullah Gül y el clérigo afincado en EEUU Fethullah Gülen empezaban a alejarse de forma evidente de Erdoğan.  La ruptura entre el Primer Ministro y Gülen, cuyo grupo de presión islámico moderado cuenta con millones de seguidores en Turquía, se consumaría en 2013,  disparándose las especulaciones sobre posibles contactos entre el mundo republicano-kemalista y el gülenismo.

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Manifestantes haciendo noche en la Plaza Taksim de Estambul, 2013.

A mediados de 2013 estalló el descontento social con el recorte de libertades (desde restricciones en la venta de alcohol hasta el control policial de los campus universitarios), la corrupción endémica, el autoritarismo y la megalomanía de Erdoğan. Las protestas se extendieron desde la plaza Taksim de Estambul a miles de ciudades turcas, y fueron reprimidas con dureza por las fuerzas de seguridad del Estado. Al final, miles de detenidos, miles de heridos y 11 muertos.  Al año siguiente, 2014, Erdoğan ganaba las primeras elecciones presidenciales por voto directo de la historia de Turquía después de una campaña en la que utilizó los medios y el aparato del Estado en su propio beneficio. Lograba así mantenerse en el poder sorteando el límite de mandatos que le afectaba como Primer Ministro. Desde entonces el cargo de presidente de la República, antes bastante ceremonial,  no ha parado de ganar peso político.

En junio de 2015 las elecciones parlamentarias se saldaron con una nueva victoria del AKP, pero bastante más estrecha  de lo esperado.  Volvió a haber múltiples acusaciones de fraude –ya había pasado en las locales del año anterior- y altas dosis de violencia –una bomba durante un mitin del partido kurdo HDP, que ha absorbido al BDP, causó varios muertos y centenares de heridos-. No pudo formarse gobierno  y hubo que repetir las elecciones en noviembre. Un ataque terrorista masivo en Ankara, en el mes de octubre, y el fracaso interesado de las conversaciones de paz con el PKK –con la consiguiente vuelta a las hostilidades – justo antes de los nuevos comicios, contribuyeron a cerrar filas en torno al AKP, que logró arañar votos tanto al partido nacionalista MHP como al kurdo HDP, ganando con holgura. Desde entonces la represión en el Kurdistán turco ha alcanzado cotas cada vez más desproporcionadas, multiplicándose las ejecuciones extrajudicales, la detención de representantes políticos y de activistas –en 2015, 6744 detenidos vinculados al HDP, a pesar de que es un partido legal con amplia representación parlamentaria- y los ataques indiscriminados contra la población civil. Todo ello, huelga –y duele- señalarlo, ante la pasividad de la comunidad internacional.

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Diyarbakir, 9.6.2015. Unos días antes, una bomba en medio de un mitin del partido kurdo HDP había dejado 4 muertos y 300 heridos.

ENTONCES, ¿QUÉ DEMOCRACIA?

Cuando el pasado 15 de julio se produjo en Turquía una intentona fallida de golpe de Estado, muchos periodistas occidentales echaron mano de forma recurrente del argumento de la “democracia amenazada”.  En muchos medios españoles se repitió hasta la saciedad que el fracaso del golpe era un espaldarazo para la democracia turca, Rajoy trasladó a Turquía su apoyo al orden constitucional y democrático del país,  la OSCE elogió los esfuerzos de Turquía por salvaguardar su democracia, etc. Mientras, otros muchos nos preguntábamos perplejos a qué democracia se refería aquella gente.

En Turquía, la legitimidad constitucional y democrática es solo el barniz que recubre un régimen autoritario, centralista y represor. La censura es moneda corriente, de suerte que en el informe anual sobre libertad de prensa en el mundo de Reporteros Sin Fronteras, Turquía aparece desde hace más de un lustro entre los 30 países peor parados de los 180 analizados –el empeoramiento de la situación desde 2008 es más que evidente-. Los derechos de los trabajadores son ampliamente vulnerados (la actividad sindical y el derecho de huelga, sin ir más lejos, están en la práctica muy limitados), la libertad de cátedra no existe, la corrupción sigue institucionalizada y el gobierno presiona a quienes no le son afines tanto en el sector público como en el privado –mediante impuestos especiales, inspecciones, regulaciones ad hoc, etc.-. La discriminación de las mujeres es flagrante –es uno de los países del mundo con mayor brecha de género en el ámbito económico y político- y las personas LGBT son invisibilizadas, acosadas y con frecuencia agredidas, en ocasiones por la propia policía de Erdoğan. Las minorías se encuentran sumamente desprotegidas. Es el caso de los alevíes (musulmanes chiíes vinculados históricamente a la izquierda turca) o de los diferentes grupos cristianos, que no tienen un estatus legal específico y sufren acoso frecuente, pero sobre todo de los kurdos. A pesar de que el AKP acometió algunas reformas para reconocer derechos a los kurdos, hoy el Estado obstaculiza y reprime la expresión política del pueblo kurdo al tiempo que dirige una guerra sucia contra el PKK en la que no duda en echar mano de ataques indiscriminados y brutales contra la población civil. Esta estrategia se complementa con una política militar cada vez más agresiva en relación con la guerra en Siria, destinada a evitar la formación de cualquier entidad kurda independiente. En este punto es evidente desde hace bastante, dicho sea de paso, el doble juego que Erdoğan mantiene con el Daesh.

En los últimos dos meses, tras el golpe de estado de julio, más de 100.000 personas (militares, profesores, jueces, funcionarios…) han sido arrestadas o despedidas de sus trabajos por supuestos vínculos con Fethullah Gülen, señalado por Erdoğan como cerebro gris del golpe. Más de un centenar de periodistas han sido encarcelados, otros tantos medios cerrados, y todo ello en medio de un estado de emergencia que permite detener a la gente durante 30 días sin necesidad siquiera de presentar cargos. Erdoğan ha utilizado el golpe para ir afianzando su proyecto de república autoritaria y presidencialista –lleva años, en realidad, buscando los apoyos necesarios para reformar la Constitución en esa dirección- y las dimensiones de la purga no dejan dudas sobre el carácter del Estado que preside. Quizá no se insista mucho en ello porque, con el Próximo Oriente sumido en un sangriento proceso de reconfiguración, a Occidente le interesa una Turquía estable y aliada, pero Erdoğan es un cabrón. Y no es de ahora. Es de antes.

FOTOGRAFÍAS:

*Fotografía 1: Ataturk in Çanakkale , Paul Quelch, https://www.flickr.com/photos/pabloqtoo/

**Fotografía 2: Silent Protest at Taksim Square, Jan Bölsche, https://www.flickr.com/photos/regular/

***Fotografía 3: Diyarbakir, 09.06.2015, Roberto Brancolini, https://www.flickr.com/photos/53756831@N02/

 

 

MIRADAS

A veces explotan al volante,

minas persona a la orilla de algún semáforo.

Otras pasan silbando cerca de la sien en un paseo marítimo,

impactan con precisión de francotirador en bibliotecas y librerías

o decretan altos el fuego aprovechando la esperanza urgente de un aeropuerto.

 

Los vagones de metro son ideales para romperse las pupilas,

las pestañas se disecan en ciertas paradas de autobús

-depende de la hora y del calor-,

los trenes son trincheras,

seguridad tensa de asientos numerados y finales de trayecto,

y tienen oficina de ojos perdidos todas las estaciones:

fosas comunes de globos oculares.

 

Los cristalinos miden labios en las colas de los supermercados,

las escaleras mecánicas hacen tiritar los lacrimales,

en los patios interiores asesinan poemas los párpados, las ojeras,

y es de dominio público que el iris se abrillanta en las cafeterías

a la hora del desayuno.

 

Los museos tensan el nervio óptico,

las miradas en los parques bajan el humor vítreo hasta las piernas,

la mayor tasa de trasplantes de córnea se produce en las aceras

y el mar es aficionado a clavar pieles en la retina.

 

Los puntos ciegos son inherentes a los bares,

la esclerótica predomina en baños y cuartos trasteros,

los ligamentos sufren en las peluquerías

-donde en consecuencia es fácil dejarse los ojos olvidados-

y la pequeña luna del iris brilla especialmente en los ascensores.

 

Por todas partes hay ejércitos de ojos,

barracones, búnkeres de ojos,

mercaderes de ojos traficando

con cuerpos huérfanos de tiempo y de paciencia.

ALGÚN DÍA

Algún día tendremos que dejar de sentirnos

culpables por todo,

de probarnos futuros en otros ojos,

de desvestirnos la vida en otros cuerpos

y olvidarnos el alma colgada en el vestíbulo.

Algún día tendremos que dejar de equivocarnos

-nosotros,

que pasamos por el tiempo inflando globos

para verlos volar anárquicos

en un éxtasis de segundo y medio-,

besaremos despacio,

follaremos el tercer sábado del mes,

prepararemos los domingos la comida

para toda la semana.

Algún día nos enamoraremos de unos zapatos,

andaremos por el mundo de puntillas

por miedo a que la vida nos salpique el bajo de los pantalones,

nos peinaremos a raya,

dejaremos de colarnos en los museos

y torceremos el gesto al amanecer

viendo a los jóvenes salir de las discotecas.

Nos daremos siempre la crema solar en la piscina,

empezaremos a afeitarnos a diario,

haremos un sitio a las camisas planchadas,

a los cereales integrales,

  a los best-sellers,

        a los cinturones.

Algún día caminaremos deprisa

por los sitios de siempre,

miraremos de frente al suelo y a los problemas,

nos preocuparemos por los precios,

por el euríbor,

por el tiempo de cocción

y las horas de sueño,

por las instrucciones de lavado,

la revisión oficial del automóvil,

las calorías.

Abriremos las cartas del banco, algún día.

Algún día diremos cosas como

“ya lo entenderás cuando seas mayor”

o “qué sabrás tú de la vida”

mientras hacemos aspavientos con los brazos

como estrellas de cine mudo.

      Viviremos en blanco y negro

y recordaremos en color y en secreto

camas,

pieles,

suelos

por donde andábamos descalzos.

 

JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA Y LA DERECHIZACIÓN DE “EL PAÍS”

Publicaba ayer José Ignacio Torreblanca, jefe de opinión del diario EL PAÍS, un artículo lleno de sarcasmo en el que daba buena cuenta de los pobres idiotas que hemos cometido la osadía de señalar, en alguna ocasión, la derechización de su periódico. De los “vigilantes de la derechización” le chirrían al señor Torreblanca dos cosas. En primer lugar, nos dice, le sorprende que esta clase de indignación sea solo cosa de izquierdas. A los partidos conservadores, viene a comentar, nunca les acusan de “izquierdización”, a pesar de que han asumido y defienden la existencia de servicios públicos, el aborto o el divorcio, por ejemplo. A nosotros, “guardianes de las esencias de la izquierda verdadera”, nos chirrían también algunas cosas de este argumento de Torreblanca. De entrada, cabe señalar que es falso: históricamente las concesiones conservadoras en estos y otros ámbitos han venido acompañadas de airadas reacciones ultramontanas y de acusaciones de traición a menudo durísimas.  De salida, sucede que Torreblanca enfrenta falazmente dos realidades difícilmente oponibles: en el seno de regímenes democráticos esa supuesta “izquierdización” de los partidos conservadores ha buscado favorecer los intereses de la clase dirigente del capitalismo garantizando la sumisión al sistema de la mayoría de la población al precio de una serie de concesiones. Por su parte, la “derechización” de la izquierda se ha producido en provecho de los intereses empresariales y menoscabando los de la mayoría social que defiende su ideario. Los dos procesos benefician al mismo sector social y apuntalan el mismo sistema socioeconómico, pero es evidente que esto solo conlleva una contradicción de fondo para quienes se reclaman de izquierdas. Así, aunque sigue siendo pertinente que el señor Torreblanca eche un vistazo, por poner un ejemplo cercano, a las acusaciones de izquierdización que VoX o muchos sectores de la Iglesia católica vierten con frecuencia sobre el PP, no conviene que los equipare con las acusaciones de derechización que pesan sobre el PSOE… o sobre EL PAÍS.

En segundo término, a Torreblanca le chirría muchísimo que quienes hablamos de la derechización de EL PAÍS, o del PSOE, no sepamos ponernos de acuerdo sobre cuándo empezó dicha derechización. Se ve que cuando nos pregunta sobre el tema, los “comisarios del purismo ideológico” le contestamos demasiado a menudo a Torreblanca –de manera perezosa además, parece ser- algo como “Uf, ni me acuerdo de cuándo empezó esta deriva”. Cabría recordarle al reputado politólogo que Marc Bloch ya advertía, en El oficio de historiador,  de lo inadecuada que es esa obsesión por buscarle un punto de inicio a todos los procesos -el “ídolo de los orígenes”, decía Bloch-. Los procesos evolucionan gradualmente, con avances y retrocesos, y no siempre es posible fijar un punto de partida, pero eso no significa que el proceso no exista o que no sea fácilmente identificable.

En todo caso, lo que de verdad me ha enamorado de la reflexión de Torreblanca es ese fragmento en el que apunta entre jocoso e indignado:  “a poco que intentes indagar sobre la cuestión, resulta que EL PAÍS siempre fue de derechas”. Y es que, qué demonios, ¿y si resulta que EL PAÍS siempre fue de derechas? Recordemos que EL PAÍS y PRISA fueron fundados por reformistas del régimen franquista, que se puso al frente del proyecto a un Cebrián que había sido director de informativos de la TVE franquista y que se asumió inicialmente el firme propósito de apoyar a Fraga, primero, y a Areilza, después. Solo cuando esta apuesta fracasó y ascendió la estrella de Suárez en lugar de la de Areilza, se fraguó la alianza estratégica entre EL PAÍS y el PSOE que tan buenos frutos ha dado a ambas partes. Con el tiempo hemos sido testigos de muestras de amor gubernamentales tan bonitas como la concesión de Canal Plus al grupo PRISA, y de contrapartidas no menos románticas como el silencio o el perfil bajo de EL PAÍS con los excesos y corruptelas del felipismo. Al cabo igual resulta, señor Torreblanca, que como apuntaron muy certeramente Seoane y Sueiro, EL PAÍS siempre ha sido “conservador en lo económico, de centro en lo político y radical en lo sociocultural”. Lo que está claro, desde luego, es que en sus páginas no hay espacio para modelos de organización social, política y económica alternativos, y que el diario se ha atrincherado en una defensa nada crítica de la OTAN, la UE y el nacionalismo español. De un tiempo a esta parte, además, han ido desapareciendo las firmas más alejadas del establishment, como la de Carlos Taibo, se ha expulsado a los que se han atrevido a verbalizar la preocupante deriva del periódico –así a Miguel Ángel Aguilar- y hemos asistido a un silencio vergonzoso para con las cuitas fiscales de Cebrián. Recientemente, el despido de Ignacio Escolar de la SER y el mutismo con que lo recibieron los periodistas de PRISA –grandes nombres inclusive- han sido desde luego muy elocuentes. En fin, quizá el lector pueda darle un repaso al accionariado del Grupo PRISA y dejar volar la imaginación para valorar si en esa derechización del periódico habrán tenido algo que ver las enormes deudas que PRISA está teniendo que renegociar con los grandes bancos en los últimos tiempos.

A Torreblanca también le irrita mucho que mencionemos la derechización del PSOE y tampoco sepamos señalarle cuándo comenzó. Pero a lo mejor resulta que con el PSOE postransicional –o con los sectores dominantes del mismo- pasa un poco como con EL PAÍS. Guste o no, en estos 40 años de democracia se las ha venido arreglando para laminar el movimiento vecinal y el sindicalismo más combativos, gobernar en favor de los poderes económicos, privatizar por doquier o mantener los privilegios de la Iglesia católica. Que nadie olvide que la desigualdad, el descenso del gasto social, la escasa progresividad de los impuestos, la nula preocupación por el medio ambiente, los vínculos estrechísimos con el mundo empresarial o la corrupción no son patrimonio ni herencia exclusiva del PP, ni muchísimo menos.

En fin, por el momento -y parece que va para largo- tendremos que seguir sobreviviendo en medio de este estado de connivencia entre el poder político y el mediático, sufriendo la falta de autonomía del periodismo y un acoso cada vez más indisimulado a la libertad de expresión. Seguiremos eso sí disfrutando de la ilusión de pluralidad que nos proporciona desayunarnos con EL PAÍS, escuchar la SER de camino al trabajo, almorzar con el Huffington Post, intentar entender algo de economía hojeando el Cinco Días y tirarnos frente al televisor a ver Cuatro o Telecinco al llegar a casa. Poco importa que detrás de todos estos medios estén los mismos intereses financieros, las mismas manos. Al menos a partir de ahora, cada vez que la pereza y la incultura que nos caracterizan nos impidan responder a la pregunta de cuándo empezó la derechización de EL PAÍS, podremos aportar la fecha en que terminó de asentarse: “el 14 de julio de 2016 el jefe de opinión de EL PAÍS publicó un artículo en EL PAÍS defendiendo la no derechización de EL PAÍS”, diremos sarcásticos. Excusatio non petita